02-02-2026, 12:13 AM
(Última modificación: 02-02-2026, 12:40 AM por Ryota Miyamoto.)
En isla samba, la capital de los pasos prohibidos, la música y las mujeres de extrema belleza, también sobresalía la agricultura.
Cientos de extensos terrenos cubiertos de caña de azúcar se desplegaban ante la vista y, ubicados en los extremos de la isla, ofrecían un terreno llano perfecto para el establecimiento de granjas encargadas de procesar la materia prima y transformarla en insumos destinados al aprovechamiento humano.
Varios eran los turistas que recorrían ese camino, pero pocos se aventuraban más allá para disfrutar de una experiencia auténtica. El verdadero esfuerzo local que te enseñaba cómo algunas de las granjas continuaban su labor pese a los recursos limitados o el impacto del tiempo. Después de todo, ¿Cuál otra podría ser la razón para visitar estas recónditas granjas?

“Buscaaa looo más vital no más, lo que necesidad no más y olvídate, de la preocupacióóón, tan solo, lo más esencial, para vivir sin batallar mamá naturalezaaa te lo daa.”
Canturreaba uno de los turistas, Ryota Miyamoto, al caminar en búsqueda de un lugar solitario para disfrutar un buen porro a la intemperie.
Varios minutos antes lo había intentado, pero tras la vista amarga de algunos turistas conservadores hacia un pobre hombre que solo caminaba con algunos vendajes, decidió buscar un lugar más apartado para no sufrir el mismo rechazo social.
Fue de esa forma en que el castaño consiguió llegar hasta un camino que daba a una granja olvidada a extremos de la jungla. Seguro era el sitio perfecto para lo que deseaba, o por lo menos eso pensó.

Ya que atravesando ese mismo camino pareció encontrarse entre los campos de caña, a un pequeño y anciano hombre dialogando con el mismo sujeto que el grupo de antes había observado con desconfianza.
Gracias a su agudo sentido, escuchó la conversación entre ambos caballeros y decidió aproximarse.
Le fue obvio notar el sarcasmo en las palabras del más joven y no podía culparlo. No existía poder humano capaz de convencer a nadie de que era una buena idea trabajar gratis bajo el fuerte sol. “Hey, que onda Bros.” Expreso al acercarse, levantando la diestra en forma de saludo hacia los dos. “No pude evitar escuchar su conversación y francamente, viejo, es difícil trabajar gratis por amor al prójimo.” Se expresó sin descaro ni tapujos, como si no sintiera la menor vergüenza al hablar frente a un anciano necesitado. “Así que, si me ofrece el dinero que paga a todos sus empleados por el día, yo con seguridad haré el trabajo que está pidiendo, así nuestro colega puede liberarse del problema.” Sonrió al finalizar sus palabras, despidiendo un aura de confianza y seguridad. “Solo que debe pagarme por adelantado, con ese dinero me sentiré motivado a trabajar.” Mintió con soltura enseñando los músculos de su brazo para hacer ver que hablaba en serio, aunque no era nada del otro mundo.
El anciano guardó silencio unos segundos, pensó en la oferta que se habría ante él y con la astucia que solo da la edad, respondió.
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