17-01-2026, 07:22 AM
El rubio se veía amable, y de donde venía, amabilidad con amabilidad se pagaba a una mano que estuvo dispuesta a ayudar. Eso siempre habia sido un claro en mi mente... Y tampoco iba a andar con varas juiciosas ni mucho menos en medio de aquella pequeña travesía donde parecía que los caminos nos juntaron. El calor era intratable, y aquel sujeto, ofició en ayuda cuando estaba sediento, y equivocado no estaba, claro hubiera hecho lo mismo. —Habiendo y estando tan rodeado de agua ¿Quién sería yo para negarle un tragoal sediento?— pregunté sin esperar una respuesta al cuestionamiento sino mas bien estatizando mi postura con una sonrisa. Y prendí un cigarro mientras desvié mi mirada al cielo un instante solo para encandilarme unos segundos con aquel radiante astro que nos iluminaba implacable con su calor.
Di un par de caladas mientras escuchaba que al parecer no solo las mismas razones nos juntaban en aquel mismo sitio, sino el mismo rumor. No pude evitar reír con una pequeña carcajada proveniente de una amplia y achinada en los ojos sonrisa. —Parece que no soy al único que no le molesta frenar a escuchar las historias que se pone a contar un viejo. — me gustaba la idea de que hubiera más gente con ilusión dando vueltas. Me generaba intriga saber quien era realmente el sujeto, no parecía mal tipo, podría ser alguien en quien confiar realmente quizás. Aproveche a fumar y asentír de a ñoco demostrando que le seguía con atención lo que me contaba mientras. Luego de una calada y botar el humo, sequé el sudor de mi frente. —Yo soy Cill, es un gusto Polaris.— respondí dando mi nombre real, jamás me iba a esconder. Aunque equivocandome con el suyo, a veces me liaba con los nombres, no lo podía evitar.
No ne había dado cuenta, era verdad, al señalar el rubio en aquella dirección, pude ver finalmente el fruto del esfuerzo, la gran caña madre... Allí estaba, frente a nosotros, esperando a que fuéramos los primeros intrepidos en descubrir sus maravjllas. —¿Sabes? Pensé que estabamos más lejos— solté entre carcajadas al darme cuenta lo despistado que había sido. Estaba maravillado, y emocionado también, finalmente estábamos frente al humilde tesoro que buscábamos, aunque solo fuera probar aquella azúcar conocida como el dulce de los dioses.
—Se ve tan genial...— mencioné al aire observando con admiración aquella gran caña que resaltaba del resto con brillo en mis ojos. —Va a ser una lástima cercenarla, igual no te preocupes, yo me lcupo de eso...— lamenté primeramente en tener que arruinar aquello que era tan simple, pero a su vez cargaba un aire especial para finalmente sonreír ante su idea. —Supongo que el calor y la comodidad vencióla curiosidad e intriga de muchos— respondí mientras preparé mi katana para rebanar limpiamente sin esfuerzo y de manera rápida y prolija, prolificamente prolija, aquella caña perfectamente cortada a la mitad en ángulo. y comenzando a brotar de ésta primeramente el agua acumulada, la cual no dude en probar y solo pude quedarme unos instantes agradecido, puesto que su fama no había hecho justicia a su gusto, y si seguía mirando se veía todo aquel oro blanco, allí, esperando ser nuestro.
—Adelante Konaris— animé con emoción riendo sin darme cuenta que me había equivocado nuevamente con su nombre —Prueba un poco, que este tesoro es compartido— finalicé para sentarme en el suelo, apoyando el peso de mi cuerpo balanceado hacia atrás, descansando en una suerte de palanca al trabar con mis brazos hacia atrás frenando la caída, a contemplar la caña, su agua vertiendo y el azúcar brillando al sol
Di un par de caladas mientras escuchaba que al parecer no solo las mismas razones nos juntaban en aquel mismo sitio, sino el mismo rumor. No pude evitar reír con una pequeña carcajada proveniente de una amplia y achinada en los ojos sonrisa. —Parece que no soy al único que no le molesta frenar a escuchar las historias que se pone a contar un viejo. — me gustaba la idea de que hubiera más gente con ilusión dando vueltas. Me generaba intriga saber quien era realmente el sujeto, no parecía mal tipo, podría ser alguien en quien confiar realmente quizás. Aproveche a fumar y asentír de a ñoco demostrando que le seguía con atención lo que me contaba mientras. Luego de una calada y botar el humo, sequé el sudor de mi frente. —Yo soy Cill, es un gusto Polaris.— respondí dando mi nombre real, jamás me iba a esconder. Aunque equivocandome con el suyo, a veces me liaba con los nombres, no lo podía evitar.
No ne había dado cuenta, era verdad, al señalar el rubio en aquella dirección, pude ver finalmente el fruto del esfuerzo, la gran caña madre... Allí estaba, frente a nosotros, esperando a que fuéramos los primeros intrepidos en descubrir sus maravjllas. —¿Sabes? Pensé que estabamos más lejos— solté entre carcajadas al darme cuenta lo despistado que había sido. Estaba maravillado, y emocionado también, finalmente estábamos frente al humilde tesoro que buscábamos, aunque solo fuera probar aquella azúcar conocida como el dulce de los dioses.
—Se ve tan genial...— mencioné al aire observando con admiración aquella gran caña que resaltaba del resto con brillo en mis ojos. —Va a ser una lástima cercenarla, igual no te preocupes, yo me lcupo de eso...— lamenté primeramente en tener que arruinar aquello que era tan simple, pero a su vez cargaba un aire especial para finalmente sonreír ante su idea. —Supongo que el calor y la comodidad vencióla curiosidad e intriga de muchos— respondí mientras preparé mi katana para rebanar limpiamente sin esfuerzo y de manera rápida y prolija, prolificamente prolija, aquella caña perfectamente cortada a la mitad en ángulo. y comenzando a brotar de ésta primeramente el agua acumulada, la cual no dude en probar y solo pude quedarme unos instantes agradecido, puesto que su fama no había hecho justicia a su gusto, y si seguía mirando se veía todo aquel oro blanco, allí, esperando ser nuestro.
—Adelante Konaris— animé con emoción riendo sin darme cuenta que me había equivocado nuevamente con su nombre —Prueba un poco, que este tesoro es compartido— finalicé para sentarme en el suelo, apoyando el peso de mi cuerpo balanceado hacia atrás, descansando en una suerte de palanca al trabar con mis brazos hacia atrás frenando la caída, a contemplar la caña, su agua vertiendo y el azúcar brillando al sol
