17-01-2026, 05:20 AM
Ya lo había visto otras veces. Cómo era que algunos no podían evitar ver un cuerpo que se revelaba ante ellos con pena, como si para todos la existencia de cuerpos físicos y piel fueran conceptos ajenos entre sí, a veces mereciendo pudor, o verguenza o deseo sexual.
Sin embargo, no sentí nada de eso viniendo de él cuando noté en su rostro algo que había observado, pero nunca hacia mí. De repente, cuando él sonrió yo lo hice también, como si me acabara de dar cuenta de algo muy en lo profundo de mi mente que no mencionaría, no por ahora, no hasta saber un poco más. Una cosa era segura: para este punto del viaje, Han no era más un extraño.
—Entiendo lo que dices, esa sensación es muy sabrosa —dije, como si me acabara de comer un redondo y jugozo durazno. Mi tono de voz al final de la frase sonó con un gozo verdadero, y pude ver en el abanico de posibilidades que, como él decía, serian exquisitas de cursar.
Más allá de mis confundidos objetivos e información a medias, esto se sentía… bien; la idea de estar acompañada cuando el momento llegara era un sueño muy preciado. Y Esperaba que siguiera así.
Volví a reír cuando él lo hizo, como si acabara de contar un chiste. Yo ya me había puesto en posición, a diez metros en línea recta hacia el norte desde donde él estaba parado.
Lo que me contó lo sentí muy familiar, y mientras miraba hacia el piso, aplastando un poco la hierba del bosque a mi alrededor y moviendo la tierra con mis pies como si tratara de sembrar en ella suavemente, sonreí. Una sonrisa de nostalgia a la que no supe cómo dar cuerpo en mi mente.
“¿Cómo podía esta gente tocar el alma así?”
Di un pequeño golpe en el piso y levanté los puños.
—No espero nada de ti, Han, salvo que seas tú mismo —dije, con una sonrisa enorme en el rostro, ansiosa de que comenzara el combate.
“Melena de fuego”, dijo él, y yo solo me sorprendí un poco; no creí que me regresaría el apodo. Sonreí de oreja a oreja.
—Paciencia en la forja —solté con un largo suspiro, como si dejara que mi respiración volviera a la normalidad. Pero nunca podía, porque pensar en combatir para mí era… era…
Entonces ladeé la cabeza un momento al verlo colocar aquella posición en guardia, a pesar de que un segundo antes había dicho que no era del tipo luchador.
Se me escapó.
—Huhuhya —tenía las mejillas sonrojadas. Una pequeña carcajada se me escapó, mis ansias por la batalla se me metian por todos los poros, excitandome.
Muelleé en mi lugar, bajando entonces los brazos, liberándome de la posición tradicional. Hoy entrenaría de verdad. Me desaté hacia él.
Corrí en línea recta hacia su frente, estirando mis piernas toda la zancada que podían darme en aquel momento, recorriendo siete de los diez metros.
Al llegar al último paso de aquellos siete metros, salté hacia él para atacarlo por encima con potencia aplastadora. Junté ambas piernas luego de alcanzar la altura correcta y estiré mis piernas hacia él, cayendo en picada mientras apuntaba a su cabeza.
Belico
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