22-01-2026, 07:55 AM
(Última modificación: 22-01-2026, 08:09 AM por Hyákinthos.)
Silencio.
El silencio no es bueno en la selva.
Una jungla debería estar infestada de sonidos, de bramidos de animales grandes, de los cantos de las aves, del susurrar del viento entre las ramas más altas de los árboles.
Pero hoy esto no sucede.
No. Esa última frase está mal.
El silencio lleva días.
No le gusta alejarse mucho del Royal Flush ni siquiera de la costa, entiende bien que su sentido de la orientación está tan dañado como su olfato y su memoria; sin embargo, no puede desperdiciar la oportunidad de explorar en un laboratorio natural tan grande como lo es Little Garden —¡Vaya ironía de nombre! —, por eso no se ha mantenido quieto, por eso ha convencido a su compañera, María Merlot, de explorar la jungla en más de una ocasión desde que llegaron a la isla y, por eso, su observación aguda hacia su entorno le avisó, desde hace días, que algo andaba mal, solo que, había decidido ignorarlo…Hasta ahora.
Aquella mañana fue inusual. Primero porque no es alguien que guste de levantarse temprano, pero el ruido en la cubierta y el remezón que alguien le dio en el hombro fue suficiente para que casi cayera de la cama. No estaba feliz.
Cuando alzó la vista, mientras refunfuñaba improperios dichos entre dientes, se dio cuenta de que su compañero, Jensen ¿O era Jonás? —aún le costaba su nombre, pero al menos sabía que empezaba por “J” —, lo miraba desde arriba con el ceño fruncido mientras le extendía un caracol de esos que suelen usar todos para comunicarse…sí, el nombre del objeto también se le escapó en el momento. No es su culpa, simplemente, despertó con el cerebro revuelto.
—Podías dejar que sonara, nadie se va a morir si no respondo —. A pesar de sus palabras malhumoradas tomó entre sus manos el den den mushi mientras se ponía de pie y empezaba a caminar por su habitación, dando vueltas en círculos a la vez que respondía con un seco “¡Aló!”.
Al otro lado escuchó la voz de una mujer, una voz melosa que no recordaba de nada, pero que provenía de alguien que, como muchos, decía conocerlo. Frunció el ceño, casi cuelga, pero entre palabras dichas aquí y allá, menciones de acontecimientos en los que, más o menos, recordaba haber estado y, por supuesto, la aclaración sobre que ella podía transformarse en una especie de lagarto, el médico de cabellos rosas terminó cediendo a lo evidente: si la conoce.
Luego de todo un procedimiento para que supiera que estaba hablando con una conocida, vino lo importante: una investigación. Fue ahí cuando sus ojos brillaron con la emoción de un niño que recibe un juguete nuevo. No tuvo que decir más, estaría dentro.
¿Le importaba la vida de las especies involucradas? No realmente, pero la mención de una plaga digna de estudio que empieza a afectar a seres que pueden servirle como mercancía, es decir, dinosaurios, eso…eso es interesante, al menos lo suficiente como para hacerlo asearse y comer en tiempo récord para salir al encuentro de la mujer lagarto.
Ella dijo estar al sur.
Gran problema. Él no sabe hacia donde está el sur.
Por suerte le dijo a su compañero pelirrojo que lo guiara antes de alejarse de su barco, porque ahora, lejos del Royal Flush o de cualquiera de sus compañeros, ubicarse era más difícil, más aún cuando ya había empezado a adentrarse en la selva espesa.
Lo primero que sintió al adentrarse más en el follaje espeso, fue el cosquilleo de los enormes helechos rozando la piel de sus brazos que, para mala suerte, llevaba en parte descubiertos, luego notó el piso blando, cubierto de tierra húmeda, musgos y demás vegetación típica del sotobosque. Aún no se adentraba lo suficiente como para decir que la luz del sol del medio día no le llegaba, por el contrario, algunos rayos aún se filtraban en medio de las hojas de los enormes árboles que gobernaban en la dichosa isla, menos mal el cielo estaba sin un rastro de nubes, señal de que haría un buen día y el sol los iluminaría hasta bien entrada la tarde. Todo parecía normal, excepto por ese silencio que empezaba a incomodarle.
—Ugh, voy a matar a la mujer lagarto ¿Cómo no puede darme una dirección más exacta? —En honor a la verdad, la dirección no estaba mal, se supone que se encontrarían en un claro al sur del bosque, solo por eso seguía las “huellas” de luz. Más que fijarse en el suelo o en una brújula, su instinto lo guiaba hacia esas zonas en donde el sol se colaba con más descaro y, aún así, llegar al sitio le estaba pareciendo una tortura.
Respirar costaba. El aire es húmedo, denso, no puede sentir el olor de la naturaleza muerta, pero no tiene que hacerlo para que el oxígeno le dificulte avanzar con normalidad. Por un momento pensó en retirarse, en llamar a la mujer y decirle que, si quería su ayuda, lo fuera a buscar a su barco, pero se replanteó la idea cuando sus ojos lo llevaron a notar sangre seca en el follaje.
Podría haberlo ignorado. La selva es un sitio cruel, uno en donde masacres se dan día a día, pero había algo raro en la coloración de esa sangre. No...no solo era la sangre, su alrededor era distinto.
Aún cuando estuviera seca, no se notaba de ese color chocolate rojizo, si no de un tono más oscuro, que casi rayaba en lo negro…por un momento se preguntó si eso en verdad era sangre.
No solo era la sangre, su alrededor era extraño. No había que ser muy observador para darse cuenta. Los troncos no parecían haber caído por vejez, parecían haber sido arrancados, las hojas y ramas estaban destruidas y garras se marcaban en la madera, como si la proclamaran su propiedad. Signos de una pelea o de la desesperación de algo que no sabe hacia donde dirigir su rabia o....¿dolor?
La curiosidad lo alentó y sus pasos siguieron aquel rastro sanguinolento, aunque ignoraba el olor agrio que se sentía con más fuerza con cada paso que daba; sin embargo, hay algo que no pudo ignorar.
El silencio fue reemplazado con lamentos. No eran humanos. Era el sonido reconocible de animales agonizantes. Su corazón se aceleró, sus sentidos se agudizaron y sus pasos dejaron de ser lentos. Ahora se movía con agilidad por las ramas de los árboles aun cuando llevaba una mochila, de colores oscuros y bien cerrada, en su espalda, una en la que llevaba todo lo necesario para sobrevivir en caso de perderse en la selva, tanto botiquines como herramientas que pudieran serle útiles de formas no médicas.
Su pequeña carrera lo llevó entonces a tener una vista única. Sus ojos brillaron con ilusión, pues, frente a él, un grupo de dinosaurios reunidos se comportaban de la manera más extraña que había visto en las especies que había alcanzado a estudiar en aquella isla.
No se acercó, se quedó al menos a unos veinte metros del animal más cercano. El claro era grande, como todo en la isla, por lo que no le costó mantener esa distancia. Desde su lugar podía divisar el comportamiento y la piel de los gigantescos animales, una piel que desde su ojo clínico podía percibir como anormal. No era una coloración típica en esas especies.
—Increíble… ¿Qué les hizo esto? —No era una pregunta cargada de lástima, si no de interés científico. Pensó en acercarse a ellos con discreción, pero no era suicida como para hacerlo si aún no podía encontrar a la mujer que se supone que lo había citado…O eso creyó.
Estaba tan embelesado en los dinosaurios que apenas notó el cabello verde, que para él se mezclaba con las plantas, de la persona que tenía a un metro de él, por eso, cuando se giró y la vio allí parada, tuvo que llevarse ambas manos a la boca para evitar gritar y llamar la atención de esos dinosaurios.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa y sus músculos se tensaron. Si ella hubiera querido matarlo, habría podido hacerlo por culpa de su distracción.
—Tú —pronunció solo un par de segundos después de haberse recuperado del shock. —Fuiste la que me citó a este lugar ¿Cierto? —Se acercó a ella, aunque sin invadir su espacio personal. —¿Cuánto llevas aquí?, ¿cuándo te enteraste de esto?, ¿tienes la mínima idea de lo que es? —Porque ahora que lo ve mejor, es muy temprano para que, lo que sea que les pase a esas criaturas, sea llamado “plaga”.
Mientras dejaba caer una pregunta tras otra, el médico se ajustó bien sus guantes que, a pesar de su apariencia, eran bastante útiles en combate y, luego, miró sus botas para ver que el cordón estuviera bien ajustado, al igual que los guantes, también le servían para pelear gracias a las puntas metálicas que se escondían bajo el cuero.
Léeme, por favor
