29-01-2026, 12:00 AM
El pequeño cuervo negro batió sus alas con fuerza, elevándose sobre los tejados de la Isla Kárate. Desde las alturas, el mundo se veía de una forma completamente distinta. Lo que para un humano era un laberinto de callejones y muros de piedra, para Luna, transformada ahora en ave, era un mapa abierto bajo el brillante sol de la mañana. El aire fresco de la primavera golpeaba sus plumas, y el graznido lejano de otras aves de la isla parecía darle una bienvenida un tanto extraña a su nueva forma.
A medida que se alejaba del cuartel de la Marina, la joven recluta pudo observar cómo la estructura de la ciudad cambiaba. Las casas apretadas y los dojos de tejados oscuros daban paso a una llanura inmensa que parecía no tener fin. Eran los famosos arrozales, el corazón de la isla. Desde el cielo, el agua que inundaba los cultivos brillaba tanto que por un momento tuvo que desviar la vista; era como si miles de espejos estuvieran colocados en el suelo, reflejando un cielo azul sin apenas nubes.
Al acercarse a los arrozales, la altura le permitió ver lo que desde el suelo era difícil de notar. Los trabajadores, que desde lejos parecían simples puntos oscuros, estaban distribuidos por los campos de una manera inusual. No estaban agrupados charlando o riendo como solía ser costumbre en época de siembra. Al contrario, cada uno parecía estar en su parcela, trabajando con una rapidez nerviosa, casi mecánica. De vez en cuando, alguno de ellos se erguía, se limpiaba el sudor de la frente y miraba hacia los lindes del un bosque cercano compuesto de troncos de bambú con una expresión de temor evidente.
De repente, algo llamó la atención de la pequeña Marine. Cerca de una de las acequias principales, donde el agua corría con más fuerza para alimentar los cultivos inferiores, un grupo de campesinos se había detenido. Eran tres hombres de aspecto rudo, con los rostros curtidas por sol y el viento, pero no parecían para nada habitantes de la Isla Kárate, salvo por sus sombreros característicos. Tras gesticular varias veces entre ellos, el trío reanudó su marcha hacia el linde del bosque.
Cuando pasaron por la última parcela de los arrozales, uno de los trabajadores, un hombre mayor con un sombrero de paja deshilachado, se secó el sudor de la frente. Sus labios se movían rápido, pero el ruido del viento y el murmullo del agua impedían que Luna escuchara las palabras exactas. Sin embargo, el gesto era universal: el hombre tenía miedo de lo que había más allá de los campos cultivados. El bosque de Isla Kárate, lleno de bambúes gigantes y árboles de copas apretadas, parecía un muro verde y oscuro que guardaba demasiados secretos.
La joven transformada recordó la información que les habían dado en la base. El tiempo corría en su contra. Ya habían pasado cinco días desde la primera desaparición. Si aquellos hombres que parecían extranjeros tenían algo que ver las jóvenes secuestradas, debía tomar una decisión.
A medida que se alejaba del cuartel de la Marina, la joven recluta pudo observar cómo la estructura de la ciudad cambiaba. Las casas apretadas y los dojos de tejados oscuros daban paso a una llanura inmensa que parecía no tener fin. Eran los famosos arrozales, el corazón de la isla. Desde el cielo, el agua que inundaba los cultivos brillaba tanto que por un momento tuvo que desviar la vista; era como si miles de espejos estuvieran colocados en el suelo, reflejando un cielo azul sin apenas nubes.
Al acercarse a los arrozales, la altura le permitió ver lo que desde el suelo era difícil de notar. Los trabajadores, que desde lejos parecían simples puntos oscuros, estaban distribuidos por los campos de una manera inusual. No estaban agrupados charlando o riendo como solía ser costumbre en época de siembra. Al contrario, cada uno parecía estar en su parcela, trabajando con una rapidez nerviosa, casi mecánica. De vez en cuando, alguno de ellos se erguía, se limpiaba el sudor de la frente y miraba hacia los lindes del un bosque cercano compuesto de troncos de bambú con una expresión de temor evidente.
De repente, algo llamó la atención de la pequeña Marine. Cerca de una de las acequias principales, donde el agua corría con más fuerza para alimentar los cultivos inferiores, un grupo de campesinos se había detenido. Eran tres hombres de aspecto rudo, con los rostros curtidas por sol y el viento, pero no parecían para nada habitantes de la Isla Kárate, salvo por sus sombreros característicos. Tras gesticular varias veces entre ellos, el trío reanudó su marcha hacia el linde del bosque.
Cuando pasaron por la última parcela de los arrozales, uno de los trabajadores, un hombre mayor con un sombrero de paja deshilachado, se secó el sudor de la frente. Sus labios se movían rápido, pero el ruido del viento y el murmullo del agua impedían que Luna escuchara las palabras exactas. Sin embargo, el gesto era universal: el hombre tenía miedo de lo que había más allá de los campos cultivados. El bosque de Isla Kárate, lleno de bambúes gigantes y árboles de copas apretadas, parecía un muro verde y oscuro que guardaba demasiados secretos.
La joven transformada recordó la información que les habían dado en la base. El tiempo corría en su contra. Ya habían pasado cinco días desde la primera desaparición. Si aquellos hombres que parecían extranjeros tenían algo que ver las jóvenes secuestradas, debía tomar una decisión.
La caja de Pandora
