23-01-2026, 01:17 PM
No tardé en darme cuenta de que arrastrar un dinosaurio por Little Garden era una experiencia que nadie debería romantizar jamás. El peso era obsceno y aunque para mi tamaño, yo tenía una fuerza digna de mención, de verdad que no era algo que le desease a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo. No era solo por la masa del animal, sino porque la jungla parecía oponerse activamente a cada metro que avanzaba. Las raíces se enganchaban en el cuerpo inerte, las lianas se tensaban como si quisieran reclamarlo y no dejarme avanzar con él arrastras, los árboles eran como columnas (algunos cedían y otros me obligaban a cambiar mi rumbo), el suelo se tragaba mis botas con cada paso, exigiendo tributo. Cada tirón era una negociación con la isla y por desgracia yo no iba ganando aquella batalla silenciosa. "Y yo nunca pierdo" me dije en mi cabeza, sin poder articular aún palabra por la fuerza ejercida, tanta que la tensión se denotaba en la propia boca.
— Vamos… vamos… —murmuraba entre dientes, inclinándome hacia atrás para aprovechar el peso del cuerpo—. No te pongas digno ahora, ya está, ya terminó tu reinado herbívoro. Deja que empiece el reinado de Alana…
El sudor me corría por la espalda, pegándome la ropa a la piel. El aire era tan denso que cada respiración parecía masticarse antes de entrar en los pulmones. Mis brazos ardían, los hombros protestaban, pero seguí. No por orgullo. Por pura terquedad. Little Garden no me iba a ganar hoy. O peor: Han no me iba a ganar.
Cuando por fin conseguí sacarlo y llevarlo hasta un claro y encaminarlo hacia una zona algo más abierta, me detuve un segundo, apoyando las manos en las rodillas. El silencio regresó poco a poco, ese silencio falso que siempre precedía a algo. Escuché mi propio pulso, rápido, insistente. Levanté la cabeza despacio, escaneando el entorno. Nada. O eso parecía. Al inicio bajé la guardia y me tranquilicé. Me paré para relajar los brazos, que aún ardían por el esfuerzo. Mis piernas amenazaban con tensarse de más e impedirme cualquier flexión de los tendones. Estaba forzando la maquinaria más de lo que debía.
Entonces me percaté de nuevo. Aún había calma. Nunca pensé que la calma pudiera alertar a nadie. Fruncí el ceño. La ausencia de sonido era casi peor que los rugidos. Ningún insecto, otra vez. Ningún crujido cercano. La jungla estaba… observando. Me incorporé del todo, girando lentamente sobre mí misma. El cadáver del dinosaurio seguía allí, enorme, expuesto. Un regalo. Un faro para depredadores.
— Genial —susurré—. Carnicería a cielo abierto. Ya podrías ser más pequeño, algo así como yo.
Decidí no tentar más a la suerte. Ajusté el agarre y continué, marcando el camino con el surco profundo que el cuerpo iba dejando tras de sí. A cada paso me preguntaba si Han estaría vivo, si habría encontrado algo comestible o si estaría teniendo una conversación profunda con un helecho particularmente carismático. Sonreí sola ante la idea, no porque fuese alocada, sino porque me parecía extrañamente realista—. Como mueras por una seta, te mato yo misma —murmuré, sin saber si hablaba en serio o no. Se me hacía irónico hablar de Han y la muerte, siendo una antítesis en sí misma.
El terreno empezó a cambiar de nuevo. Reconocí algunos puntos: una formación rocosa con vetas blancas, un árbol caído cubierto de hongos luminosos. Por aquí había pasado yo antes pero ¿cuándo? Ya daba igual la pregunta porque justo entonces el suelo vibró. No fue fuerte. Fue ese temblor profundo, casi perezoso, que no proviene de un derrumbe ni del viento. Ese que se siente más en los huesos que en los oídos. Me quedé quieta. Otra vibración. Giré la cabeza muy despacio, escaneando el límite del claro. Las hojas de los árboles más cercanos se agitaron sin viento. Algo grande se movía entre la espesura. Algo demasiado cerca para mi gusto—. No —susurré—. Ni se te ocurra.
El follaje se abrió con un crujido húmedo y entonces apareció. Este era distinto. Más bajo que el anterior, pero mucho más ancho. Un Ankylosaurus, reconocible para algunos pero no para mí, de masa absurda y cola terminada en una maza ósea que parecía diseñada por alguien con problemas de ira. Su piel era un mosaico de placas gruesas, grises y verdosas, cubiertas de barro seco y musgo. Cada paso era un golpe seco contra el suelo.
Y estaba avanzando directo hacia mí. Miré alrededor, evaluando opciones. No había tiempo de avisar. No había tiempo de pedir ayuda. Suspiré—. Vale —murmuré—. Supongo que hoy no descanso.
Me moví rápido, bordeando el claro para interceptarlo desde un ángulo en el que pudiera usar las rocas, las raíces, cualquier cosa que rompiera mi silueta. El dinosaurio avanzaba lento, pero constante, ajeno a mí. Perfecto. Tomé impulso. Corrí. Salí de la cobertura lanzando un grito agudo, salvaje. La cabeza del Ankylosaurus giró bruscamente y soltó un bramido grave, vibrante. Golpeó el suelo con la cola y la maza pasó a centímetros de mí, levantando tierra, piedras y hojas.
Salté hacia un lado, rodé, me incorporé sin detenerme. No iba a ser una pelea rápida. Y no iba a ser limpia. Me acerqué demasiado, a propósito, golpeando con fuerza una de las placas laterales. El impacto resonó como piedra contra piedra y el dolor me recorrió el cuerpo, pero el dinosaurio reaccionó justo como quería: giró todo su cuerpo pesado para enfrentarse a mí con todo lo que tenía—. Vamos —jadeé—. Eso es. Sígueme.
Cuando la criatura embistió, me aparté en el último segundo. Su propio peso hizo el resto. Resbaló, perdió estabilidad y cayó de costado con un estruendo brutal. El impacto sacudió el suelo y yo casi pierdo el equilibrio, pero no me detuve. Salté sobre su lomo. Busqué alguna zona vulnerable: la base del cuello, donde las placas dejaban un pequeño espacio de carne más blanda. Golpeé. Una vez. Dos. Tres. Cada impacto era seco, preciso, brutal. El Ankylosaurus se agitó, golpeó el suelo con la cola, pero ya no tenía ángulo. Finalmente, el movimiento cesó. Me quedé encima un segundo más, respirando con dificultad, asegurándome de que no volvería a levantarse. Luego me dejé caer al barro, sentada, cubierta de tierra, sudor y adrenalina—. Segundo dinosaurio —dije entre risas cansadas, si es que se le podía llamar risa—. Y espero que no más.
— Vamos… vamos… —murmuraba entre dientes, inclinándome hacia atrás para aprovechar el peso del cuerpo—. No te pongas digno ahora, ya está, ya terminó tu reinado herbívoro. Deja que empiece el reinado de Alana…
El sudor me corría por la espalda, pegándome la ropa a la piel. El aire era tan denso que cada respiración parecía masticarse antes de entrar en los pulmones. Mis brazos ardían, los hombros protestaban, pero seguí. No por orgullo. Por pura terquedad. Little Garden no me iba a ganar hoy. O peor: Han no me iba a ganar.
Cuando por fin conseguí sacarlo y llevarlo hasta un claro y encaminarlo hacia una zona algo más abierta, me detuve un segundo, apoyando las manos en las rodillas. El silencio regresó poco a poco, ese silencio falso que siempre precedía a algo. Escuché mi propio pulso, rápido, insistente. Levanté la cabeza despacio, escaneando el entorno. Nada. O eso parecía. Al inicio bajé la guardia y me tranquilicé. Me paré para relajar los brazos, que aún ardían por el esfuerzo. Mis piernas amenazaban con tensarse de más e impedirme cualquier flexión de los tendones. Estaba forzando la maquinaria más de lo que debía.
Entonces me percaté de nuevo. Aún había calma. Nunca pensé que la calma pudiera alertar a nadie. Fruncí el ceño. La ausencia de sonido era casi peor que los rugidos. Ningún insecto, otra vez. Ningún crujido cercano. La jungla estaba… observando. Me incorporé del todo, girando lentamente sobre mí misma. El cadáver del dinosaurio seguía allí, enorme, expuesto. Un regalo. Un faro para depredadores.
— Genial —susurré—. Carnicería a cielo abierto. Ya podrías ser más pequeño, algo así como yo.
Decidí no tentar más a la suerte. Ajusté el agarre y continué, marcando el camino con el surco profundo que el cuerpo iba dejando tras de sí. A cada paso me preguntaba si Han estaría vivo, si habría encontrado algo comestible o si estaría teniendo una conversación profunda con un helecho particularmente carismático. Sonreí sola ante la idea, no porque fuese alocada, sino porque me parecía extrañamente realista—. Como mueras por una seta, te mato yo misma —murmuré, sin saber si hablaba en serio o no. Se me hacía irónico hablar de Han y la muerte, siendo una antítesis en sí misma.
El terreno empezó a cambiar de nuevo. Reconocí algunos puntos: una formación rocosa con vetas blancas, un árbol caído cubierto de hongos luminosos. Por aquí había pasado yo antes pero ¿cuándo? Ya daba igual la pregunta porque justo entonces el suelo vibró. No fue fuerte. Fue ese temblor profundo, casi perezoso, que no proviene de un derrumbe ni del viento. Ese que se siente más en los huesos que en los oídos. Me quedé quieta. Otra vibración. Giré la cabeza muy despacio, escaneando el límite del claro. Las hojas de los árboles más cercanos se agitaron sin viento. Algo grande se movía entre la espesura. Algo demasiado cerca para mi gusto—. No —susurré—. Ni se te ocurra.
El follaje se abrió con un crujido húmedo y entonces apareció. Este era distinto. Más bajo que el anterior, pero mucho más ancho. Un Ankylosaurus, reconocible para algunos pero no para mí, de masa absurda y cola terminada en una maza ósea que parecía diseñada por alguien con problemas de ira. Su piel era un mosaico de placas gruesas, grises y verdosas, cubiertas de barro seco y musgo. Cada paso era un golpe seco contra el suelo.
Y estaba avanzando directo hacia mí. Miré alrededor, evaluando opciones. No había tiempo de avisar. No había tiempo de pedir ayuda. Suspiré—. Vale —murmuré—. Supongo que hoy no descanso.
Me moví rápido, bordeando el claro para interceptarlo desde un ángulo en el que pudiera usar las rocas, las raíces, cualquier cosa que rompiera mi silueta. El dinosaurio avanzaba lento, pero constante, ajeno a mí. Perfecto. Tomé impulso. Corrí. Salí de la cobertura lanzando un grito agudo, salvaje. La cabeza del Ankylosaurus giró bruscamente y soltó un bramido grave, vibrante. Golpeó el suelo con la cola y la maza pasó a centímetros de mí, levantando tierra, piedras y hojas.
Salté hacia un lado, rodé, me incorporé sin detenerme. No iba a ser una pelea rápida. Y no iba a ser limpia. Me acerqué demasiado, a propósito, golpeando con fuerza una de las placas laterales. El impacto resonó como piedra contra piedra y el dolor me recorrió el cuerpo, pero el dinosaurio reaccionó justo como quería: giró todo su cuerpo pesado para enfrentarse a mí con todo lo que tenía—. Vamos —jadeé—. Eso es. Sígueme.
Cuando la criatura embistió, me aparté en el último segundo. Su propio peso hizo el resto. Resbaló, perdió estabilidad y cayó de costado con un estruendo brutal. El impacto sacudió el suelo y yo casi pierdo el equilibrio, pero no me detuve. Salté sobre su lomo. Busqué alguna zona vulnerable: la base del cuello, donde las placas dejaban un pequeño espacio de carne más blanda. Golpeé. Una vez. Dos. Tres. Cada impacto era seco, preciso, brutal. El Ankylosaurus se agitó, golpeó el suelo con la cola, pero ya no tenía ángulo. Finalmente, el movimiento cesó. Me quedé encima un segundo más, respirando con dificultad, asegurándome de que no volvería a levantarse. Luego me dejé caer al barro, sentada, cubierta de tierra, sudor y adrenalina—. Segundo dinosaurio —dije entre risas cansadas, si es que se le podía llamar risa—. Y espero que no más.
