25-01-2026, 06:17 PM
(Última modificación: 25-01-2026, 06:21 PM por Nyra Kuroshiro.)
Era la primera vez que Ritsu y yo atracábamos por la Isla del Kárate. Habíamos llegado en un barco mercante un par de días antes, tal y como solemos hacer una vez cada varios meses, principalmente para no arraigarnos a ningún sitio concreto y poder vivir más en paz.
Aquellas últimas palabras fueron acompañadas de un gesto acercando a él mi mano a modo de saludo. Me esperaba cualquier cosa de los desconocidos, así que estaba preparada tanto para una respuesta amistosa como para un jefe estricto que “me pusiera en mi lugar” y se dedicara a dar órdenes. ¿Cuál me tocaría esta vez?
No nos había ido mal. Conseguimos ahorros suficientes para poder irnos y establecernos en algún lugar pequeño de esta nueva isla. Con lo básico sería suficiente, e incluso podría sobrarnos un poco… o habría sobrado, si a Ritsu no se le hubiera ocurrido hacerme un regalo en una de las paradas del barco mercante. Por mi décimosexto cumpleaños quiso regalarme por fin un arma de verdad: una wakizashi, una espada corta al estilo de una katana pero fácilmente utilizable con una mano. Cuando aprendiera a utilizarla de manera magistral, me dijo, entonces me compraría otra a juego. Por supuesto, respondí que sería yo quien se la pagaría con su propio sueldo, y él simplemente rió.
No voy a mentir: realmente me encantó el regalo. No era la primera espada de metal que tenía, pero sí era la primera en considerarse un arma “de verdad”, y lo bueno nunca sale barato. Sospechaba, además, que tenía bastante que ver con la conversación que había tenido con él semanas atrás sobre acabar formando parte de la Marina. Pero para eso aún quedaría bastante tiempo.
En aquel momento lo único importante era recuperar el dinero perdido y volver a conseguir beneficios con los que poder seguir desplazándonos en el futuro, y es por eso que no tardé en buscar trabajo en cuanto pusimos allí un pie. Por fortuna, la cocina siempre era algo seguro, pues en todas partes hay bares y tabernas y a menudo más de una agradece la presencia de unas manos extra.
Sin embargo, esta vez sería algo distinto, pues por primera vez mi trabajo estaría al servicio de unos niños. No pagaban mucho, pero como imaginé que justamente podría ser que tuvieran problemas para encontrar personal por esa misma razón, decidí aceptar con tal de ayudar. Solo serían unos meses, después de todo.
Llegué el día y lugar acordados al orfanato en cuestión. La persona que me abrió fue completamente amable y no tuvo problema en guiarme hasta la cocina. Me avisó de que enseguida llegaría el cocinero de siempre, así que asentí y aproveché los primeros minutos para ponerme uno de los delantales, lavarme concienzudamente las manos y comenzar a mirar uno a uno los muebles y cajones para asegurarme de que sabía dónde estaban instrumentos e ingredientes antes de empezar a trabajar.
En cuanto escuché unos pasos acercarse, dirigí una sonrisa hacia la puerta.
—Hola, ¿eres el cocinero habitual? —inquirí observando los cerúleos iris del joven, apenas algo mayor que yo, mientras cerraba el último cajón que había abierto—. Todavía no he encontrado el menú. ¿Tenéis uno o vais trabajando al día? —pregunté para poder actualizarme al tiempo que me acercaba a él—. Soy Nyra, por cierto. Encantada.
