24-01-2026, 05:33 PM
(Última modificación: 24-01-2026, 05:40 PM por Jagan Natha.
Razón: Inventario
)
La madrugada encontraba a Jagan Natha despierto, meditando. No era una actividad que hiciera de diario, sino que era parte de sus hábitos como cazador, la madrugada inmediata a un día de caza iniciaba con meditación. Dentro de las cuevas de la tribu de gigantes, al pie del Volcán de las Horas, se encuentra un recinto donde aquellos que buscan llevar más allá las capacidades y limitaciones de su mente habitúan visitar. Un recinto prácticamente abandonado, pues solo uno de los gigantes de Little Garden le rinde honor, y estando en una isla deshabitada en el medio del laberinto de cuevas que es el refugio de la colonia de gigantes agresivos que habita la isla pocos visitantes llega a tener. Sin embargo, esto no es problema para Jagan Natha. Para Jagan, el refugio cumple con su cometido, ayuda en su función, sirve a un propósito mayor para lo que será un día de exploración y caza. El gigante medita prácticamente desnudo, pues el refugio se encuentra muy cerca de la pared del volcán que lleva directamente a una alberca de fuego líquido la cual nadie puede disfrutar, las paredes crean una especie de sauna natural sumamente agresivo el cual ha llegado a entrenar a Jagan otorgándole una capacidad especial para soportar las altas temperaturas que emanan del volcán. Luego de 30 minutos de meditación, se dispone a cumplir con la tarea del día. Su desayuno es ligero, o al menos lo es a los ojos de un gigante – dos huevos de pterodáctilo con tocino de tricératops acompañados de simple agua – pues la magnitud de la comida podría llegar a saciar a una familia numerosa. El atuendo que lleva al salir de la cueva, siendo las 5:30am, es el mismo que ha vestido desde hace más de 50 años cuando se ganó el apodo de “El Imparable”, guantes y botas de batalla cubren sus piernas y manos, pero esto no es lo que más resalta de todo su conjunto. Un traje color terracota cubre sus piernas, abdomen y pecho de forma tan entallada que se puede apreciar cada músculo de su descomunal cuerpo, en el cinturón del mismo se puede apreciar un bulto si se ve hacia la espalda de Jagan, mismo que es formado por el botiquín médico que carga consigo. Sus inconmensurables brazos completamente desnudos son tan anchos y macizos como cañones de guerra. Y a pesar de todo esto nada resalta como lo hace su cabeza, misma que parece estar conectada con el resto del cuerpo ignorando por completo la existencia de un cuello, pues los músculos de su trapecio son tan exagerados que generan la impresión de que no cuenta con uno. Su casco, el arma que mas valora, se sienta sobre su cabeza cubriendo la misma casi por completo, permitiendo ver únicamente sus ojos, nariz y boca.
Han pasado varios días desde que diferentes miembros de su tribu han informado sobre avistamientos de invasores en su isla. Esto, a todas luces, es un acto imperdonable que pone en peligro el balance natural de la isla, ya había pasado antes, muchísimos años atrás como contaban las historias que pasaban de generación en generación de gigantes, y desde hace cientos de años la tribu de gigantes había decidido poner caza a quien se atreviera a poner en riesgo su estilo de vida. Sus primeros pasos lo llevaron hacia el oeste, alejándose del Volcán de las Horas. La dirección le llevaba a donde los informes de los otros gigantes apuntaban. El gigante caminó durante 45 minutos manteniendo un ritmo constante que le permitía cubrir aproximadamente 8 kilómetros. A su alrededor, la selva comenzaba su rutina diaria. Los gritos de los pterodáctilos resonaban sobre las copas de los árboles que se alzaban 40 metros por encima de su cabeza, y el rugido lejano de algún tiranosaurio marcaba territorio a varios kilómetros de distancia. Sonidos familiares para alguien que había nacido y crecido en esta isla prehistórica. El sol continuaba su ascenso. Para las 7:30 de la mañana, la temperatura había aumentado considerablemente, pero el gigante apenas lo notaba. A las 8:00 horas, habiendo recorrido aproximadamente 15 kilómetros desde el volcán, Jagan llegó a un arroyo de 8 metros de ancho. El agua cristalina fluía con suavidad, levantándose apenas 40 centímetros en su punto más profundo. El gigante cruzó sin dificultad, pero al alcanzar la orilla opuesta notó algo peculiar en el barro de la ribera. Huellas, pequeñas, midiendo aproximadamente 22 centímetros de largo. Dos pares diferentes, ambos cruzando en la misma dirección que las huellas de botas pesadas que había estado rastreando. Jagan observó el patrón de las pisadas. Uno de los pares mostraba un andar errático, zigzagueando ligeramente como si quien lo dejara tuviera problemas para mantener un curso recto. El otro par mantenía una línea más decidida y recta. Dos individuos, probablemente mujeres por el tamaño de las huellas.
El gigante continuó su marcha avanzando con cautela. La densidad de la vegetación disminuía gradualmente, los árboles se espaciaban más entre sí. El gigante podía ver con mayor claridad hacia adelante, y su experiencia como explorador le decía que se aproximaba a un claro grande. Redujo su velocidad. A pesar de su peso de 1 tonelada y su altura de 18 metros, Jagan se movía con una cautela para generar el mínimo ruido posible. A las 9:55, a 300 metros de distancia, el gigante escuchó voces humanas. Eran múltiples, conversando en tonos casuales, despreocupados. El sonido provenía exactamente del oeste, en la dirección que había estado siguiendo durante las últimas cuatro horas y media. Eran las 10:00 de la mañana cuando Jagan Natha contempló el campamento por primera vez. El claro era extenso, midiendo aproximadamente 60 metros de ancho por 45 metros de largo. En el lado oeste, se extendía un gran lago de aguas brillantes que reflejaba el cielo despejado de la mañana. Dispersas por el claro había seis cabañas, todas hechas con madera extraída y techadas con hojas. Una cabaña se alzaba junto al lago, otra alargada mostraba dos guardias en su entrada, y una particularmente grande y decorada tenía un camino de tierra que conducía directamente a ella. Tres cabañas más pequeñas completaban el asentamiento. Jagan contó al menos treinta humanos moviéndose por el campamento. Algunos cargaban madera, otros conversaban casualmente, unos pocos preparaban comida cerca de una de las cabañas más pequeñas. Treinta plagas infectando su isla, alterando su equilibrio, poniendo en riesgo el estilo de vida que su tribu había protegido durante siglos.
Jagan pego un grito que se escuchó por todos los alrededores, salió de detrás del árbol y comenzó a caminar directamente hacia el campamento. No había razón para ocultarse más. Un gigante de 18 metros de altura no puede pasar desapercibido, y Jagan no era de los que se escondían de su presa. Sus botas pesadas aplastaban la vegetación con cada paso. El suelo temblaba levemente bajo su peso masivo, transmitiendo vibraciones que cualquier criatura sensible podría detectar. A 150 metros del campamento, el primer humano lo vio. El grito del hombre cortó el aire matutino como un cuchillo. En cuestión de segundos, el campamento entero estalló en caos. Los humanos corrían en todas direcciones, algunos gritando órdenes, otros simplemente gritando de pánico puro. El gigante observó con expresión neutra cómo se refugiaban en las cabañas, cerrando puertas y ventanas tras ellos. En menos de un minuto, el claro que había estado lleno de actividad quedó vacío de invasores visibles. El gigante continuó caminando a paso firme y constante. Cada zancada lo acercaba más a la orilla este del campamento. Sus ojos pequeños, visibles a través de la apertura de su casco carmesí, escaneaban el área. Pudo observar desde su posición mientras avanzaba como una mano de un tamaño similar a la suya salía del lago y agarraba a una chica de pelo rosado para llevarla consigo de vuelta al fondo del mismo. No le importo.
Cruzó la selva saliendo por el este del campamento entre la segunda cabaña desde la entrada y la más grande del campamento. El camino de tierra que llevaba a la cabaña principal se extendía ante él, con la figura de una joven sobre el camino cerca de la cabaña principal quien había quedado a 10 metros del gigante en línea recta. Era una mujer de pelo verde, musculosa, con cicatrices visibles incluso desde esa distancia. A diferencia de todos los demás que se habían refugiado en las cabañas, ella permanecía fuera, observándolo. Desde aquellos 10 metros que le separaban Jagan se dirigió a aquella humana con fiereza, su voz cargada de amenaza – “Humana insolente, te atreves a desafiar a Jagan El Imparable.” – dijo bajando la cabeza mirando en dirección a la humana, su cuerpo inclinado hacia adelante, su pierna derecha al frente y la izquierda – “Desaparece en este instante junto con el resto de tu tribu o muere.” – Jagan Natha permaneció inmóvil y en silencio, esperando la respuesta de la humana. No pronunció palabra alguna después de las intercambiadas. No era necesario. Su presencia transmitía todo lo que necesitaba comunicar. Jagan, El Imparable, había llegado.
Han pasado varios días desde que diferentes miembros de su tribu han informado sobre avistamientos de invasores en su isla. Esto, a todas luces, es un acto imperdonable que pone en peligro el balance natural de la isla, ya había pasado antes, muchísimos años atrás como contaban las historias que pasaban de generación en generación de gigantes, y desde hace cientos de años la tribu de gigantes había decidido poner caza a quien se atreviera a poner en riesgo su estilo de vida. Sus primeros pasos lo llevaron hacia el oeste, alejándose del Volcán de las Horas. La dirección le llevaba a donde los informes de los otros gigantes apuntaban. El gigante caminó durante 45 minutos manteniendo un ritmo constante que le permitía cubrir aproximadamente 8 kilómetros. A su alrededor, la selva comenzaba su rutina diaria. Los gritos de los pterodáctilos resonaban sobre las copas de los árboles que se alzaban 40 metros por encima de su cabeza, y el rugido lejano de algún tiranosaurio marcaba territorio a varios kilómetros de distancia. Sonidos familiares para alguien que había nacido y crecido en esta isla prehistórica. El sol continuaba su ascenso. Para las 7:30 de la mañana, la temperatura había aumentado considerablemente, pero el gigante apenas lo notaba. A las 8:00 horas, habiendo recorrido aproximadamente 15 kilómetros desde el volcán, Jagan llegó a un arroyo de 8 metros de ancho. El agua cristalina fluía con suavidad, levantándose apenas 40 centímetros en su punto más profundo. El gigante cruzó sin dificultad, pero al alcanzar la orilla opuesta notó algo peculiar en el barro de la ribera. Huellas, pequeñas, midiendo aproximadamente 22 centímetros de largo. Dos pares diferentes, ambos cruzando en la misma dirección que las huellas de botas pesadas que había estado rastreando. Jagan observó el patrón de las pisadas. Uno de los pares mostraba un andar errático, zigzagueando ligeramente como si quien lo dejara tuviera problemas para mantener un curso recto. El otro par mantenía una línea más decidida y recta. Dos individuos, probablemente mujeres por el tamaño de las huellas.
El gigante continuó su marcha avanzando con cautela. La densidad de la vegetación disminuía gradualmente, los árboles se espaciaban más entre sí. El gigante podía ver con mayor claridad hacia adelante, y su experiencia como explorador le decía que se aproximaba a un claro grande. Redujo su velocidad. A pesar de su peso de 1 tonelada y su altura de 18 metros, Jagan se movía con una cautela para generar el mínimo ruido posible. A las 9:55, a 300 metros de distancia, el gigante escuchó voces humanas. Eran múltiples, conversando en tonos casuales, despreocupados. El sonido provenía exactamente del oeste, en la dirección que había estado siguiendo durante las últimas cuatro horas y media. Eran las 10:00 de la mañana cuando Jagan Natha contempló el campamento por primera vez. El claro era extenso, midiendo aproximadamente 60 metros de ancho por 45 metros de largo. En el lado oeste, se extendía un gran lago de aguas brillantes que reflejaba el cielo despejado de la mañana. Dispersas por el claro había seis cabañas, todas hechas con madera extraída y techadas con hojas. Una cabaña se alzaba junto al lago, otra alargada mostraba dos guardias en su entrada, y una particularmente grande y decorada tenía un camino de tierra que conducía directamente a ella. Tres cabañas más pequeñas completaban el asentamiento. Jagan contó al menos treinta humanos moviéndose por el campamento. Algunos cargaban madera, otros conversaban casualmente, unos pocos preparaban comida cerca de una de las cabañas más pequeñas. Treinta plagas infectando su isla, alterando su equilibrio, poniendo en riesgo el estilo de vida que su tribu había protegido durante siglos.
“¡ROOAAAAAAAARRRRRR!”
Jagan pego un grito que se escuchó por todos los alrededores, salió de detrás del árbol y comenzó a caminar directamente hacia el campamento. No había razón para ocultarse más. Un gigante de 18 metros de altura no puede pasar desapercibido, y Jagan no era de los que se escondían de su presa. Sus botas pesadas aplastaban la vegetación con cada paso. El suelo temblaba levemente bajo su peso masivo, transmitiendo vibraciones que cualquier criatura sensible podría detectar. A 150 metros del campamento, el primer humano lo vio. El grito del hombre cortó el aire matutino como un cuchillo. En cuestión de segundos, el campamento entero estalló en caos. Los humanos corrían en todas direcciones, algunos gritando órdenes, otros simplemente gritando de pánico puro. El gigante observó con expresión neutra cómo se refugiaban en las cabañas, cerrando puertas y ventanas tras ellos. En menos de un minuto, el claro que había estado lleno de actividad quedó vacío de invasores visibles. El gigante continuó caminando a paso firme y constante. Cada zancada lo acercaba más a la orilla este del campamento. Sus ojos pequeños, visibles a través de la apertura de su casco carmesí, escaneaban el área. Pudo observar desde su posición mientras avanzaba como una mano de un tamaño similar a la suya salía del lago y agarraba a una chica de pelo rosado para llevarla consigo de vuelta al fondo del mismo. No le importo.
Cruzó la selva saliendo por el este del campamento entre la segunda cabaña desde la entrada y la más grande del campamento. El camino de tierra que llevaba a la cabaña principal se extendía ante él, con la figura de una joven sobre el camino cerca de la cabaña principal quien había quedado a 10 metros del gigante en línea recta. Era una mujer de pelo verde, musculosa, con cicatrices visibles incluso desde esa distancia. A diferencia de todos los demás que se habían refugiado en las cabañas, ella permanecía fuera, observándolo. Desde aquellos 10 metros que le separaban Jagan se dirigió a aquella humana con fiereza, su voz cargada de amenaza – “Humana insolente, te atreves a desafiar a Jagan El Imparable.” – dijo bajando la cabeza mirando en dirección a la humana, su cuerpo inclinado hacia adelante, su pierna derecha al frente y la izquierda – “Desaparece en este instante junto con el resto de tu tribu o muere.” – Jagan Natha permaneció inmóvil y en silencio, esperando la respuesta de la humana. No pronunció palabra alguna después de las intercambiadas. No era necesario. Su presencia transmitía todo lo que necesitaba comunicar. Jagan, El Imparable, había llegado.
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