17-01-2026, 03:40 AM
El reino de Samba era bastante curioso, ya llevaba allí unos días, no demasiados, pero si los suficientes como para recorrer la ciudad mas o menos en su plenitud, claro aún quedarían aquellos destinos que solo un foráneo conocería. Era un lugar alegre, bastante folclórico y artístico, casi todas las semanas había alguna festividad que traía la música y los colores a sus calles, inundando de alegría las venas de la urbe.
los bares del centro solían estar abarrotados, algo muy bueno para el buen ambiente, pero no tanto para tomar algo en calma y paz. Sin embargo, la afluencia bajaba a medida te ibas mas a las afueras o incluso el extrarradio, el lugar donde la economía era más austera y donde ya podrían verse los campos de cultivo o las granjas, todavía podían encontrarse puestos pequeños a pie de calle, teniendo solo una reducida barra y un par de taburetes, sin local como tal, mas bien una caseta con porche conde se aprovechó para formar un negocio humilde pero solvente. Esos eran los mejores sitios, pues sus bebidas se sabía que eran caseras, y normalmente su alcohol era bastante mas fuerte, casto y potente. Allí me encontraba yo, sentado de espaldas al camino que conducía a la ciudad mientras tomaba un vaso de agua, moviendo el dedo pulgar de manera circular por el vidrio, preguntándome ciertas cuestiones que llevaban persiguiéndome desde que salí de Sobert. No es que fueran dudas existenciales, ni melancolía por volver al hogar, no es que tuviese un hogar al que volver ni una persona que me estuviera esperando, así que poco podía sentir añoranza. No, mis preocupaciones se volcaban mas en mi salud, a mi envidiable e insuperable salud, es mas, desde que aquella fruta de cáscara negra con patrones de espiral y un interior rojo carmesí en su carne se topó en mi vida, no había enfermado ni una sola vez, ni me había intoxicado por comer en los vertederos.
No solo eso, ya no solo se trataba de enfermedades, lesiones que antes hubiese tardado semanas o meses en sanar ahora desaparecían en un visto y no visto, apenas unos segundos tardaban en soldar los huesos y cerrar las heridas. Mis órganos funcionaban de tal forma que jamás sentía sed, ni frio, ni calor. Aquello podía ser una buena noticia en primera instancia, pero... ¿Cuál era el límite? ¿Acaso podía sanar infinitamente? Me preocupaba encontrar mi final por creerme totalmente inmortal, pero también resultaba aterrador el descubrir hasta donde podía llegar, pues la única prueba era recibir daños de forma masiva hasta que no los sea capaz de subsanar. En otras palabras, la única manera de conocer si había un límite era alcanzarlo, dando fin a mi vida. Era frustrante, aquel dilema llevaba un par de días atormentándome, costándome dormir incluso, pero poco podía hacer.
los bares del centro solían estar abarrotados, algo muy bueno para el buen ambiente, pero no tanto para tomar algo en calma y paz. Sin embargo, la afluencia bajaba a medida te ibas mas a las afueras o incluso el extrarradio, el lugar donde la economía era más austera y donde ya podrían verse los campos de cultivo o las granjas, todavía podían encontrarse puestos pequeños a pie de calle, teniendo solo una reducida barra y un par de taburetes, sin local como tal, mas bien una caseta con porche conde se aprovechó para formar un negocio humilde pero solvente. Esos eran los mejores sitios, pues sus bebidas se sabía que eran caseras, y normalmente su alcohol era bastante mas fuerte, casto y potente. Allí me encontraba yo, sentado de espaldas al camino que conducía a la ciudad mientras tomaba un vaso de agua, moviendo el dedo pulgar de manera circular por el vidrio, preguntándome ciertas cuestiones que llevaban persiguiéndome desde que salí de Sobert. No es que fueran dudas existenciales, ni melancolía por volver al hogar, no es que tuviese un hogar al que volver ni una persona que me estuviera esperando, así que poco podía sentir añoranza. No, mis preocupaciones se volcaban mas en mi salud, a mi envidiable e insuperable salud, es mas, desde que aquella fruta de cáscara negra con patrones de espiral y un interior rojo carmesí en su carne se topó en mi vida, no había enfermado ni una sola vez, ni me había intoxicado por comer en los vertederos.
No solo eso, ya no solo se trataba de enfermedades, lesiones que antes hubiese tardado semanas o meses en sanar ahora desaparecían en un visto y no visto, apenas unos segundos tardaban en soldar los huesos y cerrar las heridas. Mis órganos funcionaban de tal forma que jamás sentía sed, ni frio, ni calor. Aquello podía ser una buena noticia en primera instancia, pero... ¿Cuál era el límite? ¿Acaso podía sanar infinitamente? Me preocupaba encontrar mi final por creerme totalmente inmortal, pero también resultaba aterrador el descubrir hasta donde podía llegar, pues la única prueba era recibir daños de forma masiva hasta que no los sea capaz de subsanar. En otras palabras, la única manera de conocer si había un límite era alcanzarlo, dando fin a mi vida. Era frustrante, aquel dilema llevaba un par de días atormentándome, costándome dormir incluso, pero poco podía hacer.
