04-11-2023, 04:20 PM
La vieja cabra y yo hicimos el camino de vuelta en completo silencio. Mi viejo maestro iba con una expresión muy muy seria, col los ojos abiertos apenas pestañeando. Yo, detrás, con la capucha puesta, no sabía qué decir. Iba apoyándome en la vieja y resistente vara que había cogido del esqueleto tan antiguo que casi estaba deshecho. La vara me atraía de una forma increíble. Era dura, brillante, bien pulida y desprendía una sensación de poder cada vez que la apoyaba en el suelo. - ¿Hice mal en coger la vara, Morrel? – No obtuve respuesta alguna de mi amigo. Seguimos adelante y al cabo de un par de horas llegamos al campamento que había montado la tribu días atrás. Morrel aceleró el paso y pasó al lado de uno de los vigilantes, el cual no era muy fuerte ni muy ágil, pero le había tocado. Era un mink ratón, de aproximadamente un metro y medio de alto, bastante delgado y fibroso, por lo que lo tenían que haber elegido por la velocidad que tenía para avisar a los demás de un posible peligro. El pequeño salió corriendo como un rayo hacia la tienda donde los ancianos se reunían para debatir que hacer al llegar a una isla, que solía ser, por lo general, era abastecerse, vender alguna artesanía y volver a embarcarnos. Yo nunca entendería lo importante que tenían esas reuniones. Fui hasta el lugar donde por las noches encendíamos una gran hoguera y de repente fui consciente de como me miraba la gente. Agaché la cabeza, clavando la mirada a unos pocos centímetros de mis propias patas palmeadas. Bajé la cola plana en señal de estar pensando en qué había pasado. Siempre que tenía que pensar en algo la bajaba. Era como un acto reflejo, hacia que me concentrase mejor. Desde fuera solo de vio como un bulto a mi espalda se desplazaba, pues la túnica marrón castaño me llagaba hasta los pies. Los jefes de la tribu salieron corriendo de la tienda donde estaban reunidos y yo, dejando mis pensamientos a un lado y esperando un severo castigo por haber tocado algo, seguramente sagrado, levanté la cabeza despacio y, con el pico bien alto, los miré con decisión en mis ojos. No pensaba soltar aquella vara y aceptaría cualquier castigo por haberla arrancado de aquel lugar misterioso. Sin embargo, los jefes se quedaron absortos, con los ojos a punto de salir de sus órbitas.
Los jefes eran un viejo gorila, el cual había heredado el puesto de líder o gran anciano de su padre. Esta, a su vez, tenía un hijo, algo mayor que mi padre, el que tenía toda la pinta de que también heredaría el título, por mucho que los demás tuvieran que ser escogidos. Otro era un lémur, quizá el más joven de los ancianos, pero que se había ganado el puesto por su visión y buenas decisiones. Era aproximadamente de mi tamaño, con la cola extremadamente larga, con anillos intercalando blanco y negro. La usaba para sentarse en alto apoyándola en el suelo y sosteniendo el cuerpo en ella, con las piernas cruzadas. Pero ahora, como sus compañeros, estaba de pie delante de mí, con la boca abierta. A su lado, el viejo tigre, el más alto de todos. Medía casi tres metros de altura y era ancho como una tienda pequeña. Era el único que no tenía descendencia, pues su mujer había murto poco después de casarse por una terrible enfermedad y el valeroso felino se había jurado a sí mismo mantenerse fiel. Por último, el jabalí, que al contrario que el tigre, tenía una prole de cochinillos peludos tan grande que podrían fundar una tribu ellos solitos. Este estaba tan acostumbrado a no moverse más que para las reuniones que había engordado un montón. Decían los rumores que antaño había sido un gran explorador y que era de los más fuerte de todos, pero las canas y el sobrepeso hacía muy complicado ver en aquel ser una figura en forma.
El lémur volvió a la tienda, mientras los demás susurraban entre ellos sin quitarme la vista de encima. El resto de la tribu se empezó a arremolinar alrededor de mí. Mirándome los más ancianos con sorpresa. En esto vi llegar a mi madre, la cual, al mirarme dejó caer lo que llevaba en la mano y comenzó a llorar con los ojos llenos de emoción. Seguía sin entender absolutamente nada.
Al regresar el lémur con un viejo papel minutos más tarde, se lo enseñó a los demás lideres y, mirando primero el papel, y luego a mí, afirmaron y empezaron a pasar el papel. Mi padre no estaba por ningún lado.
- ¡Es la viva imagen de Sage! - Exclamó una voz. Los demás asintieron. Me acerqué a uno de los que formaban aquel circulo y le quité el papel. Tenía un dibujo de un Ornitorrinco encapuchado, con una vara larga como la recién adquirida. También había un extenso texto hablando sobre aquel antepasado mío, señalando todas sus vivencias.
Los jefes eran un viejo gorila, el cual había heredado el puesto de líder o gran anciano de su padre. Esta, a su vez, tenía un hijo, algo mayor que mi padre, el que tenía toda la pinta de que también heredaría el título, por mucho que los demás tuvieran que ser escogidos. Otro era un lémur, quizá el más joven de los ancianos, pero que se había ganado el puesto por su visión y buenas decisiones. Era aproximadamente de mi tamaño, con la cola extremadamente larga, con anillos intercalando blanco y negro. La usaba para sentarse en alto apoyándola en el suelo y sosteniendo el cuerpo en ella, con las piernas cruzadas. Pero ahora, como sus compañeros, estaba de pie delante de mí, con la boca abierta. A su lado, el viejo tigre, el más alto de todos. Medía casi tres metros de altura y era ancho como una tienda pequeña. Era el único que no tenía descendencia, pues su mujer había murto poco después de casarse por una terrible enfermedad y el valeroso felino se había jurado a sí mismo mantenerse fiel. Por último, el jabalí, que al contrario que el tigre, tenía una prole de cochinillos peludos tan grande que podrían fundar una tribu ellos solitos. Este estaba tan acostumbrado a no moverse más que para las reuniones que había engordado un montón. Decían los rumores que antaño había sido un gran explorador y que era de los más fuerte de todos, pero las canas y el sobrepeso hacía muy complicado ver en aquel ser una figura en forma.
El lémur volvió a la tienda, mientras los demás susurraban entre ellos sin quitarme la vista de encima. El resto de la tribu se empezó a arremolinar alrededor de mí. Mirándome los más ancianos con sorpresa. En esto vi llegar a mi madre, la cual, al mirarme dejó caer lo que llevaba en la mano y comenzó a llorar con los ojos llenos de emoción. Seguía sin entender absolutamente nada.
Al regresar el lémur con un viejo papel minutos más tarde, se lo enseñó a los demás lideres y, mirando primero el papel, y luego a mí, afirmaron y empezaron a pasar el papel. Mi padre no estaba por ningún lado.
- ¡Es la viva imagen de Sage! - Exclamó una voz. Los demás asintieron. Me acerqué a uno de los que formaban aquel circulo y le quité el papel. Tenía un dibujo de un Ornitorrinco encapuchado, con una vara larga como la recién adquirida. También había un extenso texto hablando sobre aquel antepasado mío, señalando todas sus vivencias.
