El rival señalado dio un paso dentro del círculo de peleas y Mako, instantáneamente, sonrió, satisfecho. La espesa barba apenas dejaba entrever sus labios gruesos y resecos. El brillo de la grasa era una constante en los pómulos y la frente del grandullón, preso de las primeras arrugas que acarreaban la edad. Arrojó su cuchillo hacia arriba, lo dejó girar varias veces en el aire y volvió a atraparlo a la que caía, demostrando experiencia en su uso del arma. Entendía su peso, su equilibrio y su filo como nadie.
—Tienes buen ojo, chico. Estos cuchillos llevan muchos años conmigo y, creeme, no hay nada como un buen par de cuchillos para cuidarte la espalda. —Golpeó el filo de sus armas entre sí. Las chispas volvieron a saltar, como el rascar del acero en la piedra de un mechero nuevo. Iluminaban el rostro y la barba de Mako—. Derrotame y veremos si puedes llevártelos.
La aglomeración olía a alcohol barato, tabaco y sudor, lo que convertía el centro de la ronda en un pequeño nexo de aromas desagradables. El calor de la gente y la humedad en el aire contrarrestaban los embates de la gélida brisa invernal. Una de las últimas, pues la primavera estaba al doblar la esquina y esa sería una de las últimas noches en que la nieve podría llegar a presentarse en la ciudad.
Mako sujetó firmemente sus cuchillos y los cruzó delante del pecho, con los brazos totalmente extendidos. En el punto de nexo, donde se tocaba el lomo del primer cuchillo con el filo del segundo, se formaba una cruz que apuntaba directamente al pecho del retador.
—Las cortesías aquí no existen, amigo, así que… ¡A darle!
Con su grito, la batalla empezó. Y, con su grito también, se dispararon otros muchos. Toda la ronda gritó, aulló y silbó en celebración de un nuevo encuentro, lo que camufló el silbido de las cuchillas deslizándose una sobre otra. Mako se lanzó hacia adelante. Sus musculosas piernas patearon el suelo con una intensidad escandalosa. La piedra chilló al sentir la presión de más de cien kilos encima suya.
El gigantesco hombre levantó el brazo derecho y luego lo descargó en un corte descendente dirigido al brazo izquierdo del retador. Una descarga diagonal a la altura del antebrazo y que buscaba alcanzarlo, e interrumpir su movimiento antes de que pudiera desenvainar el arma que guardaba en la cintura.
—¡Esto es “Cortado a cuchillo”, chico! ¡Piensa rápido o pierde una mano! —exclamó mientras ejecutaba el corte, con fuerza y velocidad. El metal de su cuchillo reflejó por un instante la luz de la única farola, vieja y solitaria farola, que les daba un poco de cobijo.
Todo mundo gritó al escuchar la mención del nombre que daba vida e identidad a su precario evento.
Después de ejecutar el ataque, Mako retrocedió de un salto largo que lo llevó al punto exacto de su posición inicial. Exactamente a dos metros de Cill.
—Tienes buen ojo, chico. Estos cuchillos llevan muchos años conmigo y, creeme, no hay nada como un buen par de cuchillos para cuidarte la espalda. —Golpeó el filo de sus armas entre sí. Las chispas volvieron a saltar, como el rascar del acero en la piedra de un mechero nuevo. Iluminaban el rostro y la barba de Mako—. Derrotame y veremos si puedes llevártelos.
La aglomeración olía a alcohol barato, tabaco y sudor, lo que convertía el centro de la ronda en un pequeño nexo de aromas desagradables. El calor de la gente y la humedad en el aire contrarrestaban los embates de la gélida brisa invernal. Una de las últimas, pues la primavera estaba al doblar la esquina y esa sería una de las últimas noches en que la nieve podría llegar a presentarse en la ciudad.
Mako sujetó firmemente sus cuchillos y los cruzó delante del pecho, con los brazos totalmente extendidos. En el punto de nexo, donde se tocaba el lomo del primer cuchillo con el filo del segundo, se formaba una cruz que apuntaba directamente al pecho del retador.
—Las cortesías aquí no existen, amigo, así que… ¡A darle!
Con su grito, la batalla empezó. Y, con su grito también, se dispararon otros muchos. Toda la ronda gritó, aulló y silbó en celebración de un nuevo encuentro, lo que camufló el silbido de las cuchillas deslizándose una sobre otra. Mako se lanzó hacia adelante. Sus musculosas piernas patearon el suelo con una intensidad escandalosa. La piedra chilló al sentir la presión de más de cien kilos encima suya.
El gigantesco hombre levantó el brazo derecho y luego lo descargó en un corte descendente dirigido al brazo izquierdo del retador. Una descarga diagonal a la altura del antebrazo y que buscaba alcanzarlo, e interrumpir su movimiento antes de que pudiera desenvainar el arma que guardaba en la cintura.
—¡Esto es “Cortado a cuchillo”, chico! ¡Piensa rápido o pierde una mano! —exclamó mientras ejecutaba el corte, con fuerza y velocidad. El metal de su cuchillo reflejó por un instante la luz de la única farola, vieja y solitaria farola, que les daba un poco de cobijo.
Todo mundo gritó al escuchar la mención del nombre que daba vida e identidad a su precario evento.
Después de ejecutar el ataque, Mako retrocedió de un salto largo que lo llevó al punto exacto de su posición inicial. Exactamente a dos metros de Cill.
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