20-01-2026, 01:33 PM
(Última modificación: 20-01-2026, 01:37 PM por Akira Raito.)
El muchacho era agradable, similar en actitud a Akira, un chico amable, simpático y curioso, sin miedo a perseguir leyendas en sitios desconocidos, y eso era justo lo que a ambos los había llevado hasta el lugar en el que se encontraban. Seguir las migas de pan de un camino que había creado un viejo en su inventario colectivo, junto con el resto de los habitantes del reino. Era sin duda, algo que solo unos pocos creerían y unos menos harían por encontrarlo. No era algo tan impactante como un tesoro escondido en las profundidades, pero era algo, y era algo muy cañero.
—Encantado Cill, ¿cómo que Polaris? —pensó en cómo devolverle la broma, si es que lo había sido. Polaris no era un mal nombre, pero no era el suyo—. Perdona, ¿cómo habías dicho que te llamabas? ¿Will? —se rio de la situación cuando de pronto escuchó algo moverse entre las cañas que los rodeaban, pero no le dio demasiada importancia, ni siquiera se giró en dirección al sonido, ya que podría ser cualquier animal.
Volviendo al tipo de la katana—. Yo igual, la verdad es que destaca bastante entre las demás, lo que me hace dudar de que sea algo tan impresionante… Estaría todo el mundo aquí, ¿no? —respondió observando también aquella gran caña—. ¡Dale, pégale un tajo, vamos a probarla! —el cortar de la katana rebanó de manera limpia y sin esfuerzo aquella caña, que empezó a soltar agua y dejar ver en su interior la gran cantidad de azúcar, que con el reflejo de aquel sol abrasador brillaba como si fueran diamantes.
Akira esperó a que Cill la probara y luego se acercó él, el agua no era tan dulce como esperaba cosa que le medio decepcionó. Tanta travesía andando con un clima que perfectamente podría ser el del desierto para un agua que simplemente era agua dulce. Aunque la situación cambió cuando metió la mano y rascando las paredes del interior de la caña, sacó un puñado de azúcar húmedo. Esto sí que era otra cosa. Le ofreció a Cill estrechándole el brazo y se sentó a su lado mientras seguía pellizcando granos y llevándoselos a la boca.
—Esto ya es otra cosa… —suspiró con gusto de lo bueno que estaba. Pero sin darle tiempo a terminarse aquel puñado de azúcar con su compañero, de pronto aparecieron, a la velocidad de la luz, un grupo de unos ocho tontattas. Saltaron sobre ellos pisándoles las cabezas y pegándoles puñetazos y patadas en cualquier parte de su cuerpo que les cortara el paso, y en un abrir y cerrar de ojos habían cortado en rodajas la caña entera y la tenían atada a sus espaldas, mirando tanto a Cill como a Akira con un tono amenazante.
—¡Putos intrusos! ¡Ladrones de mierda! ¡JODEROS! —gritaron al unísono señalándoles con algo que a primera vista parecían palillos de metal, pero que en realidad eran sus… ¿Espadas?—. ¡Ladrones vosotros! ¡La hemos encontrado primero! ¡¿Pero seréis cabrones?! ¡Con lo tranquilos que estábamos! —Akira se levantó de un salto y les señaló devolviéndoles con un grito la amenaza. Una cosa era quitarles la caña, y otra muy diferente golpearlos y patearlos sin motivo. Eran tontattas, eran pequeños, pero tenían fuerza, y no habían sido golpes que se sintieran como un pellizco, aquello les iba a dejar de recuerdo algún que otro moratón—. ¡Encima agresivos, cómo os pise os hundo en el suelo, hijos de puta! ¡¿De qué vais?!
—Encantado Cill, ¿cómo que Polaris? —pensó en cómo devolverle la broma, si es que lo había sido. Polaris no era un mal nombre, pero no era el suyo—. Perdona, ¿cómo habías dicho que te llamabas? ¿Will? —se rio de la situación cuando de pronto escuchó algo moverse entre las cañas que los rodeaban, pero no le dio demasiada importancia, ni siquiera se giró en dirección al sonido, ya que podría ser cualquier animal.
Volviendo al tipo de la katana—. Yo igual, la verdad es que destaca bastante entre las demás, lo que me hace dudar de que sea algo tan impresionante… Estaría todo el mundo aquí, ¿no? —respondió observando también aquella gran caña—. ¡Dale, pégale un tajo, vamos a probarla! —el cortar de la katana rebanó de manera limpia y sin esfuerzo aquella caña, que empezó a soltar agua y dejar ver en su interior la gran cantidad de azúcar, que con el reflejo de aquel sol abrasador brillaba como si fueran diamantes.
Akira esperó a que Cill la probara y luego se acercó él, el agua no era tan dulce como esperaba cosa que le medio decepcionó. Tanta travesía andando con un clima que perfectamente podría ser el del desierto para un agua que simplemente era agua dulce. Aunque la situación cambió cuando metió la mano y rascando las paredes del interior de la caña, sacó un puñado de azúcar húmedo. Esto sí que era otra cosa. Le ofreció a Cill estrechándole el brazo y se sentó a su lado mientras seguía pellizcando granos y llevándoselos a la boca.
—Esto ya es otra cosa… —suspiró con gusto de lo bueno que estaba. Pero sin darle tiempo a terminarse aquel puñado de azúcar con su compañero, de pronto aparecieron, a la velocidad de la luz, un grupo de unos ocho tontattas. Saltaron sobre ellos pisándoles las cabezas y pegándoles puñetazos y patadas en cualquier parte de su cuerpo que les cortara el paso, y en un abrir y cerrar de ojos habían cortado en rodajas la caña entera y la tenían atada a sus espaldas, mirando tanto a Cill como a Akira con un tono amenazante.
—¡Putos intrusos! ¡Ladrones de mierda! ¡JODEROS! —gritaron al unísono señalándoles con algo que a primera vista parecían palillos de metal, pero que en realidad eran sus… ¿Espadas?—. ¡Ladrones vosotros! ¡La hemos encontrado primero! ¡¿Pero seréis cabrones?! ¡Con lo tranquilos que estábamos! —Akira se levantó de un salto y les señaló devolviéndoles con un grito la amenaza. Una cosa era quitarles la caña, y otra muy diferente golpearlos y patearlos sin motivo. Eran tontattas, eran pequeños, pero tenían fuerza, y no habían sido golpes que se sintieran como un pellizco, aquello les iba a dejar de recuerdo algún que otro moratón—. ¡Encima agresivos, cómo os pise os hundo en el suelo, hijos de puta! ¡¿De qué vais?!

