21-01-2026, 05:04 PM
La desconfianza aún no me abandonaba. Y me alegraba de ello, pues estaba seguro de que ese sentimiento era algo que me había permitido permanecer con vida en múltiples ocasiones. Cerca del barco, no dejé de mirar a los que hasta hace unos minutos eran nuestros enemigos. En cierto modo, supe que nunca dejarían de serlo. Su resignación nos dejó una última lección: las batallas no tienen porqué acabar en muerte. Al menos, no en todas las ocasiones. El odio ya es otro tema. Sin duda, se había sembrado una semilla en nuestros rivales y, de salir con vida de aquella isla, iría creciendo poco a poco hasta convertirse en un árbol de rencor dispuesto a dejar caer sus amargos frutos sobre nosotros. Lo que hacíamos al llevarnos su barco y provisiones no era muy distinto a una sentencia a muerte. Pero eso es a lo que te empuja este mundo.
La chica enferma abofeteó a Eros y rechazó la compensación que le entregaba por el barco. También lo hizo con el acercamiento de Kiyoshi para revisar su estado. Nuestros enemigos quedaron tras la protección de su maestro. Juntos observaban cómo perdían su casa, pero habiendo conseguido proteger a todos sus miembros. De seguro podrían haber seguido peleando. Tal vez podrían habernos vencido. Pero tanto la chica como el chico moribundo no lo habrían contado. Creo que evaluaron la situación y pusieron en un lado de la balanza la vida de algunos de ellos y en el otro lado, el barco.
Eros aceptó lo que dijo la chica y comenzó a caminar hacia el barco. Dio un potente salto para llegar a la cubierta. Tras unos instantes, una escala surgió por encima de la regala, golpeando el casco del barco. El sonido que produjo dejó entrever la calidad de la madera. El capitán nos llamó para que subiésemos a bordo. Me calé bien el sombrero, mi rifle al hombro. Escalé mientras escuchaba las indicaciones de Eros, su voz firme y decidida. El olor del salitre del mar comenzó a mezclarse con los provenientes de la embarcación; resina, alquitrán, madera húmeda, pólvora... Entre los diferentes estímulos, uno captó más mi atención. Un olor dulce, afrutado. Un aroma que no hizo otra cosa sino avivar las quejas de mi estómago. Me deslicé hacia uno de los toneles que había junto a la escalera que bajaba a los camarotes. Levanté la tapa y encontré un saco lleno de frutas. No pude reconocer de que se trataba, pero sus tonos del verde a rojo la hacían de lo más apetecible.
—¡Aquí tenemos algo de fruta —dije con una pieza en la mano justo antes de darle un bocado. Un sabor acre inundó mi boca nada más mordí la piel de la fruta, aunque el sabor dulce y cítrico de la pulpa lo compensó al instante—. Será mejor pelarlas —añadí con un ojo cerrado y cara de asco.
Bajé las escaleras para comenzar a investigar el barco. Mis garras rasgaban la piel de aquella fruta mientras inspeccionaba las habitaciones. Deseaba con todas mis fuerzas que tuviesen algo así como una biblioteca a bordo. Me conformaría con tan solo un par de libros que no hubiese leído aún. Pero ninguno de ellos tenía el aspecto típico de un erudito. Aunque pensándolo bien... ¿Acaso yo lo tendría? Continué avanzando por el pasillo sin dejar de pensar en lo distinto que era aquel barco al Crimson Stage. Sin embargo, eso era tal y como debía ser; la banda había cambiado, nosotros habíamos cambiado. Nuestro barco, debía cambiar.
La chica enferma abofeteó a Eros y rechazó la compensación que le entregaba por el barco. También lo hizo con el acercamiento de Kiyoshi para revisar su estado. Nuestros enemigos quedaron tras la protección de su maestro. Juntos observaban cómo perdían su casa, pero habiendo conseguido proteger a todos sus miembros. De seguro podrían haber seguido peleando. Tal vez podrían habernos vencido. Pero tanto la chica como el chico moribundo no lo habrían contado. Creo que evaluaron la situación y pusieron en un lado de la balanza la vida de algunos de ellos y en el otro lado, el barco.
Eros aceptó lo que dijo la chica y comenzó a caminar hacia el barco. Dio un potente salto para llegar a la cubierta. Tras unos instantes, una escala surgió por encima de la regala, golpeando el casco del barco. El sonido que produjo dejó entrever la calidad de la madera. El capitán nos llamó para que subiésemos a bordo. Me calé bien el sombrero, mi rifle al hombro. Escalé mientras escuchaba las indicaciones de Eros, su voz firme y decidida. El olor del salitre del mar comenzó a mezclarse con los provenientes de la embarcación; resina, alquitrán, madera húmeda, pólvora... Entre los diferentes estímulos, uno captó más mi atención. Un olor dulce, afrutado. Un aroma que no hizo otra cosa sino avivar las quejas de mi estómago. Me deslicé hacia uno de los toneles que había junto a la escalera que bajaba a los camarotes. Levanté la tapa y encontré un saco lleno de frutas. No pude reconocer de que se trataba, pero sus tonos del verde a rojo la hacían de lo más apetecible.
—¡Aquí tenemos algo de fruta —dije con una pieza en la mano justo antes de darle un bocado. Un sabor acre inundó mi boca nada más mordí la piel de la fruta, aunque el sabor dulce y cítrico de la pulpa lo compensó al instante—. Será mejor pelarlas —añadí con un ojo cerrado y cara de asco.
Bajé las escaleras para comenzar a investigar el barco. Mis garras rasgaban la piel de aquella fruta mientras inspeccionaba las habitaciones. Deseaba con todas mis fuerzas que tuviesen algo así como una biblioteca a bordo. Me conformaría con tan solo un par de libros que no hubiese leído aún. Pero ninguno de ellos tenía el aspecto típico de un erudito. Aunque pensándolo bien... ¿Acaso yo lo tendría? Continué avanzando por el pasillo sin dejar de pensar en lo distinto que era aquel barco al Crimson Stage. Sin embargo, eso era tal y como debía ser; la banda había cambiado, nosotros habíamos cambiado. Nuestro barco, debía cambiar.
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