[Auto T3] - If I cross the line
#1
Arabasta estaba siendo por ahora, un paseo. Una decepción más bien. Ubbe esperaba que tras su destrozo en Drum y el aviso del señor Piruta, o como se llamase, esto fuera una lucha encarnizada de supervivencia y sangre. Pero no. 
Había hecho sus compras y mejoras en el equipo, había aprendido algún que otro movimiento nuevo, y cada día con este calor le curtía para aguantar mejor el siguiente. 
Habían venido a por él unos cazarrecompensas, ya que su recompensa había subido a 130 Millones, pero había sido poco más que un paseo; una embestida por aquí, un par de golpes por allá y todo resuelto. 

El desierto desgastaba al rubiales de una forma curiosa. No era como una pelea ni como una herida mal cerrada. No dolía como un golpe ni como una quemadura. Se iba metiendo poco a poco, como quien no quiere la cosa, hasta que te dabas cuenta de que estabas más cansado de lo normal sin saber muy bien por qué.
Ubbe lo notaba en detalles pequeños. En cómo el sudor ya no corría, sino que se quedaba pegado a la piel. En cómo la arena se le metía entre los dedos y entre sitios realmentes incomodos, y no salía aunque caminara media hora. En cómo el sol parecía estar siempre un palmo más cerca de lo que debería estarlo.
El Buccaneer se había propuesto ir a buscar materiales para seguir mejorando en su hobby de trastear con metales y mejorar armas, así que hoy iría a la ciudad de Nanohana a ojear un poco sus puestos y opciones. Deambuló un poco por el mercado, buscando un puesto de refinería o una forja. La gente se apartaba al verlo, no por miedo, que quizá también, sino ya por espacio, por desgracia para el rubio, esos mercados no estaban hechos para alguien de su tamaño.

Había pasado por sitios jodidos antes. Frío de verdad en Drum, del que te parte los huesos. Hambre larga en Little Garden, de la que no te deja pensar. Noches enteras esperando a que alguien atacara primero. Pero Arabasta no iba de eso. Aquí no había descanso. Ni de día ni de noche. El calor no aflojaba y el viento no refrescaba, solo movía aire caliente y arena, como si el propio desierto se riera de ti por intentar acostumbrarte.
Caminaba sin prisa, observando a la gente. Comerciantes sudados hasta el cuello. Soldados con la armadura abierta para no asarse vivos. Viajeros cubiertos hasta los ojos que ya habían aprendido la lección. Todo el mundo parecía tener algún sitio al que llegar. Todo el mundo menos él.
Eso le molestaba más de lo que quería admitir en ese momento.
Ubbe no huía de nada. Tampoco iba detrás de nadie. Y cuando no había pelea, ni urgencia, ni un objetivo claro… la cabeza empezaba a trabajar sola. Y eso nunca era buena señal.
Pensó en Drum. Pensó en el mar. Incluso en el casino. Sitios donde todo era simple: o aguantabas, o no. Aquí, en cambio, los días se alargaban. El cuerpo respondía, sí, pero ya no por ganas, sino por costumbre. Como si aguantara porque aún podía, no porque quisiera.
A ratos pensaba en Sigurd y en lo fácil que era seguir a alguien que siempre iba hacia delante sin dudar. Él, en cambio, se había quedado en tierra firme. Mirando. Explorando. Dándole vueltas a cosas que normalmente resolvía a hostias.
Y entonces lo oyó.
El golpe seco del martillo contra el hierro candente.
Ese sonido sí que no mentía.
Un sonido claro. Reconocible para el Buccaneer como quien escucha una canción compuesta por sí mismo. Anduvo unos minutos hasta que encontró el origen de esos martillazos; era una pequeña forja, regentada por un tipo enorme, casi tan enorme como él, lo cual ya enlazaba esa posible relación con algo de hermandad entre los implicados. 
El hombretón estaba templando el hierro de lo que parecía una futura espada, bien forjada, bien templada. Una hoja grande, quizá para alguien de gran tamaño como ellos. Iba a ser un mandoble, o quizá una espada normal, todo dependiera de quien la empuñase. 

- ¡Hey man! ¡Eso que tienes ahí está looking good! 
[*]- Te he visto acercarte, pirata. Si no quieres que avise a los Marines ya te estás largando. 130 son muchos millones para que vengas a tocarme los cojones a mi forja. 

El herrero ni siquiera levantó la mirada de su labor mientras había dado esas largas al Buccaneer, despreciando por completo su presencia. Ubbe se sobresaltó con la respuesta del hombre, a lo que respondió rápidamente. 

- Venga baby, que no vengo a liarla, ¡tu martilleo sonaba cojonudo! - Mientras decía eso empezó a ojear uno de los artículos que tenía de muestra el herrero. Se trataba de una hacha de una mano, pero muy bien hecha, se notaba que el herrero en cuestión tenía alta habilidad y maestría. 
Ubbe la tomó con cuidado, como si no quisiera romper nada solo por tocarlo. La giró despacio, comprobando el ojo, el ajuste del metal alrededor del hueco del mango, el pulido interior.
- El ojo está limpio -dijo, casi para sí- Sin rebabas. Eso evita que el mango se raje con el tiempo.
Pasó el dedo por el interior, notando la suavidad.
- Muchos lo dejan áspero. Luego dicen que “Unlucky” cuando el arma muere a los dos meses.
El martillo del herrero siguió golpeando, pero ya no con la misma cadencia, parecía hacerle un poco más de caso ahora al Buccaneer. 
- Hablas como alguien que ha pasado mucho tiempo en la forja. ¿Eres herrero muchacho?
Ubbe soltó una risa breve.
- Gahahaha... No soy herrero -añadió- Pero crecí al lado de uno. Pasé más horas en una forja que durmiendo en una cama.
El herrero detuvo el martillo un instante. Solo un segundo, como pensativo, dejando que las palabras del pirata calasen dentro suyo. Luego volvió a golpear.
- ¿Y dónde está ahora ese forjador?
Ubbe tardó en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque la respuesta pesaba más de lo habitual.
- Dead -dijo al final, sin dramatismo- Como casi todos los que me enseñaron algo.
El silencio se instaló entre ambos, roto únicamente por el crepitar de la fragua y los comerciantes cercanos intentando timar alguien. 
- Decía que la carne se acaba pudriendo… -continuó Ubbe, mirando el metal- pero que el hierro siempre prevalece.
Hizo una mueca, pensativo. 
- Nunca me cuadró del todo. El metal también se rompe.
El herrero dejó el martillo a un lado. Esta vez sí levantó la vista.
- Depende de cómo lo uses.
Se acercó un paso, observando a Ubbe con más atención. No con miedo. Con interés técnico.
- La carne falla primero -añadió- Siempre. Se desgasta, se desgarra, pierde precisión. El metal no siente cansancio. Solo límites.
Ubbe bajó la mirada hacia sus propias manos. Grandes, marcadas, con nudillos deformados por años de impacto. Pensaba en las últimas peleas, en como había llevado su cuerpo al límite, como había aguantado el impacto de un maldito almacén. Como había peleado contra 400 hombres. Dinosaurios, Marines, El dueño de un Casino... El cuerpo al final llegaría a un punto que no podría más, y él lo sabía. 
- ¿Y cuándo la carne ya no da más? -preguntó- ¿Qué haces entonces?
El herrero sonrió de lado, una sonrisa breve, sin humor.
- Algunos mueren o se retiran. Otros optan por el metal. 
Se giró y señaló una pared lateral de la forja. Entre herramientas y piezas colgadas, había objetos distintos: placas articuladas, engranajes pequeños, anclajes que no parecían destinados a armas.
- El desierto se traga mucha gente -dijo- Guerreros, mercenarios, cazadores… y no todos salen enteros.
Apoyó una mano en una de las piezas.
- Hay quien entiende que seguir luchando no siempre significa seguir siendo igual. Hay gente que sabe que hay que traspasar límites para mejorar, poniendo en riesgo su propia existencia. 
Ubbe siguió la mirada. No tocó nada, pero su atención era absoluta, empezaba a entenderlo todo.
- Kal decía que el metal no miente -murmuró- Pero nunca me explicó qué pasa cuando el cuerpo empieza a hacerlo.
El herrero lo miró durante un rato antes de responder.
- Entonces empiezas a escuchar otras cosas. - Se encogió de hombros- Crujidos, retrasos, fallos pequeños. Al principio los ignoras. Luego te salvan la vida… si sabes leerlos, o te la quitan si no los escuchas a tiempo. 
Volvió a la forja y retomó el movimiento con el martillo, algo más despacio.
- Si has venido solo a recordar viejos tiempos -añadió- puedes quedarte.
Continuó martilleando mientras hablaba. 
- Pero si has venido porque algo empieza a no responder como antes… eso ya es otra conversación, y yo no puedo ayudarte. No aún. Quizá algún día sea capaz de hacer esas cosas, pero no es algo que pueda hacer todavía. 
Ubbe no respondió enseguida. Se quedó allí, de pie, entre el calor, el metal y el sonido del hierro siendo golpeado.
No había venido buscando respuestas, pero curiosamente las había encontrado. El mantra que siempre había repetido su antiguo amigo empezaba a cobrar cada vez más sentido. Todas esas últimas peleas le habían dejado pensativo, tenía que encontrar maneras de superar sus límites, y quizá empezar a metalizarse fuera una de ellas. Implantes mecánicos, armas, herramientas dentro de su propia piel. Nunca lo había pensado, pero si es verdad que eso era posible, no lo descartaría para nada. 
- Colega, no tienes ni idea del favorazo que me has hecho. ¡Thank you! De mi parte, y de parte de Kal, le molaría mucho ver como trabajas. 
Ubbe dejó el hacha en su sitio y se fijó de nuevo en las piezas "extrañas" que le había señalado antes el forjador. Su mente no dejaba de imaginar como sería tener partes del cuerpo hechas de metal. No sabía seguro si lo que decía aquel hombre era cierto o si simplemente le estaba tomando el pelo, pero con el sentido que había cobrado el mantra de Kal con todo eso, no podía no ser verdad. Tenía que ser cierto. 
Ubbe se agarró el colgante de Kal que siempre llevaba encima, y lo apretó contra el pecho, agradeciendo a su amigo que aun sin tanto tiempo sin él, le hubiera dejado un regalo como aquel. Finalmente, Ubbe empezaba a ver como avanzar, como mejorar, como superar sus límites. 

El calor de la forja empezaba a ser distinto. No más intenso, sino más pesado. Como si ya no empujara desde fuera, sino que se quedara dentro del pecho. Ubbe permaneció un rato más, observando al herrero trabajar, sin decir nada, dejando que el sonido del martillo marcara el ritmo de sus pensamientos.
No había prisas. No había peleas. Solo metal cediendo poco a poco, golpe a golpe, como tenía que ser.
Ubbe soltó el colgante despacio y se apoyó un momento en un poste de madera, cruzándose de brazos, notando cómo el sudor le recorría la espalda sin molestarlo ya demasiado. Arabasta no iba a darle lo que esperaba en forma de sangre o pelea como imaginaba, pero quizá le estaba ofreciendo algo más incómodo: tiempo para pensar.
Y eso siempre era lo peor. 
Kal nunca le había hablado de reemplazar la carne, o al menos no directamente. Siempre había insistido en fortalecerla, en entenderla, en respetar cuándo pedirle más y cuándo no. Al final el propio Kal era quien había enseñado a pelear a Ubbe. Pero Kal tampoco había vivido lo suficiente como para llegar a ese punto donde el cuerpo empieza a pasar factura por adelantado.
No había decidido nada. No todavía. Pero ya no podía fingir que la idea no existía.
- Ya volveré -dijo al fin, más para sí que para el herrero.
Este no respondió, pero inclinó ligeramente la cabeza, como quien acepta algo sin necesidad de palabras.
Ubbe salió de la forja con paso lento, perdiéndose de nuevo entre el ruido del mercado. El sol seguía pegando igual de fuerte, la ciudad seguía viva, y el mundo seguía girando como siempre.
Pero algo había cambiado. Por ahora era solo una idea, un pensamiento, un camino a seguir. Ya que cuando la carne cede... siempre nos quedará el metal. 
Y Ubbe, cuando fuera necesario, cruzaría esa línea.


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[Auto T3] - If I cross the line - por Ubbe - 19-01-2026, 02:05 PM
RE: [Auto T3] - If I cross the line - por PX-5 - 19-01-2026, 09:19 PM

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