Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#10
La paz no era una opción para un hombre cuyo orgullo estaba siendo puesto a prueba. En el caso de Enji, la paz nunca era una opción. Portador de un alma vivaz, volátil, y un marcado exceso de confianza en sus habilidades, el marine no toleraba las faltas de respeto. ¡Ojo! Tampoco se consideraba un sujeto fácil de provocar. Tenía un sentido del humor bizarro, dónde todo podía terminar formando parte de una gran broma, así que pasaba por alto la mayoría de insultos y observaciones desacertadas. Las acciones, por otro lado, encendían todas sus mechas a una velocidad alarmante. Llamarle tonto, pervertido, degenerado, y Enji reira. Golpearle como acababan de hacer esos tres alumnos y hará falta toda el agua del océano para apagar su rabia.

Afortunadamente para el trío, toda el agua del océano era poca a comparación de los planetas enteros de baba que podía llegar a soltar Enji por esa mujer.

—Cagones, se creen que no los ví manchando los pantalones cuando apareció el viejo pelado de mierda ese —mascullaba al mismo tiempo que hacían a un lado ciertas ramas que empezaban a presionarle la entrepierna—. Hijos de… ¡Hey, cariño!

La llegada de Ashera dió un vuelco a su humor. Soltó la ira, el rencor y el deseo de venganza con la facilidad que un niño suelta su chupete para llorar. Aún en el aire, flotando a merced de las ramas, logró “pararse” derecho y realizar una postura despreocupada, confiada y “galante” en su trastocada imaginación.

Desafiaba las leyes de la física para verse bien delante de esa mujer.

Dócil, se quitó las ramas de encima con ayuda de Ashera y logró regresar al suelo. Estaba libre y ansioso por saltar encima de aquellos tres, arrastrarlos por el suelo, tirar un par de árboles con sus cabezas, pero no valía la pena. ¿Por qué? Porque la mujer de cuatro metros y caderas como para frenar un tren lo decía. Y si ella lo decía, dios sabía que tenía que ser cierto.

—¿Esto…?

Enji se miró de abajo hacia arriba, empezando por los pies descalzos y terminando en sus hombros desnudos. ¿Quería que se sacase la prenda que faltaba? ¿Tan rápidas iban a ser las cosas?

No, por supuesto que no.

—Ahhh, ponerme… ropa… —dijo, algo decepcionado—. Sí, creo que puedo conseguir algo… pero hace mucho calor. ¿Tú no lo sientes, baby?

Estiró los brazos hacia arriba con las manos entrelazadas e hizo tronar sus nudillos.

Se internaron en una zona distinta, menos condicionada por las “Leyes marciales” que regían especialmente fuerte alrededor de los dojos principales de la isla. Sí a Karate le sacabas los dojos, seguía siendo un lugar regido por el arroz y, por tanto, los arrozales, plagados de estanques y animales varios. Desde ranas a serpientes, pasando por los molestos mosquitos que hacían las noches imposibles en épocas de calor. Las libélulas campaban a sus anchas y las cigarras chillaban desde todas direcciones.

A falta de unos pocos minutos para llegar al pueblo, Enji se acercó a un montón de pasto que había acumulado a un costado del camino, lo apartó de un manotazo y levantó del suelo… una gorra. Le sacó algo de polvo y se la colocó. Tenía el símbolo de la marina adelante.

—Vamos, el viejo del puesto de onigiris aquí cerca me debe una. O unas cuantas. ¿Cuántos quieres, preciosa?
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Enji - 30-01-2026, 07:05 AM

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