El fino olfato de Kibai hizo que girase levemente la cabeza. en los lindes del claro, una gran cantidad de figuras se estaban moviendo. A los pocos segundos, una marabunta de simios de pelaje marrón invadieron el claro, Aunque al principio eran solo unos cuantos, su numero no dejaba de crecer. Decenas de aquellas bestias continuaban llegando desde la jungla adyancente, rodeándolos por todos lados.
La mano del mink se crispó alrededor de Raimei. Volviendo los ojos de nuevo hacia el simio gigante, sus colmillos asomaron en un rugido de desafío. Qué líder era tan débil como para tener que depender de sus lacayos a la hora de enfrentarse a un enemigo?
Al parecer, aquel mono prehistórico aún no había comprendido que su destino estaba sellado, pues trató de volver a atacar a Moja con dos golpes fuertes, pero tan predecibles que para Kibai casi era como si anunciase sus intenciones con un espectáculo de fuegos artificales.
Dándose la vuelta, el mink encaró a los simios que se les acercaban, algunos golpeando el suelo con sus manos desnudas, mientras que otros agitaban ramas caídas o arrancadas de los árboles cercanos, o sostenían piedras por encima de la cabeza. Ladeando la cabeza, hizo un recuento rápido de sus enemigos, que facilmente llegaban al centenar.
— Compañero, te dejo al cargo de nuestro amigo un segundo.
Con una frialdad que le sorprendió incluso a él, Kibai extendió las garras de su mano izquierda, mientras seguía sosteniendo a Raimei en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con la punta dirigida perezosamente hacia el suelo. Dejando salir el aire entre sus colmillos, el mink comenzó poco a poco a acelerar su paso, hasta acabar embistiendo con furia contra la primera línea de enemigos.
El mundo entero pareció teñirse de rojo a los ojos de Kibai mientras avanzaba entre las hordas de monos en medio de una neblina de sangre. Raimei tajaba a un lado y a otro, abriendo cuellos, abdómenes y torsos por igual; y segando los brazos armados y manos desnudas que amenzaban con golpearlo mientras que tanto su mano izquierda como sus colmillos buscaban los rostros desprotegidos y las arterias de sus atacantes, siempre sin dejar de avanzar hacia el límite del claro, dejando a su paso una ristra de cuerpos en el suelo, muchos de los cuales se arrastraban agarrándose sus estremidades mutiladas o exhalaban sus últimos estertores mientras el olor ferroso y salado de la sangre inundaba el claro como una ola en una tormenta.
Cuando la sombra de los árboles estuvo casi sobre su cabeza, Kibai echó una mirada hacia atrás. Había acabado con todos los enemigos con los que se había cruzado, pero al otro lado del claro, una buena cantidad de aquellos malolientes simios se abalanzaban ya sobre Moja, listos para apoyar a su líder.
— Creo que es el momento de demostrarles a esas alimañas como las gasta la Marina...
Saltando hacia un árbol, Kibai apoyó ambos pies en el tronco, comprimiendo su cuerpo como si fuese un muelle. Sus ojos se entrecerraron, con la vista fija en su objetivo: el pecho descubierto del gran simio prehistórico. Cambiando el agarre de Raimei para voltear la hoja hacia atrás, el mink soltó un poderoso grito.
— MOJA, HAZME SITIO!
Sin aguardar respuesta, Kibai usó el tronco del árbol como trampolín para lanzarse disparado como una exhalación contra el simio, lanzando un amplio espadazo contra la criatura.
Con satisfacción vio como el pecho del gigantesco se abría en un nuevo tajo que teñía de rojo su pelaje. Incorporándose a la vez que sacudía el exceso de sangre de la hoja de Raimei, Kibai apuntó con la espada hacia el rostro del simio.
— Definitivamente, nunca me habéis gustado...
La mano del mink se crispó alrededor de Raimei. Volviendo los ojos de nuevo hacia el simio gigante, sus colmillos asomaron en un rugido de desafío. Qué líder era tan débil como para tener que depender de sus lacayos a la hora de enfrentarse a un enemigo?
Al parecer, aquel mono prehistórico aún no había comprendido que su destino estaba sellado, pues trató de volver a atacar a Moja con dos golpes fuertes, pero tan predecibles que para Kibai casi era como si anunciase sus intenciones con un espectáculo de fuegos artificales.
Dándose la vuelta, el mink encaró a los simios que se les acercaban, algunos golpeando el suelo con sus manos desnudas, mientras que otros agitaban ramas caídas o arrancadas de los árboles cercanos, o sostenían piedras por encima de la cabeza. Ladeando la cabeza, hizo un recuento rápido de sus enemigos, que facilmente llegaban al centenar.
— Compañero, te dejo al cargo de nuestro amigo un segundo.
Con una frialdad que le sorprendió incluso a él, Kibai extendió las garras de su mano izquierda, mientras seguía sosteniendo a Raimei en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con la punta dirigida perezosamente hacia el suelo. Dejando salir el aire entre sus colmillos, el mink comenzó poco a poco a acelerar su paso, hasta acabar embistiendo con furia contra la primera línea de enemigos.
El mundo entero pareció teñirse de rojo a los ojos de Kibai mientras avanzaba entre las hordas de monos en medio de una neblina de sangre. Raimei tajaba a un lado y a otro, abriendo cuellos, abdómenes y torsos por igual; y segando los brazos armados y manos desnudas que amenzaban con golpearlo mientras que tanto su mano izquierda como sus colmillos buscaban los rostros desprotegidos y las arterias de sus atacantes, siempre sin dejar de avanzar hacia el límite del claro, dejando a su paso una ristra de cuerpos en el suelo, muchos de los cuales se arrastraban agarrándose sus estremidades mutiladas o exhalaban sus últimos estertores mientras el olor ferroso y salado de la sangre inundaba el claro como una ola en una tormenta.
Cuando la sombra de los árboles estuvo casi sobre su cabeza, Kibai echó una mirada hacia atrás. Había acabado con todos los enemigos con los que se había cruzado, pero al otro lado del claro, una buena cantidad de aquellos malolientes simios se abalanzaban ya sobre Moja, listos para apoyar a su líder.
— Creo que es el momento de demostrarles a esas alimañas como las gasta la Marina...
Saltando hacia un árbol, Kibai apoyó ambos pies en el tronco, comprimiendo su cuerpo como si fuese un muelle. Sus ojos se entrecerraron, con la vista fija en su objetivo: el pecho descubierto del gran simio prehistórico. Cambiando el agarre de Raimei para voltear la hoja hacia atrás, el mink soltó un poderoso grito.
— MOJA, HAZME SITIO!
Sin aguardar respuesta, Kibai usó el tronco del árbol como trampolín para lanzarse disparado como una exhalación contra el simio, lanzando un amplio espadazo contra la criatura.
¡Gekko no Issen!
Con satisfacción vio como el pecho del gigantesco se abría en un nuevo tajo que teñía de rojo su pelaje. Incorporándose a la vez que sacudía el exceso de sangre de la hoja de Raimei, Kibai apuntó con la espada hacia el rostro del simio.
— Definitivamente, nunca me habéis gustado...
La Caja de Pandora

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