Una luz errática. [PR.RL. - T2]
#7



-No me he perdonado, ni creo que lo haga jamas-

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-Entiendo que...es imposible dar marcha atrás a algo así.-

No es que el hombre del faro fuese incapaz de sentir, pero...algo estaba comenzando a despertar en él, lenta y progresivamente. Su aspecto era algo desaliñado, sí, conjunto con esos dos largos mechones de cabello que ladeaban su rostro y una coleta de cabello mal hecha. Su barba, incipiente, demostraba que ya había abandonado la pulcritud de un buen afeitado, dejando en vista una depresión que le azotó tanto como para vengarse de gente inocente, cosa que...contradecía en demasía el oficio que había tenido hasta que decidió sentar cabeza con la querida familia que tanto se había esforzado por formar. Podía observar el gesto que realizaba sobre ese gigantesco collar de cuentas y, de la misma manera, acariciaba uno de sus cuernos, como si estuviese recordando. No era que la mujer no quisiese hablar ni mucho menos el niño, sino que el hombre del faro, llamado Umaru, tenía que ser fuerte por los tres, incluso, enfrentando una vida a la cual él pedía por favor que se detuviese.

Aunque parece que, para algunas personas, el mundo no quiere ni permite que se detengan.
Aunque él creyese que fuese el único merecedor de entregar sufrimiento, tenía delante a un hombre azul que era la representación física de un demonio en plena redención.

El viento, soplando con esa intensidad incesante, mitigaba muy levemente las palabras atronadoras del gigante ya que su profunda y oscura voz, aún, era la protagonista de todo aquello. La mirada de los presentes, incluso del propio anciano, parecían como de un conjunto de campistas en el fuego, pudiendo escuchar un cuento o un relato. El ceño de Umaru, el protector del faro, se fruncía por sus palabras pero...no por el desagrado, sino por lo pesado de lo que estaba contando: Cráneos reventados por el kanabo que, debido a su mínimo conocimiento de armas, podía distinguir que era aquello que tenía a su lado. Las cicatrices de su alma, pero una pregunta apareció "¿Cómo transformo este pesar en algo bueno?" -¡!- el niño era incapaz de comprender la profundidad de las palabras del hombretón, pero el pelimarrón de coleta sí. Sus ojos se entre-cerraron, mirando hacia abajo, queriendo apretar los puños por una impotencia de una pregunta que era genuina, una que le cuestionaba. Era...tan complicado abandonar la zona de confort de simple y llanamente "echarle la culpa a alguien más" de algo que, simple y llanamente, no era culpa de nadie, ni de la propia Hikari. En cuanto la mirada del gigante se clavó sobre la del protector del faro, solo quedó sentirse mal. Él era un buen hombre en el fondo, un hombre realmente formidable, y lo sabía...y el dolor lo había vuelto cruel con gente que no se lo merecía -No sé cómo hacerlo.- fue honesto, muy, porque él siempre lo era.

Ahí volvía el mensaje inicial de la cuestión: "El mar no se detiene, no se disculpa, y sin embargo sigue haciendo su trabajo". Eso es -El mundo...parece que no se detiene por nada...ni por nadie.- balbuceó por lo bajo, porque dentro de esos múltiples metros del monstruoso ser había sabiduría, mucha, una que estaba haciendo mella en su corazón.

[...] que una joven tan chica con la vida por delante interpursiera su vida frente al resto, dice mucho de ella y de ti. Asi que si, hiciste algo por ella-

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-...yo...lo siento.-

El azulado seguía hablando, profesando una vida que estuvo tan llena de crueldad que el corazón acongojado de Umaru no dio para más. Estuvo mordiéndose los labios, frunciendo el ceño y yendo hacia adelante sin poder detenerse ni un solo segundo a, de verdad, procesar el dolor que sentía por la pérdida de su primogénita, uno que su mujer exponía a viva voz en su lagrimear...pero ahora le tocaba a él. No solamente eran lágrimas de dolor, sino, de culpa. Él siempre había sido un hombre de los más altos valores, de honestidad pura y dura, y aquello que estuvo haciendo era ruin, algo que Hikari no podría perdonarle jamás. Mientras las palabras del gigante eran profesadas y su discurso apretujaba el corazón de un hombre tan adolorido, el vendaval de viento pareció empujar algo, algo que parecía casi como si tuviese vida propia; Delante de ellos, de esa interacción que allí tenían, se posó una hojita de papel doblada en dos, una que tenía las proporciones típicas.

Ante la pregunta de "¿Cuánto tiempo tengo para arreglar esto?", parecía que la respuesta yacía justo delante de sus narices -¡! ¿Qué...es...- el papel tenía unas condiciones extrañas. Estaba arrugado, pero seco al mismo tiempo, exactamente igual a como quedan cuando son secados con el tiempo, haciendo que la celulosa se retraiga producto de la humedad. Parecía casi mitológico, anecdótico, místico, que aquel papelito, luego de varias corrientes de viento, se haya posado justo delante de las narices de los cinco allí presentes, exactamente en el medio, como si algo...o alguien, mejor dicho, lo hubiese puesto justo delante -...esto?- le resultó inevitable secar sus lágrimas con su brazo derecho, empapando toda la ropa de su antebrazo. Era tan llamativo, una hoja de papel arrugada y completamente blanca que aclamaba por ser tomada, rogando por una mano que la sostenga. Un viento que sopló varias veces, buscando llamarles, diciéndoles que allí estaba.

Umaru se agachó, con nerviosismo, para tomar aquel papel plegado en dos, abriéndolo para que, pese al gigantesco tamaño del coloso frente a él, todos tuviesen la oportunidad de leer aunque él lo hiciese en voz alta para todos:

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Mientras leía la carta...le resultó inevitable quebrarse. Caían una gota detrás de otra de sus lágrimas y sus manos temblaban con aquel papel entre las manos, era tan hermoso como atroz para su corazón. Una puñalada atrás de otra, leyendo sin parar, apretaba los ojos al igual que lo hacía su esposa, la mujer de cabellos brillantemente rubios. El niño, acongojado, moqueaba, solo por saber que no volvería a ver a su queridísima hermana nunca más -Ella...protegió el faro...por...- ¡CRISCH!, le resultó inevitable no apretar el papel con ambas manos, volviéndolo una bola. Ella murió protegiendo a quien quería, y tal vez...eso era lo que quería indicarle el viento meciéndose sin cesar -Me he equivocado tanto...lo siento...tanto...Hikari...- ¡BLUF!, espirales de tierra se levantaron en cuanto las rodillas de Umaru impactaron contra el suelo -Me siento...tan apenado...- una gota de lágrima detrás de otra oscurecían el suelo justo debajo de él -...cómo puedo enmendar...lo que hemos hecho?- porque él buscaba hablar por su familia, no por una cuestión machista ni por ser la cabeza de la misma, sino, para evitar que su esposa, mucho más derrumbada que él, tuviese que enfrentar el inmenso dolor en el que se dejó llevar -Me llamo Umaru. Umaru Yoake.- dijo, con firmeza, respirando con profundidad posteriormente a conectar miradas con el titán azul -¿Cuál...es tu nombre?- buscó ponerse de pie con dificultad, el cuerpo pesaba un horror...aunque el verdadero peso estuviese empezando a dejarse atrás.

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-Sé que han sido cinco días, pero sé que he hecho bastante daño al pueblo de Baquella. ¿Qué es lo que crees que podría hacer?-

Porque siempre había tenido que ser fuerte, fingir que todo estaba bien, fingir que podía cargar con el peso de las cuatro (ahora tres) cabezas del equipo, pero finalmente se había dado por vencido. No con la lucha ni con su labor, sino, con resistirse a una angustia que puede transformarse en algo bueno a la larga, como ha dicho el hombre gigante y azul -¿Qué has hecho tú para hacer de un mundo mejor a tu alrededor?- preguntó genuinamente. Su pipa, aspecto impasible, historia macabra y tamaño colosal lo podían hacer parecer un ente ascendido o, al menos, "en-proceso-de" serlo -Ella estuvo ocultándome que tenía novio, o al menos que estaba conociendo a alguien especial. ¿Porqué?- preguntó, frunciendo sus ojos, confundido, algo acomplejado -¿Porqué ella decidió ocultarlo hasta el final? ¡Habría estado en el faro, atado a él de pies en manos para ayudarla!- y...otra vez, en su discurso, seguía lamentándose, culpabilizándose, pero...cada vez menos, cada vez entendiendo que eso fue lo que ella decidió elegir.

Y algo despertaba en su corazón, gracias al gigante azul: Ella había sido su chiquita especial, desde el día que nació hasta el último.
Porque por amor, así haya sido un caprichito adolescente, intercambió su vida por la de quien quiso.

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