21-01-2026, 08:01 AM
Estaba satisfecho. El muchacho que llevaba el juego entendía bastante bien cómo funcionaba el eterno tira y afloje de los trucos callejeros. Por su parte, él se mantenía firme en su papel de trilero, fingiendo una emoción exagerada, celebrando con entusiasmo ante la sorpresa —y la codicia— de los transeúntes.
De pronto, Iggy saltó sobre la galleta que había hecho levitar, oculta bajo el mantel, gritando y señalando a los espectadores por haber dudado de que todo aquello fuera una estafa. Bones sonrió sin romper su actuación, intentando seguir vendiendo el engaño, aunque una gota de sudor descendió por la frente del médico brujo al ver cómo aquel desafío directo al público podía traer problemas.
Vaya… es bueno con los trucos callejeros, pero necesita pulir la paciencia, ewa. pensó, reconociendo la personalidad eléctrica del chico al verlo gritar y apuntar a la gente con su dedo indice.
El resto del acto transcurrió como era de esperarse. Muchos de los pichones entre la multitud cayeron: ganaron al principio, perdieron a la larga. Aun entre quejas e insultos, terminaron dejando su dinero sobre la mesa, con el ceño torcido y el orgullo herido, antes de dispersarse cuando el hombre del puesto anunció que las apuestas habían cerrado.
Fue entonces cuando Bones decidió seguir su camino. Sin embargo, una mano lo detuvo. Escuchó las palabras del otro hombre y comprendió de inmediato: no era prudente que ambos fueran vistos entrando juntos. La complicidad resultaría demasiado evidente.
El manotazo lo hizo sostener la mirada durante unos segundos. Luego, el moreno fingió demencia, apartó los ojos y se dio la vuelta para marcharse. Sabía que acabaría yendo al bar donde se encontraba el chico; aun así, siempre le atraían aquellas personas que seguían tradiciones de las que él mismo había formado parte en otro tiempo.
Se quedó observando los mercados callejeros durante unos minutos más, dejando que el bullicio lo envolviera, antes de darse la vuelta y regresar a la entrada del bar al que Iggy había entrado tras terminar la actuación.
Entré unos segundos después de ti, sin prisas, permitiendo que la puerta terminara de gemir por el maltrato que le diste. El lugar olía a ron barato, sal y decepción: una mezcla extrañamente familiar. Me quité los guantes con calma y los guardé en el interior del abrigo, como si acabara de concluir una intervención menor.
Por el cabello estrafalario y la ropa llamativa, Bones supo de inmediato quién era el hombre sentado en la barra. Caminó hasta él, tomó asiento a su lado y pidió un Old Fashioned. El cantinero se giró para preparar el cóctel mientras Bones hablaba, observando de reojo cada movimiento tras la barra.
—Te dije que ese tipo que andaba quejandose mordería el anzuelo —comentó—. No dejó de picar en cada ronda de apuestas. Aunque es curioso ver a alguien haciendo este tipo de trucos en Samba. Normalmente funcionan mejor en ciudades atestadas de gente, como Loguetown; aquí no diría que sea la forma más efectiva de ganar dinero.
Agradeció el trago al bartender, dio un largo sorbo y entonces giró la cabeza hacia el extraño de cabellos rosáceos.
—¿Cuál es tu nombre, compañero? —preguntó, con una curiosidad apenas disimulada.
De pronto, Iggy saltó sobre la galleta que había hecho levitar, oculta bajo el mantel, gritando y señalando a los espectadores por haber dudado de que todo aquello fuera una estafa. Bones sonrió sin romper su actuación, intentando seguir vendiendo el engaño, aunque una gota de sudor descendió por la frente del médico brujo al ver cómo aquel desafío directo al público podía traer problemas.
Vaya… es bueno con los trucos callejeros, pero necesita pulir la paciencia, ewa. pensó, reconociendo la personalidad eléctrica del chico al verlo gritar y apuntar a la gente con su dedo indice.
El resto del acto transcurrió como era de esperarse. Muchos de los pichones entre la multitud cayeron: ganaron al principio, perdieron a la larga. Aun entre quejas e insultos, terminaron dejando su dinero sobre la mesa, con el ceño torcido y el orgullo herido, antes de dispersarse cuando el hombre del puesto anunció que las apuestas habían cerrado.
Fue entonces cuando Bones decidió seguir su camino. Sin embargo, una mano lo detuvo. Escuchó las palabras del otro hombre y comprendió de inmediato: no era prudente que ambos fueran vistos entrando juntos. La complicidad resultaría demasiado evidente.
El manotazo lo hizo sostener la mirada durante unos segundos. Luego, el moreno fingió demencia, apartó los ojos y se dio la vuelta para marcharse. Sabía que acabaría yendo al bar donde se encontraba el chico; aun así, siempre le atraían aquellas personas que seguían tradiciones de las que él mismo había formado parte en otro tiempo.
Se quedó observando los mercados callejeros durante unos minutos más, dejando que el bullicio lo envolviera, antes de darse la vuelta y regresar a la entrada del bar al que Iggy había entrado tras terminar la actuación.
Entré unos segundos después de ti, sin prisas, permitiendo que la puerta terminara de gemir por el maltrato que le diste. El lugar olía a ron barato, sal y decepción: una mezcla extrañamente familiar. Me quité los guantes con calma y los guardé en el interior del abrigo, como si acabara de concluir una intervención menor.
Por el cabello estrafalario y la ropa llamativa, Bones supo de inmediato quién era el hombre sentado en la barra. Caminó hasta él, tomó asiento a su lado y pidió un Old Fashioned. El cantinero se giró para preparar el cóctel mientras Bones hablaba, observando de reojo cada movimiento tras la barra.
—Te dije que ese tipo que andaba quejandose mordería el anzuelo —comentó—. No dejó de picar en cada ronda de apuestas. Aunque es curioso ver a alguien haciendo este tipo de trucos en Samba. Normalmente funcionan mejor en ciudades atestadas de gente, como Loguetown; aquí no diría que sea la forma más efectiva de ganar dinero.
Agradeció el trago al bartender, dio un largo sorbo y entonces giró la cabeza hacia el extraño de cabellos rosáceos.
—¿Cuál es tu nombre, compañero? —preguntó, con una curiosidad apenas disimulada.
