Oficina de Alexander. Antes del combate.
El ancho hombre llegaba a su despacho después de charlar con los nuevos participantes. Aunque él ya no pensaba en los combates de hoy, pues acababa de sentenciarles a muerte tras pedir que enviasen a la pareja de gigantes a la arena para enfrentarles. Tras estar un rato cavilando y trabajando en otros asuntos de la arena, mientras bebía una copa de un licor caro, picaron a su puerta. La información llegó sin mucho ruido, como llegan siempre las cosas importantes en sitios como este. Uno de los encargados de apuestas se asomó por la puerta, con una tablilla apretada contra el pecho y una mirada seria, pero llena de preocupación. No había prisa en sus pasos, era un profesional al fin y al cabo, esas cosas no se deberían notar a simple vista. Alexander seguía observando unos papeles de su mesa, los dedos marcando un ritmo lento sobre el escritorio, sin apartar la vista del trabajo.
- Señor Alexander -murmuró el hombre- Están entrando apuestas repetidas. Bastantes.
Alexander no respondió de golpe, se quedó pensativo. El murmullo del público seguía creciendo abajo, ajeno a todo. Los focos bañaban la arena, la expectación del siguiente combate cada vez estaba mas presente. Todo parecía normal.
- ¿Repetidas cómo? -preguntó al fin, sin mirarle todavía.
- Mismas condiciones. Mismos supuestos. Diferentes nombres, diferentes manos… pero el mismo patrón.
Los dedos de Alexander se detuvieron.
Por un instante, su mente se alejó del presente y volvió atrás, a lo que debía haber sido aquella noche. El plan original no contemplaba sorpresas. La gyojin y compañía iban a convertirse en el nuevo espectáculo del mes. Symic había conseguido llegar hasta allí, pero solo a base de oportunidades dadas por Alexander y compañía, y hoy les había vuelto a fallar. El nuevo trío era desconcertante, pero al haber provocado de esa manera a la arena en sí, les había caído también el yugo de la pareja gigante. Quizá hubieran sido buena carnaza, pero Alexander ese día no estaba de humor, prefería empezar con otro plan distinto.
Sin embargo, algo había cambiado. Agarró el papel de las apuestas, revisando cada una de ellas.
Alexander entrecerró los ojos, pensando ahora las posibilidades con una atención distinta. No estaba evaluando la potencia de los golpes ni el favor del público. Estaba pensando en comportamientos, acciones, palabras, futuros y herramientas, sobre todo herramientas. Tras unos segundos salió de sus pensamientos.
- ¿Cuántas apuestas? -preguntó finalmente.
- Las suficientes como para que puedan ser un problema -respondió el staff- Y siguen entrando.
Alexander exhaló despacio por la nariz. No era una risa, pero tampoco un gesto de enfado. Apuestas amañadas no eran una novedad en el circuito. Siempre había algún listo que creía haber encontrado un resquicio, una forma de burlar a la casa. La mayoría acababan muertos o endeudados de por vida.
Pero esto era distinto.
Esto no era un jugador desesperado.
Era alguien confiando en que el sistema reaccionaría como siempre, quizá alguien que contaba con más respaldo del que parecía a simple vista. ¿De dónde habían salido esos tres? ¿Les habían investigado lo suficiente? ¿Acaso era un golpe desde el exterior? ¿Un ataque medido y calculado para volver a intentar hundirle? Muchas preguntas aparecían en la mente del capo de la arena.
- ¿Detenemos las apuestas, señor? -preguntó el encargado, con cautela.
Alexander levantó por fin la cabeza y lo miró. Su expresión no era airada, ni preocupada. Era calculadora.
Durante unos segundos no dijo nada. En su mente, las opciones se ordenaban solas. Si detenía las apuestas, parecería débil. Si intervenía demasiado pronto, confirmaría que había algo que ocultar. Y si aquel tal Ryota, o quien estuviera detrás, pensaba que había encontrado un vacío legal, cerrarlo de golpe sería admitir que existía.
Alexander sonrió, lento y contenido.
- No - tomó un trago de su licor - Que sigan.
El encargado alzó la vista, sorprendido y dubitativo.
- S-Si señor...
Tras esto, el combate empezó, llevando a todos los contrincantes a la arena, y Alexander fue hasta su palco, dispuesto a ver que ocurriría con esos tres.
Por primera vez en toda la noche, el combate empezó a interesarle de verdad. Tal vez Tornillo y Tuerca cumplirían su función. Tal vez no. Pero si aquellos tres conseguían sobrevivir… si lograban derribar lo que estaba diseñado para destruirlos… Entonces no serían un problema. Serían una oportunidad.
Alexander se recostó en su asiento, entrelazando los dedos frente al pecho, la mirada fija en el foso. Había descartado su plan inicial, no por prudencia, sino porque acababa de surgir algo mucho más interesante. Si alguien quería jugar contra la casa, la casa se aseguraría de que el juego continuara. Miraba su público, desde el más insignificante, hasta el más VIP de todos, aquello era lo que realmente valía, no el dinero, no las apuestas; la expectación, la excitación, la dopamina de ver tu luchador favorito aplastar a los demás como insectos, y todo aquello era gracias a él. Como el director de una orquesta, ponía cada instrumento en su sitio, y aunque la cuerda del violín se rompiese... El Show debía continuar.
Presente...
Tuerca atacó sin pensar, con la katana alzada y la mirada clavada en Barald, decidida a destrozar lo primero que tuviera delante antes de que el mundo terminara de romperse, y en ese impulso ciego, mientras el rugido le subía desde el pecho, pensó fugazmente en Tornillo, en su maravillosa voz, en su torpeza, en cómo siempre estaba un paso por detrás y aun así era lo único que importaba, lo único que había merecido la pena en aquella vida de peleas y sangre; entonces todo ocurrió a la vez, golpes, gritos, y cortes. El cuerpo simplemente dejó de responder, la rabia no encontró dónde agarrarse, la fuerza se le escapó de las manos, y mientras caía, con la rodilla cediendo y la sangre manando caliente, su último pensamiento no fue la derrota ni el dolor, sino el temor y el miedo de si Tornillo estaría a salvo… y después, nada.
Tornillo no entendió lo que había pasado. Al menos no al principio. El chico araña le había dicho algo, pero ni siquiera le había prestado atención, ya que su amada había caído justo después.
Vio a Tuerca atacar. Vio cómo levantaba la espada. Vio cómo la atacaron, cómo su cuerpo enorme se detenía en seco… y luego cómo caía. No fue una caída aparatosa, no fue un derrumbe espectacular: fue simplemente demasiado pesada para seguir en pie. El kanabo resbaló de sus manos y golpeó la piedra con un sonido hueco, casi triste. Tornillo dio un paso al frente, luego otro, lento, torpe, como si el mundo se hubiera vuelto espeso de repente.
- Tu… Tuerca… -murmuró, con su voz absurda, aunque ahora no hacía reír a nadie.
Se fue acercando poco a poco. La llamó otra vez. - ¡Tuerqui! - Luego más fuerte.- ¡TUERCA! - No hubo respuesta. Los ojos de Tornillo se abrieron de par en par, la mandíbula le tembló, y por primera vez desde que había pisado aquella arena, no levantó el arma, no gritó, no atacó. Llegó hasta su lado y solo se quedó allí, encorvado, enorme y pequeño a la vez, protegiendo con su cuerpo a alguien que ya no podía levantarse.
La arena tardó unos segundos en reaccionar.
Y luego explotó.
Un rugido recorrió los palcos, mezclado de incredulidad, júbilo y pura avaricia. Algunos gritaban los nombres de los vencedores, otros golpeaban la barandilla con los puños, muchos ya estaban contando ganancias que aún no habían cobrado. Las apuestas volaban de mano en mano, los corredores gritaban cifras, y más de uno reía con una mezcla peligrosa de alivio y codicia. No era compasión lo que llenaba el aire, ni siquiera sorpresa: era la seguridad de haber presenciado algo irrepetible.
La Bestia había caído.
El Muro se había quebrado.
El público no cabía en sí, las apuestas habían funcionado, quizá no todas, pero si las suficientes como para que aquellos que habían hecho caso al muchacho se llevasen un buen pellizco.
Fue entonces cuando el sonido de unos aplausos lentos, firmes, se abrió paso entre el clamor. acompañado con la luz centralizada de un foco.
Alexander apareció desde su palco, descendiendo los escalones con calma estudiada, como si todo aquello hubiera ocurrido exactamente como esperaba. Aplaudía despacio, con una sonrisa contenida, observando primero a Tornillo arrodillado, luego a Tuerca inconsciente… y finalmente al trío que seguía en pie en el centro del foso.
- Magnífico -dijo, sin alzar la voz- De verdad… magnífico, ¡maravilloso!
Los aplausos del público se intensificaron, contagiados por su presencia. Alexander alzó una mano, pidiendo silencio, y este llegó poco a poco, obediente. Sacó un Den Den mushi que estaba conectado con el sistema de altavoces de la arena, donde normalmente solo se oía al comentarista.
- Esta noche -continuó- se ha batido un récord. En recaudación. En apuestas. En espectáculo. -Su mirada se deslizó por la arena como la de un dueño, revisando su propiedad- Y eso… eso no ocurre todos los días.
Se giró hacia los vencedores, la sonrisa afilándose apenas un poco más.
- Señoras y señores, recuerden bien lo que han visto hoy. Porque acaban de presenciar el nacimiento de nuestro nuevos participantes principales.
Una pausa. Medida. Deliberada.
- ¡Los Beastmasters!
La arena rugió de nuevo.
Alexander fue acercándose a ellos con las manos a la espalda, satisfecho, dominante, como si todo; las apuestas, la violencia, incluso la osadía de Ryota hubiera sido parte de su diseño desde el principio.
El show no había terminado. Solo acababa de cambiar de protagonistas. Alexander hixo ademán de guiarles por un lateral de la arena, para que le acompañasen hasta una de las oficinas.
Mientras el ruido volvía a apoderarse de la arena y la atención se desplazaba hacia los vencedores, nadie anunció nada sobre Tornillo. No hizo falta. Un par de miembros del staff descendieron al foso con cautela, sin armas visibles, hablando en voz baja. El semigigante no opuso resistencia. Seguía allí, inclinado sobre Tuerca, cubriéndola con su cuerpo como si aún pudiera protegerla del mundo entero. Cuando por fin lo hicieron levantarse, fue despacio, con cierto respeto, y se lo llevaron. El cuerpo de Tuerca fue levantado por un par de miembros de la administración, casi del mismo tamaño que los tortolitos.Cuando se alejaban y desaparecían del foco principal, algunos juraron ver cómo Tornillo giraba la cabeza una última vez, buscando con la mirada a quienes habían derribado a su Bestia. Tornillo no era muy inteligente, ni tampoco muy avispado, pero Tuerca siempre le habia dicho quien era siempre el enemigo, y sabía de sobras que su amada no estaba así por culpa de los "Beastasmers", si no por la cabeza pensante, el director, el gerente, Alexander el capo.
Alexander y el grupo de combatientes anduvo por un par de pasillos antes de llegar a unas puertas dobles, donde esperaban dos guardias de seguridad, los cuales abrieron las puertas para que los cuatro entrasen sin problema alguno. En cuanto el click de la puerta sonó, Alexander se sirvió una copa de licor, tomó un sorbo, y se giró hacia ellos.
- Habéis dado un gran espectáculo -dijo al fin, con voz tranquila- El mejor desde hace semanas.
No era un halago. Era un hecho. Se apoyó con una mano en la mesa, inclinándose apenas hacia delante.
- Y antes de que alguno piense que ha sido más listo que la casa… dejadme aclarar algo.
Alzó una de las tablillas de apuestas y la dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.
No hubo rabia en su tono. Ni sorpresa. Solo certeza.
- Podría haberlo detenido. Podría haber cerrado las apuestas, disparado a alguien y seguir con la noche como si nada. -Alzó el vaso- Pero eso habría sido aburrido, el show es mas importante, mas divertido...
Un sorbo. Silencio.
- Habéis ganado hoy. Dinero, nombre, atención. -Hizo un gesto vago con la mano- Beastmasters. Al público le encanta poner nombres a todo este tipo de cosas.
Una pausa medida.
- Ahora formais parte del juego. - volvió a sorber su bebida - Pero solo sois una pieza muy pequeña en un tablero inmenso.
Alexander era precavido, seguía sin saber si esos tres venian de parte de alguien, o simplemente eran tan necios como para intentar meterse en este mundo de esta manera y salir indemnes. Por ahora los utlizaría. Tenia que conseguir su meta, y si para ello tenia que intercambiar una pareja de gigantes por un trio de niños, lo haría. Al final no eran mas que eso. Piezas en un tablero. Lo que el propio Alexander olvidaba, es que el tambien era una pieza, quiza algo mas grande, pero seguia siendo una misera parte del juego.
Alexander dejó el vaso sobre la mesa con un sonido seco, pero no brusco.
Se enderezó despacio, rodeó el escritorio sin prisa y se detuvo frente a ellos, lo bastante cerca como para que resultara incómodo.
- No os he traído aquí para daros órdenes… todavía.
Alzó la mirada, evaluándolos uno a uno. No como combatientes. Como herramientas.
- Lo que quiero saber ahora es sencillo.
Hizo una breve pausa. No dramática. Calculada.
- ¿Habéis venido a mi arena a ganar dinero? ¿A hacer ruido? ¿O acaso buscais algo mas allá?
Los combatientes quizá no eran del todo conscientes de donde se estaban metiendo, pero sus acciones tenian consecuencias, y ahora no podrían huir de todo aquello. Habían intentado retratar a un tipo peligroso, en frente de su propio publico. Esto no les saldría barato.
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