A la caza de la cena
#8
La jungla ya no me imponía respeto. Por lo que sea, después de cazar a dos grandes seres, el resto se quedaba bastante… enano. Por lo que sea, después de dos presas abatidas, después del Ankylosaurius derribado con paciencia y del Parasaurolophus cazado con cálculo, el miedo se había transformado en otra cosa. No arrogancia, o al menos no todavía, pero sí esa sensación peligrosa de haberle cogido el pulso a Little Garden. Empezaba a amoldarme a lo salvaje y frondosidad de la isla. El aire de repente olía a hierro seco y savia rota. A sangre antigua. A victoria reciente. Tal vez la arrogancia sí que empezó a recorrer mi pecho.

Avancé con calma, esquivando raíces, evaluando el terreno, no por deseo propio, sino porque con dos dinosaurios a cuestas, te obligas a que el terreno sea lo más llano posible y eso en Little Garden es una aventura incluso más peligrosa que cazar a sus seres. En realidad, mi oído y mi olfato trabajaban sin descanso, esperando una señal conocida entre tanto ruido prehistórico; pues el resto de mi cuerpo estaba trabajando en el siguiente impulso que debía tomar para avanzar, y el siguiente, y el siguiente…

Y entonces lo escuché. Pisadas torpes. Respiración descompensada. Demasiado humana. Me detuve en seco. No hizo falta ver nada aún para saberlo. Tan solo olerlo era suficiente. Han. Solté los dinosaurios. Algo venía detrás de él. Intenté asomarme lo justo para divisarle. Y lo que vi hizo que el gesto se me endureciera al instante.

Han corría. Corría de verdad. No como quien juega a poli-caco o al pilla-pilla, no como quien prueba suerte a ver si continúa después con vida. Corría con el cuerpo inclinado hacia delante, esquivando raíces como podía, con ese punto exacto entre la mala suerte y la supervivencia pura que tanto le caracterizaba. La pregunta era: ¿de qué huye?

Y detrás de él… Un paquicefalosaurio. Palidecí. Mi estómago se cerró en un nudo seco y solo pude bromear para mí misma—. Claro… —murmuré para mí misma, como un pensamiento verbalizado al contemplar la escena tan curiosa que se dibujaba frente a mí—. Yo cazando como una reina y tú… esto.

No me moví de inmediato. No por frialdad, sino por cálculo. Han estaba vivo. Se movía. Pensaba (creo). Estaba usando el terreno. No necesitaba que yo irrumpiera como una salvadora… todavía. Lo vi echar a correr de nuevo, cambiar de rumbo, forzar al animal a chocar contra raíces gruesas. No pude evitar reírme ante la escena que estaba presenciando. Tal vez debiera ayudarle. Tal vez… Pero no, no grité, no corrí hacia él. Tan solo sonreí. Esa sonrisa pequeña, ladeada, que solo aparece cuando algo sigue siendo interesante.

Finalmente decidí dejar a mis presas atrás y saltar sobre el hombro de Han. ¡Ventajas de ser tan pequeña y liviana! Te puedes dejar caer en cualquier sitio—. ¡Bú! —bromeé, buscando darle una sorpresa, aunque tal vez con un dinosaurio a nuestras espaldas no era la mejor de las ideas—. Veo que has encontrado fauna local —comenté, aparentemente tranquila, cuando lo cierto es que tener al dinosaurio a mis espaldas no me hacía sentirme para nada tranquila o cómoda—. Yo he tenido mejor suerte.

Señalé vagamente hacia atrás con el pulgar, hacia el dinosaurio, intentando mantener aún esa fachada de tranquilidad—. Dos presas ya. Ankylosaurius y Parasaurolophus.

Levanté la barbilla, orgullosa. Quizá no era el momento idóneo para presumir de quién había cazado más y tal vez debería ayudarle… pero tampoco era el momento idóneo para ignorar que la situación tenía un punto deliciosamente absurdo. Me acomodé mejor sobre su hombro, clavando los dedos en su ropa para no salir despedida al primer giro brusco.

Eché un vistazo rápido al Paquicefalosaurio, que seguía resoplando y golpeando el suelo como si el mundo le debiera algo—. Cansarlo psicológicamente. Hacerle creer que te tiene. Luego huir. Repetir. Muy… conceptual. Que malo eres —habló la reina cazadora.

No pude evitar soltar una risita. Me incliné hacia delante, señalando con el mentón una zona llena de raíces gruesas y árboles cercanos.

— Gira a la izquierda cuando llegue allí. Yo le distraigo. Tú corre. Mucho. Y si sobrevives… —sonreí, ladeando la cabeza, porque ambos sabíamos que ganar tal vez no, pero sobrevivir era lo que mejor se le daba hacer, por conveniencia del guion tal vez o por azares del destino, quién sabe— …te dejo decir que ha sido empate.
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