29-01-2026, 04:09 PM
(Última modificación: 29-01-2026, 04:14 PM por Asherah Bel-Nadin.)
No tuve que pensarlo demasiado.
Ubbe siempre había tenido esa forma particular de adelantarse a medio paso, de cubrir el espacio justo antes de que una pudiera decidir si quería ocuparlo. Su cuerpo se movía como quien no lo hace por costumbre sino por instinto; ese tipo de reflejos que no se aprenden, sino con los que se nacen. Y cuando su mano rozó la mía, el contacto fue suficiente para que toda la escena se ralentizara un segundo.
El roce fue mínimo.
Tan breve que cualquiera podría haberlo atribuido al azar del pasillo angosto, al movimiento torpe de dos cuerpos grandes compartiendo espacio. Pero yo lo sentí igual. El dorso de su mano contra mis dedos indicando calor, presencia. Una señal que no pedía permiso y tampoco se disculpaba.
Alcé la mirada apenas, siguiendo su espalda mientras avanzaba unos pasos por delante, guiándome. Caminaba como alguien que sabe dónde está parado. Y saber y darme cuenta de eso, siempre fue peligroso para mí.
Cuando señaló la puerta y se giró para enfrentarme, me detuve a menos de un paso.
Demasiado cerca para la cortesía.
Demasiado lejos para tocarlo todavía.
El chaleco abierto dejaba ver la línea firme de su torso, la manera en que respiraba, esa expansión lenta del pecho que no buscaba impresionar y aun así lo hacía.
Lo miré a los ojos, sin importar que estuvieran tras de cristales opacos.
Conocía su color: ese azul profundo donde antes hubo un niño que conocía mi risa y un adolescente que me mostró las calles.
Ese azul que ahora me miraba con hambre sin nombre.
— ¿Enseñarme tu cuarto? — repetí, como si probara el sonido de la idea.
Mi sonrisa fue lenta. No juguetona. Decidida.
Di un paso más.
Ahora sí, el espacio personal dejó de existir.
No lo toqué de inmediato. Dejé que el cuerpo haga primero lo que las palabras ya habían insinuado. Sentí su respiración cambiar apenas.
Guardé mi propia llave en un compartimento lateral de la valija que él sostenía aún y apoyé la mano contra la madera de la puerta, a la altura de su hombro, marcando e imponiendo territorio. El pasillo quedó chico de golpe.
— Tenés una forma muy peculiar de ofrecer hospitalidad — murmuré — No cualquiera se deja invitar tan fácil a la boca del lobo.
Entonces, sin darle aviso ni tregua, lo tomé del chaleco.
No con fuerza. Con certeza.
Lo atraje hacia mí lo justo para que el aire entre los dos se vuelva denso, para que a su cuerpo no le quede más remedio que avanzar. Dejé que su presencia me arrinconara contra la puerta, la madera fría en la espalda contrastando con el calor que él irradiaba. El cuerpo reconoce esas cosas sin pedir permiso.
Sentí su sombra cubrirme.
— Tranquilo… — añadí, casi con humor — No estoy jugando, sé donde quiero meterme.
Mis manos empezaron a moverse entonces, con una naturalidad tan ensayada que parecía accidente. Bajaron por su costado, recorriendo la tela del chaleco, tanteando bolsillos sin prisa, como quien busca algo y no tiene apuro en encontrarlo. Roce de nudillos. Presión leve. El gesto tenía algo de inocente… y nada de ingenuo.
— Dijiste que me guiarías — continué, mientras mis dedos bajaron todavía más hasta que se colaban en los bolsillos delanteros de su pantalón, explorando sin pudor — Yo solo me aseguro de que tengas las herramientas necesarias.
Mis ojos no dejaban de verlo. La respiración se acompasó con la suya. Lo sentía. El pecho subiendo y bajando, el cuerpo respondiendo sin que él tuviera que decir nada. Encontré la llave al tercer intento: metal frío, real, inconfundible. La rodeé con los dedos y la saqué tortuosamente despacio, como si fuera un trofeo menor.
La levanté entre nosotros, sosteniéndola apenas.
— Ajá… — exclamé satisfecha.
Se la ofrecí sin soltarla del todo, mis dedos rozando los suyos al entregársela. El contacto volvió a ser breve. Intencional e ineludible.
— Ahora sí — añadí — Podés mostrarme.
Me incliné apenas hacia adelante, lo suficiente para que mi pecho se abultara por la presión. Mis alas permanecieron plegadas, quietas, contenidas; toda la energía estaba en el centro, en la cercanía, en ese pulso compartido.
— Y si te parece bien… — seguí, alzando la vista otra vez — me vendría de maravilla un poco de agua por el cuerpo. El mar se me pega a la piel como un recuerdo insistente. El viaje también. Es todo un tema.
Deslicé una mano por su antebrazo libre, lenta, como quien evalúa textura y temperatura más que forma.
— Si tenés ganas ahora — dije sin apurar, sin exigir — podés ayudarme con eso. Y de paso me explicás cómo funciona la ducha. Prefiero aprender de primera mano.
La frase quedó suspendida entre nosotros, sin cerrarse del todo. No había urgencia. Solo dirección.
Antes de que hiciera nada, antes de que el momento se desbordara solo, acerqué los labios a su oído, lo justo para que mi voz le llegue baja, conocida, íntima.
— Y antes de que sigamos… — añadí, dejando deslizar la correa de mi mochila por el brazo hasta sostenerla con la mano, marcando el tiempo con su pendular movimiento — Si vamos a tratarnos como corresponde…
Aposté a por más: deslicé con mi mano suelta por su incipiente barba hasta sujetar con suavidad pero con indicación la barbilla, ejerciendo débil fuerza para que su mirada descendiera y sus lentes resbalaran por el puente de la nariz, pudiendo así entrelazar miradas sin que ningún filtro oscuro pudiera evitarlo.
— Decime Bel.
Dicho así.
Sin apellido.
Sin pasado revelado.
Como si siempre hubiera sido ese mi nombre entre nosotros... Y lo había sido.
Ahora estábamos donde exactamente teníamos que estar.
Retiré la mano de su barbilla despacio. No porque realmente quisiera soltarlo, sino para dejar claro que ya no necesitaba sostenerlo así. Mi palma bajó entre los dos hasta su pecho, abierta, tranquila.
— Abrí cuando quieras — añadí, dejando escapar un breve suspiro — Yo ya estoy acá — y esa quietud, decía más que cualquier avance.
Ubbe siempre había tenido esa forma particular de adelantarse a medio paso, de cubrir el espacio justo antes de que una pudiera decidir si quería ocuparlo. Su cuerpo se movía como quien no lo hace por costumbre sino por instinto; ese tipo de reflejos que no se aprenden, sino con los que se nacen. Y cuando su mano rozó la mía, el contacto fue suficiente para que toda la escena se ralentizara un segundo.
El roce fue mínimo.
Tan breve que cualquiera podría haberlo atribuido al azar del pasillo angosto, al movimiento torpe de dos cuerpos grandes compartiendo espacio. Pero yo lo sentí igual. El dorso de su mano contra mis dedos indicando calor, presencia. Una señal que no pedía permiso y tampoco se disculpaba.
Alcé la mirada apenas, siguiendo su espalda mientras avanzaba unos pasos por delante, guiándome. Caminaba como alguien que sabe dónde está parado. Y saber y darme cuenta de eso, siempre fue peligroso para mí.
Cuando señaló la puerta y se giró para enfrentarme, me detuve a menos de un paso.
Demasiado cerca para la cortesía.
Demasiado lejos para tocarlo todavía.
El chaleco abierto dejaba ver la línea firme de su torso, la manera en que respiraba, esa expansión lenta del pecho que no buscaba impresionar y aun así lo hacía.
Lo miré a los ojos, sin importar que estuvieran tras de cristales opacos.
Conocía su color: ese azul profundo donde antes hubo un niño que conocía mi risa y un adolescente que me mostró las calles.
Ese azul que ahora me miraba con hambre sin nombre.
— ¿Enseñarme tu cuarto? — repetí, como si probara el sonido de la idea.
Mi sonrisa fue lenta. No juguetona. Decidida.
Di un paso más.
Ahora sí, el espacio personal dejó de existir.
No lo toqué de inmediato. Dejé que el cuerpo haga primero lo que las palabras ya habían insinuado. Sentí su respiración cambiar apenas.
Guardé mi propia llave en un compartimento lateral de la valija que él sostenía aún y apoyé la mano contra la madera de la puerta, a la altura de su hombro, marcando e imponiendo territorio. El pasillo quedó chico de golpe.
— Tenés una forma muy peculiar de ofrecer hospitalidad — murmuré — No cualquiera se deja invitar tan fácil a la boca del lobo.
Entonces, sin darle aviso ni tregua, lo tomé del chaleco.
No con fuerza. Con certeza.
Lo atraje hacia mí lo justo para que el aire entre los dos se vuelva denso, para que a su cuerpo no le quede más remedio que avanzar. Dejé que su presencia me arrinconara contra la puerta, la madera fría en la espalda contrastando con el calor que él irradiaba. El cuerpo reconoce esas cosas sin pedir permiso.
Sentí su sombra cubrirme.
— Tranquilo… — añadí, casi con humor — No estoy jugando, sé donde quiero meterme.
Mis manos empezaron a moverse entonces, con una naturalidad tan ensayada que parecía accidente. Bajaron por su costado, recorriendo la tela del chaleco, tanteando bolsillos sin prisa, como quien busca algo y no tiene apuro en encontrarlo. Roce de nudillos. Presión leve. El gesto tenía algo de inocente… y nada de ingenuo.
— Dijiste que me guiarías — continué, mientras mis dedos bajaron todavía más hasta que se colaban en los bolsillos delanteros de su pantalón, explorando sin pudor — Yo solo me aseguro de que tengas las herramientas necesarias.
Mis ojos no dejaban de verlo. La respiración se acompasó con la suya. Lo sentía. El pecho subiendo y bajando, el cuerpo respondiendo sin que él tuviera que decir nada. Encontré la llave al tercer intento: metal frío, real, inconfundible. La rodeé con los dedos y la saqué tortuosamente despacio, como si fuera un trofeo menor.
La levanté entre nosotros, sosteniéndola apenas.
— Ajá… — exclamé satisfecha.
Se la ofrecí sin soltarla del todo, mis dedos rozando los suyos al entregársela. El contacto volvió a ser breve. Intencional e ineludible.
— Ahora sí — añadí — Podés mostrarme.
Me incliné apenas hacia adelante, lo suficiente para que mi pecho se abultara por la presión. Mis alas permanecieron plegadas, quietas, contenidas; toda la energía estaba en el centro, en la cercanía, en ese pulso compartido.
— Y si te parece bien… — seguí, alzando la vista otra vez — me vendría de maravilla un poco de agua por el cuerpo. El mar se me pega a la piel como un recuerdo insistente. El viaje también. Es todo un tema.
Deslicé una mano por su antebrazo libre, lenta, como quien evalúa textura y temperatura más que forma.
— Si tenés ganas ahora — dije sin apurar, sin exigir — podés ayudarme con eso. Y de paso me explicás cómo funciona la ducha. Prefiero aprender de primera mano.
La frase quedó suspendida entre nosotros, sin cerrarse del todo. No había urgencia. Solo dirección.
Antes de que hiciera nada, antes de que el momento se desbordara solo, acerqué los labios a su oído, lo justo para que mi voz le llegue baja, conocida, íntima.
— Y antes de que sigamos… — añadí, dejando deslizar la correa de mi mochila por el brazo hasta sostenerla con la mano, marcando el tiempo con su pendular movimiento — Si vamos a tratarnos como corresponde…
Aposté a por más: deslicé con mi mano suelta por su incipiente barba hasta sujetar con suavidad pero con indicación la barbilla, ejerciendo débil fuerza para que su mirada descendiera y sus lentes resbalaran por el puente de la nariz, pudiendo así entrelazar miradas sin que ningún filtro oscuro pudiera evitarlo.
— Decime Bel.
Dicho así.
Sin apellido.
Sin pasado revelado.
Como si siempre hubiera sido ese mi nombre entre nosotros... Y lo había sido.
Ahora estábamos donde exactamente teníamos que estar.
Retiré la mano de su barbilla despacio. No porque realmente quisiera soltarlo, sino para dejar claro que ya no necesitaba sostenerlo así. Mi palma bajó entre los dos hasta su pecho, abierta, tranquila.
— Abrí cuando quieras — añadí, dejando escapar un breve suspiro — Yo ya estoy acá — y esa quietud, decía más que cualquier avance.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
