18-01-2026, 03:00 AM
(Última modificación: 18-01-2026, 03:03 AM por Hyákinthos.)
Tranquilidad.
Por una vez desde que comenzó todo el dilema de la extorsión, los residentes de la calle se sintieron ¿Aliviados? Sí, era la mejor palabra para describir la tranquilidad que inundó sus cuerpos cuando vieron la valentía de aquel extraño.
¿Por qué lo hacía?
Ni siquiera los conocía y, aun así, se atrevió a más de lo que ellos se atrevieron en tantos meses.
Podían admitirlo, aunque con vergüenza, habían sido unos cobardes, habían esperado a que alguien más viniera a salvarlos en lugar de ser, ellos mismos, quienes buscaran una solución, pero ¿Podían culparlos? Vivir con miedo es terrible, sentir una bota sobre tu cuello cada vez que intentas levantarte, debe ser agotador, pero ahora…ahora tal vez tenían un poco de esperanza, tal vez, en algunos, se había encendido el ánimo de defenderse.
Ver al chico pelinegro derrotar a los otros sujetos que, cobardemente, lo atacaron en grupo, además de sus palabras de ánimo, incitándolos a una “revolución” los hizo erguirse, levantar la cabeza, gritar un “Sí” al unísono. Ya no se quedarían quietos ante la injusticia, si nadie venía a rescatarlos, ellos mismos lo harían o, al menos, lo intentarían...a ver hasta cuando durarían sus ánimos.
Algunos de los que estaban en la fila empezaron a moverse para acercarse a los hombres que Barald derrotó y, ahora que estaban indefensos, inmóviles, les arrebataron las armas que tenían y, entre varios, poco a poco inmovilizaron y amarraron a los que estaban menos heridos. No podían arriesgarse a que escaparan, aunque dudaban mucho que pudieran moverse con normalidad después de lo que pasó.
No solo eso, el viejo del inicio, el que levantó la voz ante el abuso, se acercó a la mesa, ahora sin tanto miedo y tomó la lista en donde estaban escritos los nombres de los “contribuyentes”, mientras que, otro sujeto, tomó el baúl con dinero. No se dijeron nada el uno al otro, pero ambos sabían que debían pasar por las casas de quienes estaban en la lista y hacerles un favor: devolverles lo que por derecho era suyo. Es lo menos que podían hacer.
—Espera —. Sin embargo, no era suficiente, no importaba que el muchacho que los había ayudado dijera que no necesitaban agradecimientos, como mínimo podían entregarle algo de información, algo que lo ayudara con Los Buitres, pues, a pesar de que había acabado con casi todos, aun quedaban los más peligrosos de la banda, por eso, la misma mujer de antes, volvió a alzar su voz antes de que el pelinegro desapareciera del todo por la calle. —El final de la calle lleva a un puerto viejo, ahí tienen un barco, tal vez se dirigen a ese lugar.
La voz se dejó escuchar en toda la calle, haciendo eco y, por supuesto, dando una ubicación bastante exacta, solo quedaba en el hombre si seguir o no aquella indicación.
***
Al final de la calle, saliendo entre un par de edificios viejos, los dos chicos que decidieron seguir al de la cámara, se escabulleron entre tanques de basura hasta que fueron a parar a la escalera colgante de un balandro que parecía estar a punto de zarpar hacia quien sabe dónde, pues sus amarras habían sido soltadas recientemente y las olas empezaban a mover al barco.
—Creí que no llegarían, ya nos íbamos, incluso ya entregué la foto de ese tipo —. El silencio de la calle permitía que la voz del chico de la cámara, quien ya estaba en el barco, se escuchara con claridad. —El jefe dice que, por ahora, dejemos las cosas así…que luego nos encargaremos del de la cicatriz, hemos llamado mucho la atención…es mejor atacar cuando todo vuelva a la...jmmm...normalidad —. Los otros chicos asintieron ante las palabras del “fotógrafo” quien terminó por recostarse a la barandilla del barco mientras miraba la calle que dejaban atrás y levantaba su mano para saludar, con una sonrisa complacida en su rostro, a la figura del responsable de que ahora estuvieran huyendo.
El chico parecía casi retarlo, pues sus ojos brillantes y su sonrisa burlona mostraban cualquier cosa menos miedo o culpa, a diferencia de sus otros compañeros, quienes habían desaparecido de la vista de cualquiera que mirara desde el puerto. Tal vez, podría decirse que ese saludo era la forma del chico de expresar que, más temprano que tarde, se volverían a encontrar.
Mientras tanto, al menos las personas de esa calle podían descansar en paz por unos días, pues alguien le había abierto la puerta a algo más allá de la miseria de su día a día.
Léeme, por favor, yo importo
