La música que nos une [Pasado][Privado]
#2
2 de Invierno, Año 16
Al atardecer
Reino de Samba, South Blue

Mi tiempo en el reino de Samba había sido de lo más encantador hasta el momento, siempre había cosas nuevas por conocer y música qué escuchar. Hace unos días me había aventurado en el mar para conocer el mundo y las infinitas melodías que me aguardaban hasta el rincón más escondido. En este momento mi violín no era un simple instrumento en mis manos sino una extensión de mi pecho, donde solía esconder mis miedos, dudas y quizás alguna cierta angustia de la posibilidad de errar en mis sueños, pero también alberga la esperanza de que el sufrimiento no estaba sobre la mesa. No llevaba mucho en mis bolsillos, solo el estuche de mi violín con algunas fotografías de mi familia guardadas en alguna solapa interior del estuche.

Me percate de la calma perfecta de la tarde, como si el mundo alrededor se encontrase en perfecta paz y armonía. El día de hoy había una neblina que cubría la localidad, los sonidos eran casi silentes y a la vez hogareños. Observé a las personas a mi alrededor, y aunque sus siluetas avanzan con normalidad en sus actividades cotidianas parecen más alegres de lo normal, ¿Acaso me perdía de algo?, a veces odiaba mi defecto de estar siempre inmersa en mi propio mundo.

Solo unos cuantos pasos me llevaron hasta la plaza de Samba, y allí descubrí que casi todos los habitantes se habían reunido para celebrar. El lugar había cobrado vida con faroles de infinitos colores, colgados entre guirnaldas, se balanceaban suavemente con la brisa del viento mientras cumplían con su función de iluminar los rostros alegres de la gente. Mis ojos grises parecían arder de emoción al ver la decoración, y una sonrisa involuntaria escapó de mis labios sin querer como una niña infante al ver el parque de juegos. Las conversaciones, la música y las carcajadas de las personas se mezclaban en armonía coordinada, no era ruido en absoluto, de hecho… te absorbía y te invitaba a moverte y descubrir cada parte de aquel festival casi nocturno.

No pude controlarme, y me deje llevar por mi emoción, visite cada uno de los puestos que vendían todo tipo de cosas, comida, recuerdos artesanales, caramelos, bebidas y cervezas, todo me resultaba verdaderamente único, calido, ya no me sentía forastera o ajena al lugar. Quería ser parte de esto, de esta felicidad colectiva aunque fuera por un segundo, perderme entre la multitud y sentir que pertenecía. Un ligero recuerdo me hizo querer tener a mi familia cerca.

Mis oídos profundizaron en el ambiente y captaron algo especial. Desde una caseta situada en el centro de la plaza, entonaban una melodía que yo conocía a la perfección, con las personas alrededor me era difícil mirar a las personas que interpretaban tan hermosa melodía, pero sin duda podía distinguir el piano marcando el ritmo, acompañado de algún otro instrumento de la familia de la cuerda. Era una canción que no invoca la melancolía, ni tampoco deshacer el buen ambiente que ya estaba sobre el público, era una canción que llamaba a la paz, y a ser unidos.

No lo pude evitar; fue como si aquella canción me llamara y me invitase a formar parte. Saqué el violín de su estuche negro y lo acomodé sobre mis hombros, con un suspiro saliendo de mis labios para aliviar el nerviosismo, sonreía complaciente. Mis manos encontraron su lugar por encima de las cuerdas del violín y al primer desliz del arco fue que la música salió sin esfuerzo pero llena de vida. Mi corazón se unió con el de los músicos de la caseta, quienes, lejos de rechazarme o de invalidar mi música, me recibieron con una sonrisa cómplice sin dejar de tocar sus instrumentos, como si siempre hubiese sido parte de su banda.

Solo pasaron segundos para que el público creciera, atraídos por lo hermoso que se escuchaba la melodía saliendo de nuestros instrumentos compartidos. Las personas se acercaban en familia, con grandes sonrisas, aplaudían, danzaban, chocaban cervezas entre ellos, y yo sentía que la alegría invadía mi pecho en cada nota que salía de mi violín. Me sentía más que completa, me sentía bienvenida y envuelta en una confianza que nunca había sentido antes, una serenidad que no experimentaba hacía mucho tiempo. Con el corazón pleno de seguridad y latiendo al ritmo de la música, cerré los ojos y mis labios comenzaron a pronunciar la letra de aquella canción que amaba hasta los huesos. Con mi voz suave y tranquila, canté, dejando que mi voz se elevará entre los faroles, las risas, las platicas, como si tratase de decir “Aquí estoy”

No sé cuánto tiempo pasó, pero me sentí inmersa en el momento, desde que comencé a cantar no abrí los ojos en ningún momento, solo toque mi violín y canté con mi corazón abierto al público,  siempre con una sonrisa de orgullo y de felicidad genuina. El piano era quién guiaba la melodía, marcando el ritmo y la frecuencia que todos seguíamos con naturalidad, por lo que cuando poco a poco sus notas comenzaron a descender, los demás instrumentos se fueron apagando uno a uno, sabía que el final. Mi voz también descendió con suavidad hasta fundirse en la última entonada de mi violín, clara y delicada. Entonces reinó el silencio. Un silencio breve y lleno de significado, y solo fue cuestión de segundos para que una ola cálida y envolvente de plausas se hiciera presente ante nosotros, era la multitud que estaba más que agradecida por nuestra interpretación.

Mis ojos se abrieron lentamente, con cierto sonrojo sobre mis mejillas pero extasiada por el momento del cuál hace poco pertenecí. Miré a los señores de la caseta nuevamente e incliné mi cabeza y mi cuerpo en señal de respeto y agradecimiento. De los cuáles ellos únicamente se limitaron a sonreír y aplaudir también. 

“Eso fué excelente” escuché decir, y mi atención se dirigio de inmediato hacia un joven de cabello negro, algo de estilo desordenado pero bien parejo. Parecía ser alto, aunque por el momento lo veía sentado en el suelo frente a la caseta, aplaudiendo con entusiasmo cuál niño, sus manos marcando aún el eco de lo que fue nuestra canción. Su sonrisa era amplia, sincera y cargada de una emoción que no intentaba ocultar, y fue encontes que volvió a hablar “¿Podrías continuar?”  preguntó. Esta vez su voz se dirigió claramente hacia mi persona, y comprendí que era a mí a quien hablaba. Parpadeé un par de veces ante su expresiones, no pude evitar corresponder su sonrisa con otra igual pero llena de agradecimiento escondido.

- Muchas gracias…- Expresé, inclinándome en una pequeña reverencia frente a él, como suele hacerlo el artista ante la ovación del público, mientras el murmullo alegre de la plaza seguía ardiente alrededor.

Complací su petición, nuevamente toque aquella hermosa canción frente a él, frente a los demás habitantes, pero esta vez era diferente, no todos se quedaron más solamente el público que ansiaban escucharnos de nuevo. Tras culminar la canción, me acerqué hacia él, con una sonrisa gentil y tranquila … - Mi nombre es Miyori Hoshino, un placer. - Dije mientras le extendía mi mano para que pudiese levantarse de su lugar, y con la otra mano sostenía mi sombrero playero para evitar que saliera volando con la brisa del festival.

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RE: La música que nos une [Pasado][Privado] - por Miyori Hoshino - 31-01-2026, 04:45 AM

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