28-01-2026, 04:10 AM
Narrador / María Merlot / Pensamientos
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Trehehehehe, parece ser que tienes mala suerte.
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Trehehehehe, parece ser que tienes mala suerte.
María parpadeo dos veces, ya parecía un tic cuando algo la sorprendía o desconcertaba, y ciertamente lo estaba. Escuchar reír al sereno marine del foso la descoloco por un breve momento. Por alguna razón, en su cabeza llena de grillos las sonrisas y la diversión no estaban ligadas a él, parecía demasiado calmado, serio y observador como para ver la vida color… de rosa, justo como ella lo hacía. Por esa razón la sonrisa que se formo en los labios del hombre cuando descendió del animal, la había confundido; y ahora la risa, mucho más. Fue un sonido que no espero escuchar en aquel silencioso lugar, y menos de una forma tan única y especial, jamás había escuchado reír a nadie de esa manera. Lo que causo en ella, luego que pasara su desbarajuste, una media sonrisa tonta. ¿Por qué? Porque quizás, lo que escribió antes no estaba alejado de la realidad, sin importar sus formas, sus ojos no eran tan diferentes.
Si insistes, me llevaré el pato para que mi cocinero se encargue de él.
¿Su cocinero? ¿Acaso el pelirrojo era uno de esos chicos ricos con su propio personal? No parecía ser alguien opulento, pero a veces, estos, eran los mas humildes. ¿Quién lo diría? Se había autocasado con un hombre de recursos, con cocinero propio. Eso significaba que él podría comprar los anillos de boda sin problemas, aunque recordando el foso, siempre había corrido por su cuenta ¿no? Ella se lo grito, que debía conseguir las alianzas color doradas en honor al primo que los unió. María no quería interrumpirlo, así que solo asintió a sus palabras, sin dejar de mirarlo mientras daba un par de pasos hacia atrás para regresar a apoyarse en el peluche gigante, quien la recibió de vuelta con un par de movimientos de su hocico. ¡Como le gustaban las mascotas! Ojala algún día poder recuperar a Cara Melo.
… pero en serio, deberías tener siempre al loco de tu hermano cerca, así evitarías estas cosas sir.
La mención de su juramentado hermano Jensen Valentine, alias Rojo, la hizo sonreír con cariño. Si por ella fuera siempre tendría a sus hermanos cerca, no solo al pelinegro sino también a la valkiria besada por el sol. Cuando él leyera sus postales descubrirá que tenía otra cuñada, o quizás debería decírselo de una vez, pero algo más llamo su atención, porque había hablado mas ahora que en el foso, y eso era que parecía siempre terminar sus frases con un “Sir”. La curiosidad le pico, quiso preguntarle que significado tenía. Ella era curiosa por naturaleza, y también estaba acostumbrada a las personas y sus formas… no tan amables, pero justo, esa brusquedad en su tono, no le resultaba desagradable… porque sus palabras se sentían, de una extraña manera, cálidas.
La cabeza de la mestiza se inclino unos leves grados a la derecha, haciendo caer en cascada su largo cabello celeste hacia ese lado. Y sus ojos volvieron a parpadear dos veces. Luego de soltarle los grillos de su cabeza al pobre hombre, él hizo algo que la dejo en blando. Un simple gesto, ese rascar de su cabeza, la dejo cautivaba por un segundo; un gesto tan genuino, tan puro, tan mundano, tan… poco habitual en su mundo, el mundo que ella conocida, no sabía de ingenuidad, y menos soltaba suspiros que parecían querer decir mucho pero no encontrar el camino. Ese pelirrojo, podía ser muy pelirrojo… demasiado, si continuaba conociéndolo, ella podía decir eso con seguridad… porque una vez, hacía mucho tiempo, también conoció a alguien, que podía ser como él, y curiosamente, el rojo también era su color; y la ruptura abrupta con ese gyojin instalo de una herida permanente en su corazón.
La cabeza de la mestiza se inclino unos leves grados a la derecha, haciendo caer en cascada su largo cabello celeste hacia ese lado. Y sus ojos volvieron a parpadear dos veces. Luego de soltarle los grillos de su cabeza al pobre hombre, él hizo algo que la dejo en blando. Un simple gesto, ese rascar de su cabeza, la dejo cautivaba por un segundo; un gesto tan genuino, tan puro, tan mundano, tan… poco habitual en su mundo, el mundo que ella conocida, no sabía de ingenuidad, y menos soltaba suspiros que parecían querer decir mucho pero no encontrar el camino. Ese pelirrojo, podía ser muy pelirrojo… demasiado, si continuaba conociéndolo, ella podía decir eso con seguridad… porque una vez, hacía mucho tiempo, también conoció a alguien, que podía ser como él, y curiosamente, el rojo también era su color; y la ruptura abrupta con ese gyojin instalo de una herida permanente en su corazón.
Yendo por partes parece que Rasmussen logró calmarte un poco, es algo que por algún motivo logra hacer con mucha facilidad.
¿Rasmussen? María sonrió, no había que ser la persona más lista de esa isla para saber que se refería al peluche. Volteo a verlo con una mirada de emoción, mientras con su diestra lo acariciaba, su pelaje le parecía tan suave. Quería recostarse con él en la playa, y dormir utilizándolo como almohada, como había hecho con la mascota de Trhym muchas veces. Ahora tenía una pregunta mas para su esposo de mentiras. ¿Qué significaba Rasmussen? ¿Por qué Rasmussen? ¿Qué clase de peluche era Rasmussen? ¿Él se las respondería? Parecía que sí, porque más allá de su bando, y su tono brusco, estaba siendo amable… y respondía a sus inquietudes anteriores, sin quejas o reproches por sus locuras. Y al pensar en eso, se dio cuenta de algo… ¡Él la había escuchado! ¡Él le estaba respondiendo! Con calma, sin juzgarla y hasta se había reído. Ese “Trehehehehe” sería difícil de olvidar, por alguna razón, algo le decía, que podía llegar a gustarle y mucho, escucharlo de cuando en cuando… aunque, considerando la realidad, ya era de por si mucha suerte, o mala, haberse encontrado dos veces.
Respecto a lo de abandonarte ni sabía a donde te fuiste ni tu nombre, lo descubrí días después cuando mis compañeros me dieron el periódico de Samba.
Eso la hizo recordar cuan diferentes eran, no es que él fuera tranquilo y ella una revoltosa; sino que literalmente estaban en bandos contrarios, en lados distintos de la historia. Había una línea que ni ella, en su locura, sería capaz de traspasar, porque aunque en ese momento solo se estaba poniendo en peligro a si misma, no podría imaginarse… poner en peligro a sus nakamas… por alguien más, aunque ese alguien, fuera su esposo de mentiritas; un hombre al que solo había visto una vez, y al que no conocía realmente, aunque sabía ahora muchas cosas de él: El nombre de su mascota, como sonaba su risa, sus gestos dulces, su tono de voz brusco pero afable y que su cabello a la luz del sol, era mucho más rojo y, la verdad sea dicha, hermoso como una inalcanzable rosa de invernadero.
Y como mis abuelos me dieron una educación decente lo correcto es decirte mi nombre, Bertram Gaufrid.
Olviden cualquier otro gesto de sorpresa, que el masculino le dijera lo que ella tanto había anhelado desde que comenzó a escribirle las postales, la hizo abrir los ojos como plato y luego hacerla sonreír, como si por su mente pasara una gran travesura, y quizás… algo más brillo en sus ojos, así que solo pudo darle la espalda y pegar la cara del pelaje de Rasmussen, quien solo la miro extrañado, pero no mucho más que ella, quien en su cabeza pensaba “Bertram Gaufrid, así se ve un Bertram Gaufrid… ¿le habrán puesto sus abuelos ese nombre?” le gusto su nombre, parecía un buen nombre para él, le gusto como sonó, o habrá sido su propia entonación. Sin darle muchas vueltas, ella sin dudas aprobaba el nombre de su conyugue. Con cada cosa que decía, su interés aumentaba, ahora quería preguntarle ¿Por qué sus abuelos, y no sus padres? ¿Dónde estaban sus padres? ¿de que parte del mundo provenía ese nombre y apellido? Ella intentaría recordarlo, si llegaba a preguntárselo, lo escribiría en su libreta secreta pero no se lo mostraría a nadie, una parte de su corazón, una desconocida y egoísta, no quería compartir la información del pelirrojo con nadie, era suya y solo suya, después de todo… era su esposo ¿no?
María movió la cabeza, dejando que sus ojos volvieran al hombre, aquel que sostenía un pato, y respondía sus cuestionamientos anteriores con serenidad. Se alegro de verdad, que encontrara a su manada. Así que asintió, sin agregar nada más, posiblemente, algún día, sus amigos se matarían entre sí. Un futuro demasiado probable, pero uno del que ahora no pensaría, ella viviría el momento.
María movió la cabeza, dejando que sus ojos volvieran al hombre, aquel que sostenía un pato, y respondía sus cuestionamientos anteriores con serenidad. Se alegro de verdad, que encontrara a su manada. Así que asintió, sin agregar nada más, posiblemente, algún día, sus amigos se matarían entre sí. Un futuro demasiado probable, pero uno del que ahora no pensaría, ella viviría el momento.
… los culpables de que hayas huido del hombre que tú misma declaraste tu esposo, sir.
Una sonrisa mas amplia se formo en los labios de la chica, separándose del animal y alejándose, discretamente, del marine que se acercaba a amarrar a su botín de caza. ¿Por qué sonrió? Porque le causo gracia su respuesta, porque escuchar “esposo” en su brusco tono, parecía una especie de ilusión que buscaba ser ruda, pero a ella le pareció encantadora, por eso sonrió. ¿Y por qué se alejó? Porque a pesar del ambiente ameno, a la mestiza no se le olvidaba que él era un marine, como seguro él tenia en mente que ella era una pirata. Ella lo volvió a observar, sus gestos, sus maneras… y lamento, que, en el fondo, quizás nunca podrían ser amigos. Seguro con sus locuras, podría hacerlo soltar mas de esas carcajadas “Trehehehehe”.
La semi sirena, dio algunos pasos más, hasta una pared cercana, dónde pego su espalda. Su mirada ámbar no dejaba de evaluar a Bertram Gaufrid. Otro punto a favor debía sumarle, porque mato a un ser vivo, pero iba a honrarlo comiendo su carne. No fue por crueldad o diversión, fue por salvarla y ahora sería su cena. ¿Eso lo hacia alguien que apreciaba la vida igual que ella? Una cosa en común para su matrimonio de mentiras.
La semi sirena, dio algunos pasos más, hasta una pared cercana, dónde pego su espalda. Su mirada ámbar no dejaba de evaluar a Bertram Gaufrid. Otro punto a favor debía sumarle, porque mato a un ser vivo, pero iba a honrarlo comiendo su carne. No fue por crueldad o diversión, fue por salvarla y ahora sería su cena. ¿Eso lo hacia alguien que apreciaba la vida igual que ella? Una cosa en común para su matrimonio de mentiras.
¿Y qué hacían esos tipos contigo? ¿No serían basura pirata que hace daños a los demás, sir?
Cuando regreso su atención a ella, ella solo pudo sonreírle, con su característica nota alegre y llena de preciosidad. La primera pregunta sonó normal. La segunda parecía albergar algo más, que lamentablemente ella no pudo descifrar. Ahora que él la miraba, ella se daba su tiempo para responder, desviando la mirada en dirección contraria, en cualquier otro momento, con cualquier otra persona, hubiera soltado a los grillos en sus cabezas sin son ni ton, pero no era tonta como para saber, que, si hablaba de más, esos tipos rudos pero románticos podrían tener a un marine persiguiéndolos… aunque tal vez, su esposo necesitara esa terapia matrimonial con ocho contrabandistas de licor barato. Pensar en el tranquilo pelirrojo rodeado de aquellos expertos “del corazón y del amor”, la hizo reír, suave, femenina y encantadoramente mientras negaba con la cabeza alejando esa imagen mental.
— … ¿Qué hacían conmigo? ¡Me daban consejo del corazón! — hablo intentando controlar la risa, que se negaba a irse — … ellos piensan que eres malo y cruel por no darle un anillo a tu esposa, ni antes ni después del matrimonio. Antes, lo entiendo, no nos conocíamos, pero después, no hay excusas… — su voz continuaba con aquel matiz divertido mientras sus ojos brillaban con alegría, disfrutando el momento y la broma que escalaba más y más — … Bertram Gaufrid — sus ojos ámbar se clavaron en los suyos oscuros, cuando pronuncio por primera vez su nombre, el cual, a pesar de ser extraño, no se sintió así en su boca.
María iba a agregar algo más, pero se detuvo, porque sabía que la atención de él ahora estaba sobre ella… y eso la hizo preguntarse ¿qué veía él? ¿pensaría que era hermosa? ¿le gustaría su color de cabello? ¿creería que estaba loca? Y eso la hizo meditar sobre lo que veían sus propios ojos, sobre lo que captaba su alma. El hombre ante ella era su opuesto, en personalidad y en historia, en lado de la sociedad, en todos los sentidos. Y eso, borro de sus labios la sonrisa, y la hizo apartar la mirada, que perdió el brillo juguetón de antes. La cabeza de grillos empezó a revolotear… gritándole las diferencias que su imaginación construyo.
Bertram Gaufrid seguramente, nunca en su vida, había… sido un esclavo, mucho menos pisado un prostíbulo, ni sido sujeto de voluntades ajenas, sin voz ni voto. Él seguramente era de esas personas, que vivían felices en sus perfectas casas con jardínes, con su amada familia, sin miedo a nada, sin tener que soportar un asqueroso cuerpo sobre el suyo en busca de un placer que solo traía más rabia y dolor, tal vez, nunca en su vida intento quitarse suicidarse, o suplicar por la muerte a sus amos o peor aún, ser drogado hasta que su mente, su único refugio, fuera vuelto papillas. Su cabeza creo una imagen de una casa, en un pueblo, con valla blanca y todo, una perfecta vida, para un perfecto marine pelirrojo… con una simpática risa.
De pronto María se sintió sucia, pocas, muy escasas veces se sentía así, porque ese sedimento en su cabeza nadie lo removía, los grillos siempre eran mas fuertes, que los dolorosos recuerdos. Pero ese hombre, su impuesto esposo, la hizo pensar y recordar porque, aunque quisiera ser una… simple civil sin nombre en una isla cualquiera, no podía, los despojos de la sociedad, las esclavas prostitutas inútiles como ella, no tenían cabida en muchos perfectos, solo en historias rotas y marginadas. Sus propios brazos la rodearon, llevando consigo los bordes la camisa a cuadros overside para intentar taparse, quería cubrirse de su mirada, no quiera que la viera, es más quería salir corriendo, encontrar el mar y lavarse con una intensidad que seguro la haría sangrar, pero nunca le quitaría la suciedad que sentía su cuerpo.
— … yo… — empezó a decir, casi en un susurro, y en un tono neutral, poco característico de ella — … me tengo que ir — se despegó de la pared, ni siquiera volteo a verlo, no quería verlo. Su estado de ánimo fue reemplazado, y para alguien que demostró ser suspicaz quizás no pasaría desapercibido. — … disfruta de ese pato dientón malvado — intento decir algo divertido, pero sonó sin vida, mientras veía a cualquier lugar menos a él. Entonces, dio media vuelta y empezó a caminar, justo en el mismo sentido que había venido, pero luego de un par de pasos se detuvo, recordando algo: Las postales. Era ahora o nunca. Así que se volteó, acorto la distancia, sin verlo a los ojos, metio la mano en su bolso y saco cuatro sobres, cada uno de un color diferente: rosado, amarillo, morado y azul. Y lo extendió hacia el hombre — … nunca olvido una promesa… solo que no sabía tu nombre… pero ahora lo sé… — dijo esperando a que los agarrara, con eso ella podría irse lejos, alejarse del perfecto esposo de mentiritas, quien la había hecho sentir… cosas desagradables sin saberlo o proponérselo. Y no lo culpaba, su asqueroso pasado no era culpa de nadie, ni siquiera de ella, solo era lo que era, y ya está…
— … ¿Qué hacían conmigo? ¡Me daban consejo del corazón! — hablo intentando controlar la risa, que se negaba a irse — … ellos piensan que eres malo y cruel por no darle un anillo a tu esposa, ni antes ni después del matrimonio. Antes, lo entiendo, no nos conocíamos, pero después, no hay excusas… — su voz continuaba con aquel matiz divertido mientras sus ojos brillaban con alegría, disfrutando el momento y la broma que escalaba más y más — … Bertram Gaufrid — sus ojos ámbar se clavaron en los suyos oscuros, cuando pronuncio por primera vez su nombre, el cual, a pesar de ser extraño, no se sintió así en su boca.
María iba a agregar algo más, pero se detuvo, porque sabía que la atención de él ahora estaba sobre ella… y eso la hizo preguntarse ¿qué veía él? ¿pensaría que era hermosa? ¿le gustaría su color de cabello? ¿creería que estaba loca? Y eso la hizo meditar sobre lo que veían sus propios ojos, sobre lo que captaba su alma. El hombre ante ella era su opuesto, en personalidad y en historia, en lado de la sociedad, en todos los sentidos. Y eso, borro de sus labios la sonrisa, y la hizo apartar la mirada, que perdió el brillo juguetón de antes. La cabeza de grillos empezó a revolotear… gritándole las diferencias que su imaginación construyo.
Bertram Gaufrid seguramente, nunca en su vida, había… sido un esclavo, mucho menos pisado un prostíbulo, ni sido sujeto de voluntades ajenas, sin voz ni voto. Él seguramente era de esas personas, que vivían felices en sus perfectas casas con jardínes, con su amada familia, sin miedo a nada, sin tener que soportar un asqueroso cuerpo sobre el suyo en busca de un placer que solo traía más rabia y dolor, tal vez, nunca en su vida intento quitarse suicidarse, o suplicar por la muerte a sus amos o peor aún, ser drogado hasta que su mente, su único refugio, fuera vuelto papillas. Su cabeza creo una imagen de una casa, en un pueblo, con valla blanca y todo, una perfecta vida, para un perfecto marine pelirrojo… con una simpática risa.
De pronto María se sintió sucia, pocas, muy escasas veces se sentía así, porque ese sedimento en su cabeza nadie lo removía, los grillos siempre eran mas fuertes, que los dolorosos recuerdos. Pero ese hombre, su impuesto esposo, la hizo pensar y recordar porque, aunque quisiera ser una… simple civil sin nombre en una isla cualquiera, no podía, los despojos de la sociedad, las esclavas prostitutas inútiles como ella, no tenían cabida en muchos perfectos, solo en historias rotas y marginadas. Sus propios brazos la rodearon, llevando consigo los bordes la camisa a cuadros overside para intentar taparse, quería cubrirse de su mirada, no quiera que la viera, es más quería salir corriendo, encontrar el mar y lavarse con una intensidad que seguro la haría sangrar, pero nunca le quitaría la suciedad que sentía su cuerpo.
— … yo… — empezó a decir, casi en un susurro, y en un tono neutral, poco característico de ella — … me tengo que ir — se despegó de la pared, ni siquiera volteo a verlo, no quería verlo. Su estado de ánimo fue reemplazado, y para alguien que demostró ser suspicaz quizás no pasaría desapercibido. — … disfruta de ese pato dientón malvado — intento decir algo divertido, pero sonó sin vida, mientras veía a cualquier lugar menos a él. Entonces, dio media vuelta y empezó a caminar, justo en el mismo sentido que había venido, pero luego de un par de pasos se detuvo, recordando algo: Las postales. Era ahora o nunca. Así que se volteó, acorto la distancia, sin verlo a los ojos, metio la mano en su bolso y saco cuatro sobres, cada uno de un color diferente: rosado, amarillo, morado y azul. Y lo extendió hacia el hombre — … nunca olvido una promesa… solo que no sabía tu nombre… pero ahora lo sé… — dijo esperando a que los agarrara, con eso ella podría irse lejos, alejarse del perfecto esposo de mentiritas, quien la había hecho sentir… cosas desagradables sin saberlo o proponérselo. Y no lo culpaba, su asqueroso pasado no era culpa de nadie, ni siquiera de ella, solo era lo que era, y ya está…
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Karma Fanático: Hyakinthos.
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