20-01-2026, 08:04 AM
Vergüenza.
De todas las personas del mundo, de quien menos esperó escuchar palabras que le provocaran tanta vergüenza, era de la sirena de azul celeste.
—No lo menciones, en verdad, no es necesario —masculló mientras se giraba para caminar hacia la mesa con una rapidez inesperada, no porque tuviera hambre, si no porque con ese gesto se obligó a no mirar a ninguno de los dos hombres ni a la chica, después de todo, las palabras de esta última habían hecho que el médico sintiera como sus mejillas se calentaban, alertándole de un color rojizo que, seguramente, en ese momento teñían su rostro por culpa del tonto juego del cual debió negarse a ser partícipe.
Menos mal que el asunto del juego fue opacado por los manjares que llegaron a la mesa, manjares que él tendría que pagar ahora. Frunció el ceño solo de recordarlo, pero decidió centrarse en las bolitas de pulpo frito que, humeantes, lo tentaban a probarlas enseguida, algo que habría hecho con gusto, de no ser porque, ni siquiera tuvo tiempo de dar el primer bocado cuando la voz de Merlot, cantarina y alegre, como acostumbraba, lo hizo detener los palillos a medio camino entre el plato y su boca, para mirarla a ella. Le daría toda su atención en ese instante.
—¿Brujas? ¿Conoces brujas reales, sirena? —La retahíla de información no tardó en llegar y, como siempre, esta tenía tantos adornos y frases intrincadas que mezclaban tan bien la fantasía con la realidad que, para la delicada mente del médico, las palabras de la semi sirena eran como una montaña rusa. Apenas podía seguirle el ritmo en algunas ocasiones, es más, apenas y podía descifrar las metáforas escondidas en medio de una historia que, a todas luces, intentaba disfrazar una realidad más cruda. No iba a decirlo en voz alta, pero, cuando se trataba de Merlot, separar lo real de lo metafórico le costaba más de la cuenta. Sus cuentos superaban su poca retentiva, pues su capacidad de análisis solo funcionaba cuando le hablaban con calma, cuando se daba el tiempo para estudiar un tema…era tan distinto con la sirena, aunque, de alguna manera, lo disfrutaba. Hablar con ella era como un reto. —¿Cómo son? Las brujas, quiero decir y ¿Por qué te venderían? ¿Son como en los cuentos de hadas?
Por más que su mente le mostrara un letrero enorme con la palabra “tráfico”, otra parte de esta lo obligaba a creerse parte de la fantasía, como que, ese tráfico lo hacían brujas reales…criaturas que el mismo diseccionaría si se encontrara con una, solo para ver si dentro tenían magia, pero… ¿Pudo concentrarse más tiempo en ellas? Pues, no.
—No sabía que había mariposas marinas, tal vez cuando salgamos de aquí debamos pasar por una librería y comprar un libro de biología marina ¿No te parece? Sería interesante estudiar los animales del océano, seguro podría encontrar alguno con propiedades para tratar algunos males —. Se fue por las ramas en el momento en que la peliceleste se apagó como si fuera una radio vieja que era reemplazada por otra menos delirante, pero tal vez más distraída y lejana, pero, sus divagaciones sobre el mar fueron interrumpidas de nuevo y, además, su segundo intento de llevar el takoyaki a su boca, se vio detenido una ve más cuando María Merlot continuo con su historia.
—Oh, así que fuiste tu quien terminó rescatándola de las brujas —. En ese momento sintió que alguien lo rodeó en un abrazo que lo congeló en su lugar, casi como si no estuviera acostumbrado al contacto humano y…no, no es que tuviera algo en contra de los abrazos y tampoco era de esas personas que se ponía quisquillosas al ser tocados por otro ser humano, pero, lo tomó tan desprevenido que no supo como reaccionar. Se quedó quieto, parpadeando mientras analizaba todo, tanto la historia como el gesto inesperado, hasta que la peliceleste se apartó y, ahora, el pelinegro mendigo tomaba la palabra, casi como si quisiera rectificar el cuento y convertirlo en una anécdota. Fue más profesional, más…adulto.
—Así que eso pasó, bien, lo entiendo ahora y, en ese caso, Han, debo agradecerte por hacerte cargo de tan valiosa persona —. Hizo una reverencia apenas perceptible con su cabeza antes de mirar a la mitad sirena, pues dentro de sus palabras había un doble sentido que nadie de la mesa podría tomar como evidente pues, a fin de cuentas, para el médico pelirrosa, María si era un ser muy valioso, pero no en un sentido emocional como seguro el resto asumía, si no que, sus escamas, le estaban dando más dinero del que creyó en un inicio. Era increíble lo bien que algunos artesanos pagaban por hacerse con escamas de sirena. —Tal vez, de no ser por ese rescate improvisado, no la habría conocido y eso sí que sería una verdadera lástima.
Nadie, ni siquiera él mismo podría sospechar que, con el paso de las semanas y los meses, ese valor monetario con el que medía a la sirena en ese momento se convertiría en un valor más…sentimental, amigable, uno que no se atrevería a declarar en voz alta, sin importar cuanto tiempo transcurriera, porque decirlo en voz alta, sería arruinarlo todo.
Con el fin de la historia entonces se centró en su platillo, por primera vez ese día pudo saborear el takoyaki, de hecho, en el momento en que sus papilas gustativas saborearon la comida, fue consciente del hambre que tenía, algo que por suerte se encargaría de matar con todo lo que le pidió al mesero.
—Esto es mejor que la fruta, pero, así como el libro de biología marina…no me molestaría pasar al mercado a comprar fruta cuando terminemos aquí…entonces podríamos volver al barco y pedirle a alguien que nos la prepare en ensalada o en algún postre —. Estaba casi seguro de que en el barco había un cocinero. —Supongo que el mendigo puede venir con nosotros si no tiene más que hacer esta tarde…no me molesta su presencia —. Eso era cierto, mucho menos después de haber escuchado como salvó a una de sus mejores mercancías.
—Y, por cierto, ella tiene razón, Johan…eso es mucha cerveza para ti y es muy temprano para cargar a un borracho hasta el puerto —. Se encogió de hombros casi con indiferencia después de dar esa advertencia, y siguió comiendo sin esperar una respuesta de nadie, solo disfrutando del presente, que era lo único que tenía, pues, en un futuro muy cercano, este instante no sería más que una memoria borrosa, sin voces ni rostros ni nombres…como gran parte de su vida.
Léeme
