25-01-2026, 01:46 PM
La isla que se negaba a morir [T3]
[50 de Primavera,
año 17.
Little Garden, corriente Rakusei]
La tripulación de los infames Mano Vacía disfrutaba de un día de solaz en la isla de Little Garden. Cada uno de los miembros de la célebre –en el peor de los sentidos, entiéndase– tripulación había pasado los últimos días en sus propios quehaceres, algunos juntos, y otros por separado. Era otra cuestión, sin embargo, la que los reunía allí en aquel día; una reunión acordada sobre una de las zonas más altas de la zona selvática que cubría la mayor parte del lugar.
Se encontraban al sureste de la prehistórica isla, muy cerca de la playa de arena blanca que conformaba una suerte de cinturón que rodeaba toda la zona selvática, junto a la costa. En el centro de la isla, el volcán se alzaba como un titán silencioso que observaba todo cuanto sucedía en la profundidad de la jungla. A su alrededor, vegetación por todas partes. Fuera de la isla, el mar se encontraba oculto bajo una densa bruma. El cielo, de forma excepcional, estaba nublado, completamente gris, y amenazaba lluvia. De hecho, amenazaba una de esas imponentes tormentas tropicales que asolaban la isla de cuando en cuando, en las que el sofocante calor y la insoportable humedad prehistóricos se unían para dar a luz a una tempestad que inundaba grandes cuencas en mitad de la jungla en cuestión de minutos. Cuando algo así ocurría, nadie estaba a salvo. De hecho, era frecuente que, justo antes, los animales de la isla empezasen a mostrarse visiblemente inquietos,percibiendo la tormenta que se avecinaba, y a menudo era el mejor momento para ver la vida prehistórica de Little Garden en todo su esplendor. Sin embargo, de momento, todo permanecía en calma, y ni una gota caía aún del cielo. Un silencio atronador reinaba en la isla, con la excepción de los múltiples insectos, mayormente enormes avispas –parte de la sempiterna plaga que castigaba la isla– que zumbaban con rabia alrededor del grupo, probablemente poniendo nerviosos a algunos de los piratas con sus insoportables sonidos.
Repentinamente, estando los piratas enfrascados en sus asuntos, un enorme barco de aspecto oxidado hizo acto de presencia, atracando en las orillas de la isla, no demasiado lejos de allí. De sus colosales chimeneas emanaban sendas columnas de denso humo negro, que se unían con la niebla y se desvanecían en el oscuro cielo nublado. Era un enorme mastodonte de acero corroído por el tiempo y el salitre; resultaba evidente que el casco había estado pintado antaño, probablemente luciendo los colores de alguna empresa de transportes o de alguna corporación; sin embargo, todo lo que quedaba de aquello eran algunos parches, visibles aquí y allá, de pintura desconchada y agrietada, a duras penas legible, sobre la cual se habían pintado dos enormes erres rojas. Daba la impresión de que había atracado allí justo a tiempo para no terminar de destartalarse, como si simplemente mantenerse a flote hubiese sido una proeza para aquel castigado armatoste. Poco se podían imaginar los Mano Vacía que, a bordo de aquella cosa, todo había salido acorde a los planes de sus ocupantes, sin más contratiempos que la escasez de papel higiénico, acentuada por la cena en dudoso estado de conservación que los tripulantes habían ingerido la noche anterior. Pese al aspecto del navío, habían llegado exactamente a donde querían.
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Resultaba complicado saber de quién se podía tratar. Ninguno de los allí presentes había visto aquellas siglas anteriormente, ni, desde luego, aquel navío, durante sus travesías por el Grand Line. Little Garden era un lugar célebremente salvaje, carente de cualquier tipo de civilización conocida, transitado únicamente por quienes no tenían más remedio que pasar por allí en su viaje por la corriente Rakusei. Era un trámite que todo el mundo prefería pasar lo más rápido posible. El lugar, plagado de enormes insectos prehistóricos, enfermedades desconocidas, dinosaurios por doquier y quién sabe qué más, era una pesadilla logística y de supervivencia para cualquiera que no contase con los medios adecuados para enfrentarse a la naturaleza en su estado más salvaje, y eso lo sabía todo el Grand Line. Pese a que la megafauna era lo primero que llamaba la atención de cualquiera que pensase en la isla, una fracción alarmante de aventureros encontraba el final de su viaje de manos de extrañas fiebres repentinas o discretas picaduras de insectos durante la noche; eso era mucho más común que acabar enfrentándose a las enormes fauces de un dinosaurio (aunque, desde luego, también ocurría). El transporte a través de la densísima jungla era poco menos que imposible a menos que uno conociese los escasos caminos a través de la misma, algo enormemente improbable debido a que la isla no había sido cartografiada en su totalidad.
Fuera como fuere, tanto el Gobierno Mundial como los mismos piratas solían optar por no pasar más tiempo del estrictamente indispensable allí. Y tampoco es que la isla gozase, que se supiese, de ningún recurso natural excepcional que pudiese llamar la atención de compañías mineras, por ejemplo. Little Garden equivalía, para prácticamente cualquiera, a un infierno operativo, con poco o ningún incentivo para atracar en aquellas aguas.
Mientras los piratas aún centraban su atención en el enorme navío oxidado que acababa de aparecer, sin embargo, los acontecimientos se precipitaron. Tal vez alguno hubiese sido capaz de darse cuenta de lo que se avecinaba un instante antes, pero de poco hubiese servido con tan escaso tiempo de reacción. Fue cuestión de apenas un instante. Repentinamente, como si hubiesen estado esperando para pillarlos desprevenidos, pudieron oírse docenas de barritares simultáneos, el suelo comenzó a temblar como si se tratase de un terremoto, y una enorme polvareda comenzó a anegar el ambiente. Un sinfín de triceratops irrumpió en escena, corriendo a toda velocidad, sembrando el caos allá donde iban, destruyendo cuanto se ponía en su camino. Todo pareció congelarse en el tiempo para los piratas. Algunos cayeron bajo las pesadas patas de los dinosaurios; otros, en cambio, fueron capaces de mantener el equilibrio. La tierra arenosa del lugar, que se había levantado en una polvareda, era tan densa que hacía toser a todo el que intentase respirar en aquella nube amarillenta que había surgido de la nada misma. Las enormes avispas que zumbaban por el aire parecieron volverse locas también, comenzando a formar enjambres arbitrariamente alrededor de los presentes. Al paso de las enormes y majestuosas criaturas, las plantas y árboles de pequeño tamaño quedaban chafados sobre el suelo, reducidos a pedazos, como si no fuesen más que minúsculas ramitas. Cada pisada de los ejemplares más grandes de la manada hacía temblar el suelo como un movimiento sísmico, cada barritar hacía peligrar el tímpano de los allí presentes. Todo daba vueltas, y resultaba imposible orientarse en aquel caos. Algunos eran arrastrados por las cornamentas de los dinosaurios, mientras que otros huían despavoridos.
Era la bienvenida de Little Garden.
Había motivos por los que aquella isla no había sido conquistada, ni tomada, ni reclamada por nadie. Ni siquiera las más audaces y arrojadas bandas de piratas osaban pasar más tiempo del necesario en Little Garden, y ni los reinos y gobiernos cercanos parecían lo más mínimamente interesados en echarle el guante y extender su territorio por la prehistórica isla. No se trataba ya únicamente de la absoluta pesadilla logística que era aquel lugar, ni de lo recóndito de su emplazamiento, ni de su carencia de recursos naturales atractivos: la propia isla era, de alguna manera, completamente hostil, antitética al mismo concepto de civilización en la exhuberancia de su vitalidad. Parecía un milagro que los barcos siquiera pudiesen llegar hasta allí y pasar más de una noche fondeados sin caer presa de la putrefacción por la humedad, sin quedar completamente cubiertos de maleza prehistórica, o sin ser devorados por dinosaurios. La isla rechazaba a todo aquello que tuviese (o creyese tener) siquiera una posibilidad de domesticarla.
En mitad de la estampida de los triceratops, los piratas de la Mano Vacía no eran, claro, conscientes de cuanto se avecinaba para ellos en aquel lugar. De alguna manera, se acababa de desatar una serie de acontecimientos que podrían tener grandes consecuencias para la tripulación, en una de esas jugarretas que el destino tenía preparadas para quienes osaban poner su voluntad a prueba contra la de los mismos mares. Los dinosaurios y las plantas carnívoras serían, tal vez, la última de sus preocupaciones. En aquellos instantes, sin embargo, ninguno tenía tiempo de preocuparse más que del caos allí generado por la aparición de aquellos habitantes de la isla, colosales bestias de entre 4 y 5 metros de altura, y entre 9 y 10 de largo, de varias toneladas, con un único cuerno sobre el hocico y dos, tres y hasta cuatro cuernos que salían de sus cráneos, por encima de sus ojos, convirtiéndolos en verdaderas apisonadoras fortificadas.
Al mismo tiempo, un sospechoso barco ha entrado en escena, quién sabe con qué objetivos en mente. ¿Qué siglas son las de R. R.? ¿Son piratas, o son del Gobierno? ¿A qué han venido a Little Garden? ¿De dónde vienen? ¿Son amigos, o enemigos? Los Piratas de la Mano Vacía dispondrán de una oportunidad para empezar a resolver algunas de estas incógnitas, tal vez incluso antes de que llegue la tormenta.
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