02-02-2026, 01:07 AM
3 horas después.
No me sentía mejor, estaba drenado y no podía creer que había tardado casi dos horas en decidirme si quemar la casa o no para finalmente no hacerlo. ¿Qué me detenía? La indecisión era tremendamente estúpida y aun así había algo que no me permitía hacerlo, una fuerza que me tomaba del brazo, apretándome hasta sentir que me cortaba la circulación. ¿El fantasma del viejo? ¿Tanto así quería esta estúpida propiedad donde finalmente murió?
El silencio del lugar no ayudaba. No era un silencio limpio, sino uno cargado, espeso, como si las paredes respiraran a destiempo conmigo. Cada crujido de la madera sonaba a reproche, cada sombra alargada por la luz moribunda parecía observarme con paciencia burlona. La casa no me suplicaba; me esperaba. Y eso era peor.
Mis dedos aún olían a combustible, un aroma áspero que se mezclaba con el polvo viejo y la humedad enquistada en los rincones. Bastaba una chispa. Una sola. Lo sabía. Pero el encendedor pesaba toneladas en el bolsillo, como si no fuera metal sino culpa comprimida. Pensé en su voz, no clara, no real, sino como un eco deformado de recuerdos que nunca pedí conservar. Pensé en su risa seca, en su manía de llamar “hogar” a esta tumba mal ventilada.
Apreté los dientes. Me dije que no era miedo. No exactamente. Era… otra cosa. Una especie de reconocimiento enfermizo, como si al destruir la casa tuviera que aceptar que todo lo que ocurrió aquí fue real, irreversible. Quemarla no borraría nada. Tal vez solo lo haría más terrible.
Solté el brazo que no estaba siendo sujetado por nadie y aun así dolía. Me reí por lo bajo, una risa sin humor, cansada, rota. Qué patético: discutir con una casa, perder contra recuerdos, dejar que un muerto ganara otra vez. Di un paso atrás, luego otro, y sentí cómo la decisión se deshacía en mi pecho, no por alivio, sino por agotamiento.
No la quemé. No esa noche.
Tenía algo mucho mejor que hacer.
Al regresar tenía el tiempo suficiente para arreglarme con dedicación, intentando pensar en cualquier cosa menos en lo que llevaba pensando estos tres días y esperando que no se me notara lo cansado que estaba.
El agua fría en el rostro fue un alivio breve, casi insultante, porque no lograba borrar del todo la pesadez que se me había instalado en los huesos. Me observé en el espejo un segundo más de lo necesario, ajustando detalles mínimos: la ropa, el cabello, la postura como si el cuidado externo pudiera compensar el desgaste interno. Respiré hondo, varias veces, ensayando una expresión neutra, una que no delatara las noches mal dormidas ni la obsesión silenciosa que me había acompañado desde entonces.
Elegí cada prenda con una precisión casi mecánica, dándome el lujo de la lentitud solo para no dejar espacio a los pensamientos. Aun así, regresaban, tercos, filtrándose entre movimientos rutinarios, recordándome que no se esfuman solo porque uno decida ignorarlos. Me dije que bastaría con aparentar normalidad, con sostener la fachada el tiempo necesario. Nadie tenía por qué notar el temblor leve en las manos ni el peso que me caía sobre los hombros como una sombra persistente.
Cuando al fin estuve listo, me quedé inmóvil un instante, cerrando los ojos. No estaba mejor, pero al menos parecía estarlo. Y, por ahora, tendría que ser suficiente.
Salí del hostal en dirección al restaurante, uno bastante bueno por la zona, y sin más, al llegar a la entrada lo esperé, cruzándome de brazos.
El trayecto fue corto, pero lo sentí más largo de lo que realmente era. Las calles estaban animadas a esa hora, llenas de conversaciones ajenas, risas dispersas y el tintinear de cubiertos que escapaba por las ventanas abiertas. Todo seguía su curso con una normalidad casi ofensiva, como si el mundo no tuviera idea del ruido constante que me martillaba la cabeza. Caminé con paso firme, manteniendo el ritmo, obligándome a no disminuir la marcha ni volver la vista atrás.
El restaurante destacaba entre los demás locales, elegante sin ser pretencioso, con una luz cálida que invitaba a quedarse. Desde la entrada se escapaban aromas bien definidos, especias y algo tostado que despertaba el estómago a pesar del cansancio. Me detuve frente a la puerta, acomodé el peso de mi cuerpo y crucé los brazos, apoyándome apenas en la pared cercana mientras fingía paciencia.
Observé a la gente entrar y salir, parejas, grupos pequeños, desconocidos que no tenían nada que ver conmigo ni con lo que esperaba. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la mirada por reflejo, solo para bajarla de nuevo al comprobar que aún no era él. Exhalé despacio, conteniendo la impaciencia, recordándome que había aceptado estar allí y que, llegado ese punto, no tenía sentido arrepentirme.

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