01-02-2026, 08:08 PM
Llevaba ya un tramo recorrido el pelinegro, no había salido en busca de aventura, ni diversión, ésta vez no intuía nada. Solo le estaba escapando al día mismo, como quien espera que se cumpla una línea más en la pared de la celda de su prisión. El tiempo corría lento, se escurría como agua por una pequeña filtración, poco a poco agotandose, empatando el ritmo de sus zancadas, disueltas por completo en calma, o más que calma quizás era quietud...
El camino se alejaba poco a poco del tumulto, de los ruidos joviales, los colores se hacían menos vivos, y todo daba a relucir la realidad, cuanto más te alejabas del movimiento, del comercio, la vida iba mucho más lento, o al menos eso parecía. El humo del cigarro se escurría entre los dedos de Cill, aquel pirata que dejaba escapar el humo por su boca también exhalando tensión junto al humo. No podría siquiera aseverar que hora era aquel joven pirata, se encontraba más bien arremolinado por aquella sensación extraña de paz. Los comercios de plano dejaban de verse tanto, como también su planificación, como por ejemplo de pertenecer a la urbe y fachada de la ciudad, a ser puestos improvisados, con carros, o taburetes, incluso ferias…
Siguiendo su camino el espadachín, había finalmente sucumbido a lo terrenal, su cuerpo empezaba a hacer llegar las señales a su cabeza… La sed era real, lo mismo que el deseo de comer algo… Alzo su vista al cielo un instante y suspiró el humo mientras zarandeó con los dedos el cigarro y vaciar su ceniza. Al volver su vista en el camino, más delante se veía un puesto, humilde, pequeño, de esos que tienen muchas menos pintas contra la calidad que tienen para ofrecer al gusto y alguna que otra historia que contar…
Sin mucha más dilación no le dio vueltas al asunto. Se sentó al lado de un sujeto de pelo largo, y sonriente se dirigió al tendero.
—Un caldo de fideos por favor— pidió amablemente luego de saludar gestualmente. —Y algo de licor barato— concluyó sonriendo mientras encendía un cigarro para esperar su orden, no pidió cenicero... No haría falta, el suelo de la calle sería el cenicero más grande del mundo.
El camino se alejaba poco a poco del tumulto, de los ruidos joviales, los colores se hacían menos vivos, y todo daba a relucir la realidad, cuanto más te alejabas del movimiento, del comercio, la vida iba mucho más lento, o al menos eso parecía. El humo del cigarro se escurría entre los dedos de Cill, aquel pirata que dejaba escapar el humo por su boca también exhalando tensión junto al humo. No podría siquiera aseverar que hora era aquel joven pirata, se encontraba más bien arremolinado por aquella sensación extraña de paz. Los comercios de plano dejaban de verse tanto, como también su planificación, como por ejemplo de pertenecer a la urbe y fachada de la ciudad, a ser puestos improvisados, con carros, o taburetes, incluso ferias…
Siguiendo su camino el espadachín, había finalmente sucumbido a lo terrenal, su cuerpo empezaba a hacer llegar las señales a su cabeza… La sed era real, lo mismo que el deseo de comer algo… Alzo su vista al cielo un instante y suspiró el humo mientras zarandeó con los dedos el cigarro y vaciar su ceniza. Al volver su vista en el camino, más delante se veía un puesto, humilde, pequeño, de esos que tienen muchas menos pintas contra la calidad que tienen para ofrecer al gusto y alguna que otra historia que contar…
Sin mucha más dilación no le dio vueltas al asunto. Se sentó al lado de un sujeto de pelo largo, y sonriente se dirigió al tendero.
—Un caldo de fideos por favor— pidió amablemente luego de saludar gestualmente. —Y algo de licor barato— concluyó sonriendo mientras encendía un cigarro para esperar su orden, no pidió cenicero... No haría falta, el suelo de la calle sería el cenicero más grande del mundo.
