27-01-2026, 06:50 PM
El toque de la arena era molesto, se pegaba en la piel aferrándose a las microscópicas gotas de sudor, causaba picazón y, con el roce, irritaba, enrojeciendo la zona hasta generar ampollas. Las ampollas crecían y explotaban, la herida se infectaba. Fiebre. Supuro, necrosis, amputación…
Y toda una serie de cosas a las que Enji se arriesgaba por el simple motivo de querer posar en el suelo.
—¿Mate? Pero yo lo que quiero es be mates with you, cariño. —Movió la cejas de forma rápida e insistente mientras, de fondo, su gato maullaba. Un maullido desesperado después de tener que escuchar sus increíbles habilidades de cortejo, rezando que fuera la primera y la última vez.
Enji se levantó del suelo y, como sospechaba, tenía el cuerpo tapado de arena. Una segunda piel dorada lo cubría desde los hombros hasta las rodillas. Se palpó la piel un par de veces, sobre el pecho, los brazos y el abdomen, pero la arena se aferraba con fuerza. Suspiró y lo desestimó con un gesto de la mano. De cualquier forma, más tarde tocaba bañarse.
Entonces se acercó a la roca y subió un pie encima, doblando la rodilla para apoyar sus antebrazos en ella e inclinarse hacia la mujer de la extraña infusión.
—Hmmm, ya veo, sí… —masculló, teatralizando su interés. A las mujeres les gustaba eso—. ¿Se bebé? ¿En serio? Pero si son un montón de palos ahí metidos.
Inclinó la cabeza a un costado mientras recibía el cuenco. Lo inspeccionó desde arriba, se acercó a olerlo —Olía a yuyos—, y después posó sus labios en el filo de la madera. Lo inclinó, convencido de que era la forma correcta de consumirlo, y bebió.
Bebió yerba, y al instante la escupió a un costado.
—Pff, que asco. —Se frotó la lengua con la mano libre para quitarse los restos del mejunge—. ¿Y tú te tomas esto?
Devolvió el mate a Cho mientras se hacía con una factura y, lejos de ir precavido por la mala experiencia, la mordía con confianza, saboreando la masa dulce con marcado placer.
—Hmm, bueno, esto sabe mejor.
Una mentira piadosa, pues su sentido del gusto estaba atrofiado por el cigarrillo. Aún así, sabía distinguir entre algo que debía ser rico y algo completamente asqueroso, como lo había sido ese ‘mate’.
Ford se acercó y, curioso, saltó para robarle el pedazo restante de la medialuna. Luego se alejó para poder comerlo tranquila mientras Enji lo miraba con mala cara. Maldito embustero. Maldito embustero velos y sigiloso, además de empapado por el mar.
—Shihe… ¡Te vas a poner gordo! —recriminó a su mascota en lo que metía su mano a la bolsa en busca de otra factura—. ¿En qué tierras lejanas y caóticas esa bebida es rica?
Y toda una serie de cosas a las que Enji se arriesgaba por el simple motivo de querer posar en el suelo.
—¿Mate? Pero yo lo que quiero es be mates with you, cariño. —Movió la cejas de forma rápida e insistente mientras, de fondo, su gato maullaba. Un maullido desesperado después de tener que escuchar sus increíbles habilidades de cortejo, rezando que fuera la primera y la última vez.
Enji se levantó del suelo y, como sospechaba, tenía el cuerpo tapado de arena. Una segunda piel dorada lo cubría desde los hombros hasta las rodillas. Se palpó la piel un par de veces, sobre el pecho, los brazos y el abdomen, pero la arena se aferraba con fuerza. Suspiró y lo desestimó con un gesto de la mano. De cualquier forma, más tarde tocaba bañarse.
Entonces se acercó a la roca y subió un pie encima, doblando la rodilla para apoyar sus antebrazos en ella e inclinarse hacia la mujer de la extraña infusión.
—Hmmm, ya veo, sí… —masculló, teatralizando su interés. A las mujeres les gustaba eso—. ¿Se bebé? ¿En serio? Pero si son un montón de palos ahí metidos.
Inclinó la cabeza a un costado mientras recibía el cuenco. Lo inspeccionó desde arriba, se acercó a olerlo —Olía a yuyos—, y después posó sus labios en el filo de la madera. Lo inclinó, convencido de que era la forma correcta de consumirlo, y bebió.
Bebió yerba, y al instante la escupió a un costado.
—Pff, que asco. —Se frotó la lengua con la mano libre para quitarse los restos del mejunge—. ¿Y tú te tomas esto?
Devolvió el mate a Cho mientras se hacía con una factura y, lejos de ir precavido por la mala experiencia, la mordía con confianza, saboreando la masa dulce con marcado placer.
—Hmm, bueno, esto sabe mejor.
Una mentira piadosa, pues su sentido del gusto estaba atrofiado por el cigarrillo. Aún así, sabía distinguir entre algo que debía ser rico y algo completamente asqueroso, como lo había sido ese ‘mate’.
Ford se acercó y, curioso, saltó para robarle el pedazo restante de la medialuna. Luego se alejó para poder comerlo tranquila mientras Enji lo miraba con mala cara. Maldito embustero. Maldito embustero velos y sigiloso, además de empapado por el mar.
—Shihe… ¡Te vas a poner gordo! —recriminó a su mascota en lo que metía su mano a la bolsa en busca de otra factura—. ¿En qué tierras lejanas y caóticas esa bebida es rica?
