01-02-2026, 08:35 PM
(Última modificación: 01-02-2026, 08:36 PM por Lázaro Esvendim A. Montege.)
Dos horas completas viendo cómo un grupo de inútiles se turnaba entre beber, reír como focas con retraso y fingir que vigilaban un campamento que, francamente, parecía más un basurero con aspiraciones que una guarida criminal, fue tedioso, sí, pero no inútil. Yo no pierdo el tiempo, prefiero invertirlo. Desde mi posición elevada, una rama perfectamente cómoda, aunque indigna de alguien de mi categoría, pude confirmar lo evidente y lo importante. Lo evidente; la mayoría de las ¨Ratas¨ no son más que jóvenes idiotas con demasiado alcohol en sangre y muy pocas neuronas funcionando al mismo tiempo. Se levantaban para mear sin avisar, discutían por porciones de guiso como si fuera alta cocina y dejaban armas apoyadas contra cajas mal cerradas. Un empujón bien dado y la mitad de ellos se haría daño solo por caerse encima unos de otros.
Lo importante, en cambio, requería ojos entrenados, tres, mínimo tres individuos destacaban claramente del resto, el primero era el supuesto vigía. Digo “supuesto” porque su disciplina era una broma, pero aun así era el único que no bebía sin parar. Observaba el perímetro de forma intermitente, corregía la postura de otros con gestos secos y, lo más relevante, era el único que llevaba algo parecido a una ruta fija de patrullaje visual. No era bueno, pero sabía que debía parecerlo.
La segunda era Margarita Tachera, apreté el bastón con fuerza al reconocerla del relato que había escuchado tiempo atrás en otro puerto, no porque me sorprendiera verla allí, sino porque encajaba demasiado bien. La forma en que reía, cómo se acercaba a los más borrachos para “jugar” con el machete, cómo tocaba la hoja como si fuera una joya, esa mujer no robaba por necesidad. Robaba por placer, el tipo de persona que necesita que otros sufran para recordar que alguna vez fue alguien importante. —Una mujer noble caída en desgracia —murmuré con desdén —Bah. La caída no te volvió monstruo, solo te quitó el disfraz.— Atar gente para dejarlos morir de hambre, marcar cuerpos con cruces como si fueran ganado defectuoso. No era solo una criminal, era un mensaje mal escrito con sangre, capturarla no era una cuestión de recompensa, era una obligación moral y una advertencia para cualquiera que creyera que la crueldad quedaba impune si te escondías lo suficiente.
Y luego estaba él. Jeremy Mooreya. Exmarine, desertor, corrupto hasta la médula. Cuando lo vi, entendí por qué el campamento estaba tan bien distribuido. por qué había vigilancia real, aunque mediocre, por qué no daban golpes grandes. Ese hombre sabía exactamente cuánto crimen podía cometer sin atraer una flota, sabía cómo funciona la Marina porque fue parte de ella y decidió venderla por monedas y miedo, contratar piratas para “apaciguar” un pueblo. Dejar que niños murieran porque era más fácil que perder el control, ese tipo de hombre no huye por cobardía, huye porque cree que el mundo le debe algo. —A ti te van a querer vivo —pensé, con una sonrisa fría.
Tres objetivos, tres destinos distintos, pero antes había que limpiar la mesa. Los cabos sueltos siempre son los que joden una cacería. Los gritos inesperados, el borracho que despierta en el peor momento, el idiota que corre sin saber a dónde y alerta a todo el campamento, no podía permitírmelo, no aquí. Me deslicé fuera de la rama con cuidado, dejando que mi peso cayera justo donde el suelo estaba más firme. No hice ni un ruido innecesario, el barro apenas se quejó bajo mis botas. El hacha ya estaba en mi mano, no tuve que pensar en sacarla, era una extensión más de mi cuerpo, fría, familiar, honesta.
Ocho idiotas que no hacían nada, dormidos, medio inconscientes, borrachos hasta el punto de no distinguir un sueño de una pesadilla, para ellos daba igual estar vivos o muertos. Para mí también. El primero estaba recostado contra una caja, la boca abierta, roncando como si el mundo le debiera descanso. Me acerqué por detrás y, sin ceremonia, giré el hacha en un movimiento corto y seco. No hubo sangre volando ni espectáculo. Solo un cuerpo que dejó de ser un problema, lo acomodé en el suelo con cuidado, casi con educación mientras el silencio seguia intacto.
El segundo y el tercero estaban juntos, compartiendo una lona mugrienta. Uno murmuraba incoherencias, el otro se rió en sueños, no me detuve a escuchar qué decían, un paso, un giro de muñeca, dos impactos precisos. El hacha no necesitó fuerza bruta, solo dirección, dos respiraciones menos en el campamento. El cuarto despertó lo justo para entender que algo iba mal, sus ojos se abrieron, la boca intentó formar una palabra, pero no llegó hacerlo, el mango del hacha le cerró la tráquea y la hoja hizo el resto. Murió con sorpresa en la cara, siempre es así con los estúpidos. El quinto estaba dormido con una botella en mano, cabeza caída hacia atrás. Dudé un segundo si estaba despierto, pero no lo estaba aunque realmente no importaba, bastó un golpe lateral, rápido y el sonido fue opaco, casi decepcionante.
Para cuando llegué al sexto ya sentía el ritmo, no era adrenalina, era mas bien una rutina. El tipo estaba tirado boca abajo, bastó con pisarle la espalda para inmovilizarlo y acabar con el asunto. El séptimo intentó incorporarse al escuchar algo, tal vez su cuerpo supo antes que su mente, pero tropezó con su propia manta mientras que el octavo ni siquiera tuvo esa oportunidad, ocho cuerpos significaban ocho problemas menos. Me tomé un segundo para respirar y mirar alrededor, nadie había gritado, nadie había corrido. El fuego seguía crepitando, el guiso burbujeaba como si nada hubiera pasado, el campamento seguía vivo pero ahora cojo, aunque era cuestión de minutos o segundos para que alguien lo notase.
Lo importante, en cambio, requería ojos entrenados, tres, mínimo tres individuos destacaban claramente del resto, el primero era el supuesto vigía. Digo “supuesto” porque su disciplina era una broma, pero aun así era el único que no bebía sin parar. Observaba el perímetro de forma intermitente, corregía la postura de otros con gestos secos y, lo más relevante, era el único que llevaba algo parecido a una ruta fija de patrullaje visual. No era bueno, pero sabía que debía parecerlo.
La segunda era Margarita Tachera, apreté el bastón con fuerza al reconocerla del relato que había escuchado tiempo atrás en otro puerto, no porque me sorprendiera verla allí, sino porque encajaba demasiado bien. La forma en que reía, cómo se acercaba a los más borrachos para “jugar” con el machete, cómo tocaba la hoja como si fuera una joya, esa mujer no robaba por necesidad. Robaba por placer, el tipo de persona que necesita que otros sufran para recordar que alguna vez fue alguien importante. —Una mujer noble caída en desgracia —murmuré con desdén —Bah. La caída no te volvió monstruo, solo te quitó el disfraz.— Atar gente para dejarlos morir de hambre, marcar cuerpos con cruces como si fueran ganado defectuoso. No era solo una criminal, era un mensaje mal escrito con sangre, capturarla no era una cuestión de recompensa, era una obligación moral y una advertencia para cualquiera que creyera que la crueldad quedaba impune si te escondías lo suficiente.
Y luego estaba él. Jeremy Mooreya. Exmarine, desertor, corrupto hasta la médula. Cuando lo vi, entendí por qué el campamento estaba tan bien distribuido. por qué había vigilancia real, aunque mediocre, por qué no daban golpes grandes. Ese hombre sabía exactamente cuánto crimen podía cometer sin atraer una flota, sabía cómo funciona la Marina porque fue parte de ella y decidió venderla por monedas y miedo, contratar piratas para “apaciguar” un pueblo. Dejar que niños murieran porque era más fácil que perder el control, ese tipo de hombre no huye por cobardía, huye porque cree que el mundo le debe algo. —A ti te van a querer vivo —pensé, con una sonrisa fría.
Tres objetivos, tres destinos distintos, pero antes había que limpiar la mesa. Los cabos sueltos siempre son los que joden una cacería. Los gritos inesperados, el borracho que despierta en el peor momento, el idiota que corre sin saber a dónde y alerta a todo el campamento, no podía permitírmelo, no aquí. Me deslicé fuera de la rama con cuidado, dejando que mi peso cayera justo donde el suelo estaba más firme. No hice ni un ruido innecesario, el barro apenas se quejó bajo mis botas. El hacha ya estaba en mi mano, no tuve que pensar en sacarla, era una extensión más de mi cuerpo, fría, familiar, honesta.
Ocho idiotas que no hacían nada, dormidos, medio inconscientes, borrachos hasta el punto de no distinguir un sueño de una pesadilla, para ellos daba igual estar vivos o muertos. Para mí también. El primero estaba recostado contra una caja, la boca abierta, roncando como si el mundo le debiera descanso. Me acerqué por detrás y, sin ceremonia, giré el hacha en un movimiento corto y seco. No hubo sangre volando ni espectáculo. Solo un cuerpo que dejó de ser un problema, lo acomodé en el suelo con cuidado, casi con educación mientras el silencio seguia intacto.
El segundo y el tercero estaban juntos, compartiendo una lona mugrienta. Uno murmuraba incoherencias, el otro se rió en sueños, no me detuve a escuchar qué decían, un paso, un giro de muñeca, dos impactos precisos. El hacha no necesitó fuerza bruta, solo dirección, dos respiraciones menos en el campamento. El cuarto despertó lo justo para entender que algo iba mal, sus ojos se abrieron, la boca intentó formar una palabra, pero no llegó hacerlo, el mango del hacha le cerró la tráquea y la hoja hizo el resto. Murió con sorpresa en la cara, siempre es así con los estúpidos. El quinto estaba dormido con una botella en mano, cabeza caída hacia atrás. Dudé un segundo si estaba despierto, pero no lo estaba aunque realmente no importaba, bastó un golpe lateral, rápido y el sonido fue opaco, casi decepcionante.
Para cuando llegué al sexto ya sentía el ritmo, no era adrenalina, era mas bien una rutina. El tipo estaba tirado boca abajo, bastó con pisarle la espalda para inmovilizarlo y acabar con el asunto. El séptimo intentó incorporarse al escuchar algo, tal vez su cuerpo supo antes que su mente, pero tropezó con su propia manta mientras que el octavo ni siquiera tuvo esa oportunidad, ocho cuerpos significaban ocho problemas menos. Me tomé un segundo para respirar y mirar alrededor, nadie había gritado, nadie había corrido. El fuego seguía crepitando, el guiso burbujeaba como si nada hubiera pasado, el campamento seguía vivo pero ahora cojo, aunque era cuestión de minutos o segundos para que alguien lo notase.
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