24-01-2026, 01:31 AM
(Última modificación: 25-01-2026, 11:41 PM por Kael Omuyaga.)
Si no todos, la gran mayoría de los marines de toda la flota empiezan de la misma manera. Los más inexpertos son apenas algo más que unos despojos, pequeños agentes sin fuerza alguna que se dedican a mantener el orden tanto como pueden. Kael, por supuesto, sabe que en sus primeras semanas no le espera nada emocionante, pero que tampoco le dará ninguna experiencia.
En apenas un cuarto con mala iluminación, la puerta de madera entornada permite vislumbrar desde el exterior la cocina en la que el de cabello oscuro se encuentra, poco a poco, utilizando un cuchillo de cocina para pelar patatas. Lleva tras de sí una cantidad algo generosa, pero lo que no todos pueden apreciar sino prestan un mínimo de atención es el tamaño de las mismas. Son mucho más pequeñas que aquellas que se encuentra pelando, fruto de su inexperiencia con aquel utensilio, y del estropicio que se encuentra, desperdiciando parte del alimento con cada corte. Él no maldice, no pierde el tiempo quejándose a viva voz, tan solo continua, con el pelo recogido en una esterilla negra mientras mira con apatía el tubérculo en sus manos, intentando a cada intento destrozar un poco menos ese alimento.
¿Vivir aventuras en los mares? ¿Capitanear grupos de soldados hacia la batalla? ¿Infiltrarse en territorio enemigo e informar de las actividades de los enemigos? Eso parece que le queda muy grande a alguien como él. Sus únicas misiones son patrullar, ordenar, recoger recursos, limpiar, y por supuesto, dar de comer a aquellos que, cómo él, hacen ese tipo de tareas sencillas a la par que necesarias.
Calienta la gran cacerola de barracón con agua, llegando a pesar alrededor de los veinte kilos, teniendo que además introducir las verduras para el potaje, algo que no costase demasiado, y pudiese alimentar a todo el regimiento. Pero...¿por qué estaba haciéndolo todo él sólo? Sencillo, su compañero había enfermado en el último minuto, y parece que nadie podría sustituirlo en su tarea, por lo que tiene entre manos el trabajo de dos personas. Él no se queja, solo asiente y obedece, buscando complacer a los de arriba hasta que, tarde o temprano, pueda demostrar su valía, al menos, cuando haya entrenado lo suficiente.
El silencio es algo bastante presente, interrumpido por el lejano eco de las espadas chocando en el campo de entrenamiento, y de algún pequeño graznido de un ave que surca los cielos de aquí para allá. En los rincones cercanos, sin embargo, no parece haber nadie cerca...o eso creía él. Escucha de fondo un pequeño sonido, pasos muy suaves en el suelo, pero son algo extraños, confusos. Esa persona no parece estar directamente andando hasta aquí. ¿Qué podría estar haciendo? Él tan solo piensa, mira de reojo conforme nota que el sonido se acerca, curioso por necesidad de matar el aburrimiento, hasta que al final termina pudiéndole la incomodidad.
Con genuina tranquilidad, se asoma hasta el pasillo, observando cómo, tal y cómo creía, una cadete se encontraba en el lugar, cometiendo un atentado contra la fregona que usaba para intentar limpiar los suelos. A su forma de ver, ni siquiera era gracioso, y precisamente por eso no se molestó en quejarse. En lugar de realizar algo tan inútil, se acercó en silencio, sin expresar ni una sola palabra hasta el cuarto de limpieza. Cuando llegó, tomó del interior una fregona de las que se guardaban como repuesto, y se acercó hasta la chica lo suficiente como para que pudiese prestar algo de atención si así lo veía oportuno.
En apenas un par de movimientos, comenzó a limpiar el suelo con amplitud, dejándolo bastante limpio con apenas un par de repeticiones. Así, cómo si se tratase de una demostración, se detuvo para observar las perlas aguamarina en el rostro de la rubia.
—Prueba a agarrar desde el medio y desde arriba, con las dos manos desde el lateral. Así harás menos esfuerzo y podrás deslizar mejor.—A pesar de la seriedad de su rostro, el tono del joven, tal y como había sido siempre, es calmado y pacífico, sin un solo ápice de molestia, y mucho menos enfado o malestar. Aquel estaba siendo un acto sencillo, y las razones por las que lo hacían eran más sencillas de lo que uno puede llegar a pensar.
En apenas un cuarto con mala iluminación, la puerta de madera entornada permite vislumbrar desde el exterior la cocina en la que el de cabello oscuro se encuentra, poco a poco, utilizando un cuchillo de cocina para pelar patatas. Lleva tras de sí una cantidad algo generosa, pero lo que no todos pueden apreciar sino prestan un mínimo de atención es el tamaño de las mismas. Son mucho más pequeñas que aquellas que se encuentra pelando, fruto de su inexperiencia con aquel utensilio, y del estropicio que se encuentra, desperdiciando parte del alimento con cada corte. Él no maldice, no pierde el tiempo quejándose a viva voz, tan solo continua, con el pelo recogido en una esterilla negra mientras mira con apatía el tubérculo en sus manos, intentando a cada intento destrozar un poco menos ese alimento.
¿Vivir aventuras en los mares? ¿Capitanear grupos de soldados hacia la batalla? ¿Infiltrarse en territorio enemigo e informar de las actividades de los enemigos? Eso parece que le queda muy grande a alguien como él. Sus únicas misiones son patrullar, ordenar, recoger recursos, limpiar, y por supuesto, dar de comer a aquellos que, cómo él, hacen ese tipo de tareas sencillas a la par que necesarias.
Calienta la gran cacerola de barracón con agua, llegando a pesar alrededor de los veinte kilos, teniendo que además introducir las verduras para el potaje, algo que no costase demasiado, y pudiese alimentar a todo el regimiento. Pero...¿por qué estaba haciéndolo todo él sólo? Sencillo, su compañero había enfermado en el último minuto, y parece que nadie podría sustituirlo en su tarea, por lo que tiene entre manos el trabajo de dos personas. Él no se queja, solo asiente y obedece, buscando complacer a los de arriba hasta que, tarde o temprano, pueda demostrar su valía, al menos, cuando haya entrenado lo suficiente.
El silencio es algo bastante presente, interrumpido por el lejano eco de las espadas chocando en el campo de entrenamiento, y de algún pequeño graznido de un ave que surca los cielos de aquí para allá. En los rincones cercanos, sin embargo, no parece haber nadie cerca...o eso creía él. Escucha de fondo un pequeño sonido, pasos muy suaves en el suelo, pero son algo extraños, confusos. Esa persona no parece estar directamente andando hasta aquí. ¿Qué podría estar haciendo? Él tan solo piensa, mira de reojo conforme nota que el sonido se acerca, curioso por necesidad de matar el aburrimiento, hasta que al final termina pudiéndole la incomodidad.
Con genuina tranquilidad, se asoma hasta el pasillo, observando cómo, tal y cómo creía, una cadete se encontraba en el lugar, cometiendo un atentado contra la fregona que usaba para intentar limpiar los suelos. A su forma de ver, ni siquiera era gracioso, y precisamente por eso no se molestó en quejarse. En lugar de realizar algo tan inútil, se acercó en silencio, sin expresar ni una sola palabra hasta el cuarto de limpieza. Cuando llegó, tomó del interior una fregona de las que se guardaban como repuesto, y se acercó hasta la chica lo suficiente como para que pudiese prestar algo de atención si así lo veía oportuno.
En apenas un par de movimientos, comenzó a limpiar el suelo con amplitud, dejándolo bastante limpio con apenas un par de repeticiones. Así, cómo si se tratase de una demostración, se detuvo para observar las perlas aguamarina en el rostro de la rubia.
—Prueba a agarrar desde el medio y desde arriba, con las dos manos desde el lateral. Así harás menos esfuerzo y podrás deslizar mejor.—A pesar de la seriedad de su rostro, el tono del joven, tal y como había sido siempre, es calmado y pacífico, sin un solo ápice de molestia, y mucho menos enfado o malestar. Aquel estaba siendo un acto sencillo, y las razones por las que lo hacían eran más sencillas de lo que uno puede llegar a pensar.
