03-02-2026, 10:35 PM
Al inicio —como en cualquier inicio de una buena historia que se precie de serlo, o al menos de tener una ortografía decente—, nuestro protagonista no pasó desapercibido.
Y es que el bandido pez-barril, pese a nadar en aquel angosto mar de aire con la convicción de quien se cree un experto oceanógrafo de secano, todavía conservaba un instinto medianamente operativo. Así que, cuando aleteó de forma espasmódica —exactamente como si una anguila eléctrica le hubiera rozado, ignorando la nula probabilidad estadística de que una anguila nade en un barril de pescado podrido—, fue porque la hojarasca acababa de crujir bajo el peso del marine. Después, como si algo en él hubiera predicho el futuro, se quedó inmóvil. Y… luego no pasó nada interesante. Al menos no por su parte. Pero, por suerte, el universo, que a veces tiene la cortesía de rellenar los silencios, decidió esta vez que Enji se encargara de ello.
¿Habían sido las paredes cubiertas de arañazos o el extraño brillo, vagamente oculto por el propio cuerpo del bandido, lo que desencadenaron la escena que ocurrió a continuación? Sólo Enji lo sabía porque eso fue lo que vió.
Y de repente…
¡Bam!
¡Cataplam!
Lo brillante voló. Voló y volvió a volar, mientras el hombre rodaba, rodaba y rodaba. Y, al final, rodó tanto que Enji tuvo tiempo suficiente para apreciar lo que había dentro de la tienda antes de que el bandido terminara de estabilizar su nueva posición geográfica.
Al entrar, lo primero que el marine pudo notar fue que el suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra pardusca cuyo objetivo original —amortiguar el ruido de las pisadas— era incapaz de cumplir. Sobre la tela, un colchón de documentos descansaba sobre el pisoteado y viejo suelo, formando clapas blancas que parecían un intento fallido de decoración abstracta.
El espacio era relativamente angosto.
En el centro, un escritorio portátil sostenía más papelería, una brújula abierta y una jarra de metal con agua tibia que, a juzgar por su aspecto melancólico, había sido abandonada por su dueño hacía poco.
Lo único que no parecía estar deteriorado eran las «paredes» interiores, reforzadas por estacas con una solidez de dudosa eficiencia. En los laterales no había nada interesante pero, al fondo y a la vista de todos, se alzaba un cartel que explicaba demasiadas cosas.
Neuroburocracia Aplicada: Cómo evitar responsabilidades mediante la gestión creativa de la memoria.
El título del cartel, escrito en una gama cromática de blancos clínicos, cubría la mitad del cuerpo de un hombre ilustrado que señalaba al espectador e invitaba a apuntarse al evento. A su izquierda, integrado en un bocadillo como si se tratara de un personaje de cómic, se leía una máxima legal de dudosa ética: «Si no recuerdas un crimen, técnicamente no puedes haberlo cometido en términos declarativos».
¡Plam!
El brazo del hombre-barril cayó de lleno sobre un montón de papeles, haciéndolos volar por todo el lugar con la energía de un archivo que se sabe libre. Consecuentemente, entre la ventisca de folios, Enji pudo distinguir títulos que habrían hecho llorar a cualquier ser con un mínimo de conciencia: «Seguro Anti-Testimonios», «Cláusula 3.1: El firmante renuncia a cualquier recuerdo que pueda resultar perjudicial para la organización» y la siempre pragmática «Cláusula 3.2: En caso de duda, olvidar más».
—Gloo, gloo, gloo… dona, dona —expulsó el hombre-barril mientras se retorcía como un pez fuera del agua, tratando de nadar en aquel mar de negligencia legal—. Gloo, gloo, gloo… ¿Don Átivos? — Y tras esas palabras, su mirada se perdió en algún punto del vacío infinito para librar una batalla intelectual contra el descubrimiento del secreto del universo.
Contienda que, dicho sea de paso, iba perdiendo.
Pero eso, Enji, no lo tuvo que ver. Pues para cuando el hombre del barril alcanzó el éxtasis de la idiotez, el marine ya se encontraba a medio camino de su siguiente desastre.
¡Y no era para menos!
Porque si algo parecía tener en contra ese día el joven marine, eran la lógica y la física; dos entidades que, por lo general, suelen llevarse mal con los protagonistas de las buenas historias. La lógica porque... Bueno, ¿acaso hace falta explicar más a estas alturas? Y la física por el simple hecho de que, en algún punto del trayecto, mientras Enji corría flanqueando a los gorilas, uno de ellos se tambaleó hacia atrás.
Al hacerlo, desplazó una caja que descansaba a su espalda —una de esas cajas que alguien ha forrado con gomaespuma en un intento desesperado por evitar esquinas punzantes—, provocando que los pantalones de Enji se rasgaran y salieran despedidos con la coreografía ensayada de un stripper profesional. Ante tal desplante, su parte superior, poseída por un súbito ataque de envidia textil, decidió imitar la maniobra.
Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.
Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.
Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.
Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.
Después, tan pronto como sintió la prenda, el moreno giró la cabeza despacio. Sus músculos se tensaron y las cicatrices bulbosas de su cuerpo parecieron contraerse.
—Ahora soy yo el capitán —anunció, recolocándose el pantalón a modo de capa, profundamente satisfecho con la solución.
Un segundo después, el resto de la ropa terminó por caerle encima al gorila rubio, cubriéndole la cabeza con la precisión de un telón de teatro barato con olor a humo.
—Y yo, el rey.
Ambos se quedaron mirando por un momento, lo suficiente como para darse cuenta de que la escena se había transformado en ese tipo de momento que suele preceder a una gran revelación… o a un estornudo exageradamente inoportuno. Pero ninguno de ellos estornudó. En realidad, lo que ocurrió fue que ambos se pusieron en pie y, por un instante de lucidez traumática, parecieron recordar algo fundamental: no eran amigos.
Eran, de hecho, rivales por el puesto de Director Especialista Jefe de Asuntos de Desgracias Ajenas, también conocido como D.E.J.A.D.A. No conviene confundirlo con el verbo dejar, como en: «Me voy a sentir dejada», frase que pronunció la novia del grandullón cuando este le informó de que el jefe le había pedido ejecutar el protocolo anti enemigos.
Y, entonces, tan pronto como lo recordaron, el moreno, aún envuelto en su capa-pantalón, señaló al rubio con una uña sucia que poseía más autoridad de la que cualquier hombre —con o sin pantalones— debería poseer jamás.
Paralelamente al desarrollo de esta escena, a pocos metros de ahí, Enji parecía haber entablado una breve conversación con el bandido de la sopa. Lamentablemente, el bandido se encontraba ligeramente conmocionado para articular palabra; verás, Don Átivos tenía una muy mala costumbre que siempre solía tener contacto con él. Y no, no era precisamente la de donar.
Bueno… aunque si entendemos por «donar» el acto de asfixiar —en sentido figurado, aunque siendo justos, en ocasiones también literal— a otros hasta dejarles sin absolutamente nada, entonces sí: Don Átivos era extraordinariamente generoso. Poseía una pésima costumbre con vocación filantrópica y un talento innato para ejercerla sobre cualquiera que se cruzara en su camino el tiempo suficiente.
Así que no resultó especialmente sorprendente que, en cuanto el bandido del caldero vio a Enji probar la comida, reaccionara como si su columna vertebral hubiera decidido tomarse el día libre por asuntos propios. Haciéndole a Enji ver que, en cualquier momento, las piernas del bandido iniciarían una huida unilateral.
—¡Señor! —gritó el hombre con un entusiasmo desmedido, impropio de alguien que llevaba horas removiendo un caldero con la mirada perdida—. ¡Señor, ahí están los libros de contabilidad! —añadió señalando con desesperación a la nada—. ¡Señor, he hecho la soppa como a usted le gusta!
Justo en ese instante, uno de los dos bandidos que estaban a punto de entrar en un conflicto armado —o, al menos, en una discusión muy acalorada sobre quién llevaba mejor el uniforme de Enji—, habló.
—Tú… —gruñó el moreno, y su voz sonó como un archivador oxidándose en medio de la humedad selvática—, tú no tienes el pase de nivel volcánico. El jefe fue muy claro: solo los que saben nadar en seco entran hoy en la chimenea.
El rubio, cuya cabeza seguía asomando por el cuello de la camisa del marine como un periscopio confundido, soltó una carcajada que no tenía nada de gracia y sí mucho de eco cavernoso.
—¿Pase? —metió la mano en el bolsillo del pantalón que ahora le servía de accesorio real, y sacó un pequeño papel arrugado de color marfil. Lo sostuvo frente a los ojos del otro y se lo restregó por la cara con un desprecio puramente administrativo—. La oficina de Don Átivos se ha mudado al Interior.
Y, justo en ese instante, es donde todo se torció hasta doblarse sobre sí mismo y vomitarse.
Y es que el hombre del caldero se tensó de inmediato ante las palabras de Enji, llevándose una mano al cuello con un gesto espasmódico, como si intentara evitar ser estrangulado por una corbata invisible o por su propio sentido de la responsabilidad.
—E-eh… señor… ¡la sopa de piedras ya tiene el IVA incluido! —gritó de repente, con la voz quebrada por un terror puramente administrativo.
Entonces, lo invocó.
—¿¡IVA!? ¡Voy! —bramó el Rey de amarillo recientemente coronado, cuya lealtad al protocolo fiscal parecía ser lo único que sobrevivía en su maltratado cerebro.
Con una urgencia que solo un auditor del F.I.S.C.O. en plena campaña de recaudación podría comprender, el rubio ignoró por completo su disputa territorial con el Capitán —y el hecho de que llevaba una camisa por sombrero— y se abalanzó hacia el grupo.
—¡Aquí tiene el pase! ¡No nos multe, por el amor de Don Átivos! —suplicó, deteniéndose en seco frente a un Enji que seguía sosteniendo el cucharón.
Pero el Capitán —el moreno envuelto en los pantalones de Enji— no estaba dispuesto a permitir que una auditoría externa arruinara su plan de carrera.
—¡Falsificación documental! —bramó, lanzándose al ataque de cabeza con la sutileza de un rinoceronte con un doctorado en contabilidad.
El impacto fue inmediato y geométricamente improbable. El Capitán placó al Rey justo cuando este iba a soltar la carta, provocando que ambos colisionaran contra el caldero de sopa de piedras. El recipiente, que ya sufría de una presión fiscal insostenible, voló por los aires derramando su contenido grisáceo y salado sobre el cocinero, quien interpretó el baño caliente como una "retención de activos" y empezó a repartir puñetazos al aire por puro pánico.
En un abrir y cerrar de ojos, el campamento se transformó en una melé de músculos, cicatrices y prendas de vestir ajenas. El Rey intentaba ponerse en pie tras el golpe. el Capitán rodaba adolorido por el suelo y el del caldero... había lanzado un puñetazo a Enji.
De repente, entre el remolino de polvo, sopa y gritos sobre el IVA, la carta de marfil salió despedida una vez más, planeando sobre el caos como el único documento legal que nadie quería firmar, pero que todos estaban dispuestos a matar por poseer.
Y es que el bandido pez-barril, pese a nadar en aquel angosto mar de aire con la convicción de quien se cree un experto oceanógrafo de secano, todavía conservaba un instinto medianamente operativo. Así que, cuando aleteó de forma espasmódica —exactamente como si una anguila eléctrica le hubiera rozado, ignorando la nula probabilidad estadística de que una anguila nade en un barril de pescado podrido—, fue porque la hojarasca acababa de crujir bajo el peso del marine. Después, como si algo en él hubiera predicho el futuro, se quedó inmóvil. Y… luego no pasó nada interesante. Al menos no por su parte. Pero, por suerte, el universo, que a veces tiene la cortesía de rellenar los silencios, decidió esta vez que Enji se encargara de ello.
¿Habían sido las paredes cubiertas de arañazos o el extraño brillo, vagamente oculto por el propio cuerpo del bandido, lo que desencadenaron la escena que ocurrió a continuación? Sólo Enji lo sabía porque eso fue lo que vió.
Y de repente…
¡Bam!
¡Cataplam!
Lo brillante voló. Voló y volvió a volar, mientras el hombre rodaba, rodaba y rodaba. Y, al final, rodó tanto que Enji tuvo tiempo suficiente para apreciar lo que había dentro de la tienda antes de que el bandido terminara de estabilizar su nueva posición geográfica.
Al entrar, lo primero que el marine pudo notar fue que el suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra pardusca cuyo objetivo original —amortiguar el ruido de las pisadas— era incapaz de cumplir. Sobre la tela, un colchón de documentos descansaba sobre el pisoteado y viejo suelo, formando clapas blancas que parecían un intento fallido de decoración abstracta.
El espacio era relativamente angosto.
En el centro, un escritorio portátil sostenía más papelería, una brújula abierta y una jarra de metal con agua tibia que, a juzgar por su aspecto melancólico, había sido abandonada por su dueño hacía poco.
Lo único que no parecía estar deteriorado eran las «paredes» interiores, reforzadas por estacas con una solidez de dudosa eficiencia. En los laterales no había nada interesante pero, al fondo y a la vista de todos, se alzaba un cartel que explicaba demasiadas cosas.
Neuroburocracia Aplicada: Cómo evitar responsabilidades mediante la gestión creativa de la memoria.
Poster
El título del cartel, escrito en una gama cromática de blancos clínicos, cubría la mitad del cuerpo de un hombre ilustrado que señalaba al espectador e invitaba a apuntarse al evento. A su izquierda, integrado en un bocadillo como si se tratara de un personaje de cómic, se leía una máxima legal de dudosa ética: «Si no recuerdas un crimen, técnicamente no puedes haberlo cometido en términos declarativos».
¡Plam!
El brazo del hombre-barril cayó de lleno sobre un montón de papeles, haciéndolos volar por todo el lugar con la energía de un archivo que se sabe libre. Consecuentemente, entre la ventisca de folios, Enji pudo distinguir títulos que habrían hecho llorar a cualquier ser con un mínimo de conciencia: «Seguro Anti-Testimonios», «Cláusula 3.1: El firmante renuncia a cualquier recuerdo que pueda resultar perjudicial para la organización» y la siempre pragmática «Cláusula 3.2: En caso de duda, olvidar más».
—Gloo, gloo, gloo… dona, dona —expulsó el hombre-barril mientras se retorcía como un pez fuera del agua, tratando de nadar en aquel mar de negligencia legal—. Gloo, gloo, gloo… ¿Don Átivos? — Y tras esas palabras, su mirada se perdió en algún punto del vacío infinito para librar una batalla intelectual contra el descubrimiento del secreto del universo.
Contienda que, dicho sea de paso, iba perdiendo.
Pero eso, Enji, no lo tuvo que ver. Pues para cuando el hombre del barril alcanzó el éxtasis de la idiotez, el marine ya se encontraba a medio camino de su siguiente desastre.
¡Y no era para menos!
Porque si algo parecía tener en contra ese día el joven marine, eran la lógica y la física; dos entidades que, por lo general, suelen llevarse mal con los protagonistas de las buenas historias. La lógica porque... Bueno, ¿acaso hace falta explicar más a estas alturas? Y la física por el simple hecho de que, en algún punto del trayecto, mientras Enji corría flanqueando a los gorilas, uno de ellos se tambaleó hacia atrás.
Al hacerlo, desplazó una caja que descansaba a su espalda —una de esas cajas que alguien ha forrado con gomaespuma en un intento desesperado por evitar esquinas punzantes—, provocando que los pantalones de Enji se rasgaran y salieran despedidos con la coreografía ensayada de un stripper profesional. Ante tal desplante, su parte superior, poseída por un súbito ataque de envidia textil, decidió imitar la maniobra.
Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.
Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.
Así, el uniforme, que ya había decidido por contrato no cumplir más función alguna, se rindió a la gravedad; al caer, removió el aire viciado del campamento describiendo una parábola poco elegante antes de aterrizar sobre uno de los hombres, que en ese preciso momento señalaba el suelo.
Un gusano moribundo se retorcía en la tierra.
Después, tan pronto como sintió la prenda, el moreno giró la cabeza despacio. Sus músculos se tensaron y las cicatrices bulbosas de su cuerpo parecieron contraerse.
—Ahora soy yo el capitán —anunció, recolocándose el pantalón a modo de capa, profundamente satisfecho con la solución.
Un segundo después, el resto de la ropa terminó por caerle encima al gorila rubio, cubriéndole la cabeza con la precisión de un telón de teatro barato con olor a humo.
—Y yo, el rey.
Ambos se quedaron mirando por un momento, lo suficiente como para darse cuenta de que la escena se había transformado en ese tipo de momento que suele preceder a una gran revelación… o a un estornudo exageradamente inoportuno. Pero ninguno de ellos estornudó. En realidad, lo que ocurrió fue que ambos se pusieron en pie y, por un instante de lucidez traumática, parecieron recordar algo fundamental: no eran amigos.
Eran, de hecho, rivales por el puesto de Director Especialista Jefe de Asuntos de Desgracias Ajenas, también conocido como D.E.J.A.D.A. No conviene confundirlo con el verbo dejar, como en: «Me voy a sentir dejada», frase que pronunció la novia del grandullón cuando este le informó de que el jefe le había pedido ejecutar el protocolo anti enemigos.
Y, entonces, tan pronto como lo recordaron, el moreno, aún envuelto en su capa-pantalón, señaló al rubio con una uña sucia que poseía más autoridad de la que cualquier hombre —con o sin pantalones— debería poseer jamás.
Paralelamente al desarrollo de esta escena, a pocos metros de ahí, Enji parecía haber entablado una breve conversación con el bandido de la sopa. Lamentablemente, el bandido se encontraba ligeramente conmocionado para articular palabra; verás, Don Átivos tenía una muy mala costumbre que siempre solía tener contacto con él. Y no, no era precisamente la de donar.
Bueno… aunque si entendemos por «donar» el acto de asfixiar —en sentido figurado, aunque siendo justos, en ocasiones también literal— a otros hasta dejarles sin absolutamente nada, entonces sí: Don Átivos era extraordinariamente generoso. Poseía una pésima costumbre con vocación filantrópica y un talento innato para ejercerla sobre cualquiera que se cruzara en su camino el tiempo suficiente.
Así que no resultó especialmente sorprendente que, en cuanto el bandido del caldero vio a Enji probar la comida, reaccionara como si su columna vertebral hubiera decidido tomarse el día libre por asuntos propios. Haciéndole a Enji ver que, en cualquier momento, las piernas del bandido iniciarían una huida unilateral.
—¡Señor! —gritó el hombre con un entusiasmo desmedido, impropio de alguien que llevaba horas removiendo un caldero con la mirada perdida—. ¡Señor, ahí están los libros de contabilidad! —añadió señalando con desesperación a la nada—. ¡Señor, he hecho la soppa como a usted le gusta!
Justo en ese instante, uno de los dos bandidos que estaban a punto de entrar en un conflicto armado —o, al menos, en una discusión muy acalorada sobre quién llevaba mejor el uniforme de Enji—, habló.
—Tú… —gruñó el moreno, y su voz sonó como un archivador oxidándose en medio de la humedad selvática—, tú no tienes el pase de nivel volcánico. El jefe fue muy claro: solo los que saben nadar en seco entran hoy en la chimenea.
El rubio, cuya cabeza seguía asomando por el cuello de la camisa del marine como un periscopio confundido, soltó una carcajada que no tenía nada de gracia y sí mucho de eco cavernoso.
—¿Pase? —metió la mano en el bolsillo del pantalón que ahora le servía de accesorio real, y sacó un pequeño papel arrugado de color marfil. Lo sostuvo frente a los ojos del otro y se lo restregó por la cara con un desprecio puramente administrativo—. La oficina de Don Átivos se ha mudado al Interior.
Y, justo en ese instante, es donde todo se torció hasta doblarse sobre sí mismo y vomitarse.
Y es que el hombre del caldero se tensó de inmediato ante las palabras de Enji, llevándose una mano al cuello con un gesto espasmódico, como si intentara evitar ser estrangulado por una corbata invisible o por su propio sentido de la responsabilidad.
—E-eh… señor… ¡la sopa de piedras ya tiene el IVA incluido! —gritó de repente, con la voz quebrada por un terror puramente administrativo.
Entonces, lo invocó.
—¿¡IVA!? ¡Voy! —bramó el Rey de amarillo recientemente coronado, cuya lealtad al protocolo fiscal parecía ser lo único que sobrevivía en su maltratado cerebro.
Con una urgencia que solo un auditor del F.I.S.C.O. en plena campaña de recaudación podría comprender, el rubio ignoró por completo su disputa territorial con el Capitán —y el hecho de que llevaba una camisa por sombrero— y se abalanzó hacia el grupo.
—¡Aquí tiene el pase! ¡No nos multe, por el amor de Don Átivos! —suplicó, deteniéndose en seco frente a un Enji que seguía sosteniendo el cucharón.
Pero el Capitán —el moreno envuelto en los pantalones de Enji— no estaba dispuesto a permitir que una auditoría externa arruinara su plan de carrera.
—¡Falsificación documental! —bramó, lanzándose al ataque de cabeza con la sutileza de un rinoceronte con un doctorado en contabilidad.
Stats Capitán
Stats Rey
El impacto fue inmediato y geométricamente improbable. El Capitán placó al Rey justo cuando este iba a soltar la carta, provocando que ambos colisionaran contra el caldero de sopa de piedras. El recipiente, que ya sufría de una presión fiscal insostenible, voló por los aires derramando su contenido grisáceo y salado sobre el cocinero, quien interpretó el baño caliente como una "retención de activos" y empezó a repartir puñetazos al aire por puro pánico.
En un abrir y cerrar de ojos, el campamento se transformó en una melé de músculos, cicatrices y prendas de vestir ajenas. El Rey intentaba ponerse en pie tras el golpe. el Capitán rodaba adolorido por el suelo y el del caldero... había lanzado un puñetazo a Enji.
Hombre caldero
De repente, entre el remolino de polvo, sopa y gritos sobre el IVA, la carta de marfil salió despedida una vez más, planeando sobre el caos como el único documento legal que nadie quería firmar, pero que todos estaban dispuestos a matar por poseer.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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