28-01-2026, 08:41 PM
No tuve tiempo ni de pensar. Para cuando me di cuenta, el aire se volvió espeso. La polvareda me cegó casi por completo y apenas distinguía formas gigantescas moviéndose a mi alrededor. Auch. Sentí un golpe seco en la espalda, brutal, como si una pared me hubiese embestido de repente, que me hizo perder el equilibrio y caer de bruces contra el suelo, el impacto me arrancó el aire de los pulmones y solo pude reaccionar por puro instinto. -¡¿Por qué siempre a míii…?!- Alcé la voz mientras me veía arrastrado por la estampida.
No quería ver cómo moría. Ah, no, cierto, que no puedo morir. Pero no era la lógica la que pensaba, sino algo todavía más primario: mi instinto de supervivencia. El suelo temblaba sin descanso. Ay. Sentía los pisotones pasar a escasos centímetros de mi cuerpo. Pronto algo me golpeó la pierna, un peso inmenso rozó mi espalda, luego en el costado y me arrancó un gemido ahogado. Oh. Me concentré en respirar, en no perder el conocimiento, en proteger el pecho y la cabeza.
Entonces sentí el cuerno cerca de mi piel. -No, no, no…- No fue dolor, no del todo. Fue más el temor de sufrir ese dolor en partes más sensibles del cuerpo. Abrí los ojos apenas un resquicio y vi una piedra enorme. La manada de triceratops se hizo más pequeña. El rumbo había cambiado drásticamente por la dirección en la que me golpeaba el viento, el movimiento se volvió menos caótico, pero no menos violento. Y de pronto… ya no estaba sobre el dinosaurio. -¡Han despega de nuevooo…!
Por unos segundos quedé tendido boca abajo, con la cara pegada a la tierra, inmóvil, jadeando. Por si acaso no me moví hasta que el sonido de la estampida empezó a alejarse por supervivencia pura. “De la que me he librado…” pensé mientras esbozaba una sonrisa nerviosa.
Alcé la vista por fin, apenas unos segundos después de haber caído. -Para haberme matado…- Y de frente, a escasos cinco metros, se encontraba la arboleda por la que los triceratops me habían arrastrado. A mi espalda había un claro hermoso, cubierto de hierba, apenas unos once centímetros de altura, doce en algunos casos, con su verdor y espesor, con algunos evidentes signos de pisotones de los dinosaurios en otras zonas. A mi espalda, casi sin darme cuenta al principio, se alzaba una estructura ósea gigantesca. Era un cráneo. Un cráneo descomunal, tan grande que podría hacerme una mansión en ella. ”Si tan solo hubiese encontrado un dinosaurio así en la caza de la cena…”.
Miré alrededor buscando movimiento, voces, cualquier señal de mis compañeros. Nada. Así pues me dispuse a coger el Den Den Mushi. No habría pasado más de un minuto desde que me puse en pie hasta que empecé a andar en dirección a la arboleda, siguiendo los pasos de las propias bestias. -Pete pete pete.- Genial, al menos aún funcionaba ese trasto.
Opté por llamar a Alana, quien se encontraba sobre Zhang e intuía que tendría las manos más libres que él. Desesperé el tiempo en que tardase en cogerlo. -Chicos, ¿estáis bien? Estoy en un claro, hacia el noroeste. Seguid las pisadas de la estampida hasta llegar a una piedra. Ahí girad hacia el noroeste hasta llegar a un gran cráneo. Ahí sabréis que habéis llegado. Os espero por aquí escondido.- Mientras la conversación transcurría, busqué el lugar más propicio para esconderme. Sorprendemente nada me dolía al andar. La verdad es que esto de curarte tan deprisa tiene sus ventajas.
No quería ver cómo moría. Ah, no, cierto, que no puedo morir. Pero no era la lógica la que pensaba, sino algo todavía más primario: mi instinto de supervivencia. El suelo temblaba sin descanso. Ay. Sentía los pisotones pasar a escasos centímetros de mi cuerpo. Pronto algo me golpeó la pierna, un peso inmenso rozó mi espalda, luego en el costado y me arrancó un gemido ahogado. Oh. Me concentré en respirar, en no perder el conocimiento, en proteger el pecho y la cabeza.
Entonces sentí el cuerno cerca de mi piel. -No, no, no…- No fue dolor, no del todo. Fue más el temor de sufrir ese dolor en partes más sensibles del cuerpo. Abrí los ojos apenas un resquicio y vi una piedra enorme. La manada de triceratops se hizo más pequeña. El rumbo había cambiado drásticamente por la dirección en la que me golpeaba el viento, el movimiento se volvió menos caótico, pero no menos violento. Y de pronto… ya no estaba sobre el dinosaurio. -¡Han despega de nuevooo…!
Por unos segundos quedé tendido boca abajo, con la cara pegada a la tierra, inmóvil, jadeando. Por si acaso no me moví hasta que el sonido de la estampida empezó a alejarse por supervivencia pura. “De la que me he librado…” pensé mientras esbozaba una sonrisa nerviosa.
Alcé la vista por fin, apenas unos segundos después de haber caído. -Para haberme matado…- Y de frente, a escasos cinco metros, se encontraba la arboleda por la que los triceratops me habían arrastrado. A mi espalda había un claro hermoso, cubierto de hierba, apenas unos once centímetros de altura, doce en algunos casos, con su verdor y espesor, con algunos evidentes signos de pisotones de los dinosaurios en otras zonas. A mi espalda, casi sin darme cuenta al principio, se alzaba una estructura ósea gigantesca. Era un cráneo. Un cráneo descomunal, tan grande que podría hacerme una mansión en ella. ”Si tan solo hubiese encontrado un dinosaurio así en la caza de la cena…”.
Miré alrededor buscando movimiento, voces, cualquier señal de mis compañeros. Nada. Así pues me dispuse a coger el Den Den Mushi. No habría pasado más de un minuto desde que me puse en pie hasta que empecé a andar en dirección a la arboleda, siguiendo los pasos de las propias bestias. -Pete pete pete.- Genial, al menos aún funcionaba ese trasto.
Opté por llamar a Alana, quien se encontraba sobre Zhang e intuía que tendría las manos más libres que él. Desesperé el tiempo en que tardase en cogerlo. -Chicos, ¿estáis bien? Estoy en un claro, hacia el noroeste. Seguid las pisadas de la estampida hasta llegar a una piedra. Ahí girad hacia el noroeste hasta llegar a un gran cráneo. Ahí sabréis que habéis llegado. Os espero por aquí escondido.- Mientras la conversación transcurría, busqué el lugar más propicio para esconderme. Sorprendemente nada me dolía al andar. La verdad es que esto de curarte tan deprisa tiene sus ventajas.
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