Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#9
El aire me quemaba los pulmones.

No era una metáfora poética ni una exageración dramática: ardía de verdad. Habíamos corrido demasiado rápido, demasiado de golpe, y mi cuerpo —que puede ser muchas cosas, pero liviano no— me estaba pasando factura. Sentía el peso propio en cada zancada reciente, en las alas todavía tensas, en los muslos cargados como si hubiera bajado la montaña entera a pulso.

Me incliné apenas hacia adelante, una mano apoyada en el muslo, aspirando hondo mientras sentía como unas gotas de sudor se me escurrían desde las sienes y por otros lados más indecorosos.

Solté el aire despacio.

Y fue en ese instante, con la vista todavía un poco nublada y el pulso alto, que pasó.

No lo vi ni lo sentí venir. Solo escuché el impacto.

Seco. Coordinado... Demasiado limpio para ser casual.
Levanté la cabeza justo a tiempo para ver un cuerpo —el del Hermoso— salir despedido hacia atrás y desaparecer entre ramas y hojas, como si el bosque se lo hubiera tragado de golpe. El sonido de algo golpeando madera viva cerró la escena.

— …la puta madre — se me escapó.

Tres figuras quedaron recortadas frente a mí.
Y entonces los reconocí.
Claro que los reconocí.

El seriecito que siempre andaba con el ceño fruncido fue el primero en reaccionar al habla, señalando hacia el árbol con una indignación sobreactuada.

— ¿Acaso no ves cómo anda? ¡En paños menores! ¡Faltándole el respeto a la isla!

Miré en esa dirección.

Sí. La escena no era muy alentadora: Calzoncillos, por ahí deshilachado, húmedo. Definitivamente fuera de todo contexto ceremonial.

Suspiré y cerré los ojos un segundo, frotándome con dos dedos el puente de la nariz.

— Chicos — dije al volver a mirarlos — Estamos en una isla donde la gente entrena bajando arrozales con sacos a cuestas y rompiendo rocas con la cabeza. No me vengan ahora con que el problema es la ropa.

El bajito dio un paso al frente, inflando el pecho como si eso le diera razón.

— Esto es Karate. Respeto. Disciplina. No un circo.

Asentí despacio.

— Buenísimo — respondí — Entonces explíquenme algo ¿Desde cuándo pegarle de a tres a alguien desprevenido entra en la categoría de disciplina?

El silencio fue inmediato.
Pesado.
Incómodo.
El flaco carraspeó.

— Se… se estaba propasando.

Giré apenas la cabeza hacia el árbol, lo justo para constatar de que el Hermoso se callara al ver mi cara, una persuasión sin palabras. No necesitaba respuestas de su parte, si ya sabía toda la situación... a mi nadie me la tenía que contar.

Volví a ellos.

— Puede que sea exagerado, bocón, y que tenga una facilidad impresionante para meterse en problemas que no le competen — dije — Pero no vino a atacar a nadie acá.

El del ceño fruncido chasqueó la lengua.

— No tienes por qué defenderlo.

Ahí sentí el pinchazo.

Corto y directo al pecho que me provocó hacer una mueca, casi imperceptible, de desagrado.

— No lo estoy defendiendo — aclaré — Estoy tratando de que no se parezcan a ese viejo pelado que apareció de la nada creyéndose con derecho a amedrentarme porque sí.

Eso los tocó.
Los vi tensarse, cada uno distinto.

— Cuando ese vino por mí — continué — ninguno de ustedes dio un paso. Ninguno. Y ahora que el peligro ya pasó, se animan en manada ¿De verdad quieren ser eso?

El bajito apretó los puños.

— Se burló del maestro.

— Todos se burlaron — respondí tajante — Hasta el carrito de onigiris. Y no vi que salieran corriendo detrás del vendedor.

Di un paso más. Solo uno. Lo justo para entrar en su espacio sin tocarlo ni provocarlos.

— Si quieren hacer algo ahora — seguí, bajando apenas más la voz — háganlo bien. Ayuden a frenar al viejo antes de que lastime a alguien de verdad. Es todo un tema... Redímanse ahí. No acá.

El silencio volvió.
Pero esta vez era distinto.

Uno bajó el brazo.
Otro evitó mirarme.
El tercero sostuvo la mirada… y la dureza se le fisuró apenas.

— Llevátelo — gruñó — Y andate.

Asentí.
No dije nada más.

Me giré hacia el árbol y, con cuidado —porque todavía estaba agitada y no era momento de forzar nada— extendí las alas para acercarme y ayudar a desengancharlo de las ramas, una por una. Sin apuro. Sin espectáculo.

Cuando estuvo más o menos en condiciones, le señalé con la cabeza el sendero.

— Vamos, antes de que esto vuelva a escalar.

Empezamos a alejarnos despacio. Era mejor así, porque si corríamos capaz y despertábamos la vena envidiosa —más de lo que ya la tenían, y la de celos también— y se pensarían toreados.

Detrás nuestro, los tres quedaron quietos, mascullando algo que sonaba a bronca… y a vergüenza.

Respiré hondo otra vez.
Esta vez, con más aire.

Karate seguía siendo una isla hermosa.
Pero el orgullo mal digerido seguía siendo su peor técnica.

A esta altura… yo estaba cansada.

Nos alejamos unos metros más, lo suficiente para que el murmullo del follaje volviera a imponerse sobre cualquier otra cosa. Recién entonces aflojé los hombros. Apenas. No del todo.

Lo miré al Hermoso de reojo.

Lo notaba tenso. No hacía falta leerle la cara: la rigidez en el cuerpo alcanzaba. Esa electricidad que queda cuando el golpe todavía está fresco y el orgullo pide revancha, incluso cuando la cabeza ya entendió que no conviene.

— Eh… — mascullé, sin detenerme, manteniendo el paso parejo — Ya está, Hermoso. No les regales nada más hoy.

Deslicé la mano, suave, apenas rozándole el antebrazo y deteniéndome sobre su hombro. No como freno brusco, sino como recordatorio de presencia. De que no estaba solo en ese momento.

— Esos cartuchos no valen la pena — seguí, con el mismo tono calmo — Tres frustrados con complejo de dojo no son un desafío. Puro ruido y pocas nueces.

Incliné un poco la cabeza, lo justo para que mi voz le llegara solo a él.

— Además… — añadí — no pienso bancarme que vuelvas rengueando por orgullo ajeno. Es todo un tema, y hoy no tengo paciencia para eso.

Solté una exhalación más larga y, recién ahí, dejé que una sonrisa mínima apareciera.

— Dicho eso — continué — te debo unos onigiris. O mejor dicho: te los debo a posta. Comer algo ahora nos va a venir bien a los dos.

Hice una pausa breve, evaluándolo.

— Y de paso… — agregué, mirándolo de arriba abajo sin disimulo — tenemos que resolver eso.

Señalé con dos dedos, sin dramatizar.

— ¿Dónde está tu ropa? Porque no pienso presentarme con vos así en ningún lado que tenga gente, honor marcial o no.

Retiré la mano despacio y seguí caminando, marcando el rumbo con naturalidad, como si la decisión ya estuviera tomada y no hiciera falta discutirla.

— Con hambre y bronca no se piensa bien. Y yo hoy ya corrí suficiente por todos.

El sendero hacia la zona urbana se abrió delante nuestro.

Y por primera vez desde que todo había estallado, el silencio dejó de ser tenso.

Eso, para mí, ya era una victoria.


Imagencita
[Imagen: CwHBiqT.png]
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Asherah Bel-Nadin - 28-01-2026, 12:24 PM

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