22-01-2026, 06:26 PM
South Blue | Reino de Samba | Centro de Danza de Samba
Día 44 de Primavera, año 17
No había podido verme con el tontatta durante varios días. Nuestros horarios nunca coincidían, o quizá el destino simplemente se estaba tomando su tiempo conmigo, como suele hacerlo. Aun así, logramos contactarnos y fijar el encuentro para hoy. No podía negar que me aliviaba, aquel encargo me había exigido más de lo habitual, no sólo por los materiales o el trabajo físico, sino por la precisión que requería forjar un arma pensada para manos tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan orgullosas.
Cargaba el hacha envuelta con cuidado, como si se tratara de algo frágil, aunque ambos sabíamos que no lo era en absoluto. Cada paso hacia el punto de encuentro me recordaba las horas invertidas bajo el fuego de la forja, el peso del acero aún rojo, el olor del cuero recién curtido y el silencio que me acompañó durante aquellas noches interminables. No era sólo una entrega más, era el cierre de un proceso que me había mantenido ocupado, firme, lejos de recuerdos que todavía muerden. Esperaba que Lazaro estuviera satisfecho. No por orgullo, sino porque cuando uno crea algo con las manos, deja inevitablemente una parte de sí mismo atrapada en el metal y ese fragmento merece, al menos, terminar en manos de alguien que sepa blandirlo.
Llegué al centro de danza donde nos veríamos. Según él, estaba rastreando a algún delincuente, no recuerdo bien qué había hecho el sujeto ni me importaba demasiado, pero al parecer ese era su motivo para elegir un lugar tan concurrido. El tipo, aunque diminuto, decía ser cazarrecompensas, y todavía me resultaba extraño pensarlo sin soltar una mueca. Aun así, no podía negarle nada a alguien que, con ese tamaño, se atrevía a perseguir criminales de isla en isla. El lugar estaba vivo de ruido y movimiento, música golpeando el suelo, pasos marcados, risas, sudor y luces girando sin descanso.
Demasiado escándalo para mi gusto, me quedé a un costado, con los brazos cruzados y el arma envuelta colgando a mi espalda, observando a la gente como si todos fueran potenciales problemas. Algunos me miraban de reojo, otros, directamente apartaban la vista, era mucho mejor así. Si el tontatta aparecía pronto, perfecto. Si no, tendría que esperar y cuando espero demasiado, suelo perder la paciencia y alguien termina pagando por ello.
Día 44 de Primavera, año 17
No había podido verme con el tontatta durante varios días. Nuestros horarios nunca coincidían, o quizá el destino simplemente se estaba tomando su tiempo conmigo, como suele hacerlo. Aun así, logramos contactarnos y fijar el encuentro para hoy. No podía negar que me aliviaba, aquel encargo me había exigido más de lo habitual, no sólo por los materiales o el trabajo físico, sino por la precisión que requería forjar un arma pensada para manos tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan orgullosas.
Cargaba el hacha envuelta con cuidado, como si se tratara de algo frágil, aunque ambos sabíamos que no lo era en absoluto. Cada paso hacia el punto de encuentro me recordaba las horas invertidas bajo el fuego de la forja, el peso del acero aún rojo, el olor del cuero recién curtido y el silencio que me acompañó durante aquellas noches interminables. No era sólo una entrega más, era el cierre de un proceso que me había mantenido ocupado, firme, lejos de recuerdos que todavía muerden. Esperaba que Lazaro estuviera satisfecho. No por orgullo, sino porque cuando uno crea algo con las manos, deja inevitablemente una parte de sí mismo atrapada en el metal y ese fragmento merece, al menos, terminar en manos de alguien que sepa blandirlo.
Llegué al centro de danza donde nos veríamos. Según él, estaba rastreando a algún delincuente, no recuerdo bien qué había hecho el sujeto ni me importaba demasiado, pero al parecer ese era su motivo para elegir un lugar tan concurrido. El tipo, aunque diminuto, decía ser cazarrecompensas, y todavía me resultaba extraño pensarlo sin soltar una mueca. Aun así, no podía negarle nada a alguien que, con ese tamaño, se atrevía a perseguir criminales de isla en isla. El lugar estaba vivo de ruido y movimiento, música golpeando el suelo, pasos marcados, risas, sudor y luces girando sin descanso.
Demasiado escándalo para mi gusto, me quedé a un costado, con los brazos cruzados y el arma envuelta colgando a mi espalda, observando a la gente como si todos fueran potenciales problemas. Algunos me miraban de reojo, otros, directamente apartaban la vista, era mucho mejor así. Si el tontatta aparecía pronto, perfecto. Si no, tendría que esperar y cuando espero demasiado, suelo perder la paciencia y alguien termina pagando por ello.
