04-02-2026, 11:48 PM
La rítmico sonido de la carnosa pulpa entre sus fauces, junto al galope desbocado de su pulso, creó un vacío sensorial donde el mundo exterior pronto dejó de existir. Pues, por un instante, sólo existió el disfrute y su hambre. Pero entonces, de la nada, una descarga gélida —una suerte de transfusión de escarcha pura— invadió su tórax hasta provocarle violentos espasmos en un acelerado corazón que ya de por sí estaba por colapsar.
Y mientras tanto, a sus orejas, sólo llegaba un sordo resquicio del aire que había en ese momento sus pulmones y el ruido viscoso del alimento descendiendo por su garganta.
—¿Hm? —preguntó a Lan tan pronto como su cerebro interpretó que alguno de los selváticos sonidos le había hablado.
Varias gotas de savia espesa recorrieron su piel, cálidas en contraste con su temperatura interna, para acabar muriendo en el suelo. Acto seguido, con manos heladas y trémulas por la adrenalina que la fruta le había inyectado, Bai se limpió el mentón. Bajo su piel, la sangre fluía con la fuerza de un río salvaje; sentía sus venas como cauces demasiado estrechos para un caudal que ya no le pertenecía.
¿Qué le estaba pasando?, se quiso preguntar. Mas jamás se llegó a formar la duda en su agitada mente. Y es que, tan pronto como sus neuronas conectaron para procesarlo, otro pensamiento se atravesó: ¿Quién era esa gente?
La cáscara vacía resbaló de sus dedos, cayendo sobre la tierra con un golpe sordo. Uno, dos, tres, cuatro... Bai empezó a contar de forma automática, pero pronto desistió al comprender que la soledad del claro se había esfumado. Estaban rodeadas. Y, curiosamente, a pesar de verlos armados, no halló rastro de pánico en su interior; la adrenalina de la fruta parecía haber anestesiado su instinto de miedo, sustituyéndolo por una lucidez falsa, fría y combativa.
Entonces, al verse rodeada por una multitud que superaba con creces a sus ganas de actuar, su mano derecha actuó por puro atavismo, cerrándose con fuerza sobre la espada mientras la izquierda tomaba la vaina. Después, sin dejar de mirar al enemigo lupino, amenazó a los hombres mostrando varios centímetros del filo de su arma.
—Lan… —su voz sonó extrañamente ajena a ella—. Ahora mismo no tengo paciencia para diplomacias... ¿Son una amenaza?
Tras ello, hizo una pausa para tragar saliva, sintiendo que quizás ese el momento que tanto había esperado para sacar toda la rabia tras la muerte de Dong.
—Dile a esa… a esa gente… que se mantenga a una distancia prudencial, por favor — le pidió intentando domar al dolor que sentía y que se entremezclaba con esa falta de miedo y prudencia momentánea.
Y mientras tanto, a sus orejas, sólo llegaba un sordo resquicio del aire que había en ese momento sus pulmones y el ruido viscoso del alimento descendiendo por su garganta.
—¿Hm? —preguntó a Lan tan pronto como su cerebro interpretó que alguno de los selváticos sonidos le había hablado.
Varias gotas de savia espesa recorrieron su piel, cálidas en contraste con su temperatura interna, para acabar muriendo en el suelo. Acto seguido, con manos heladas y trémulas por la adrenalina que la fruta le había inyectado, Bai se limpió el mentón. Bajo su piel, la sangre fluía con la fuerza de un río salvaje; sentía sus venas como cauces demasiado estrechos para un caudal que ya no le pertenecía.
¿Qué le estaba pasando?, se quiso preguntar. Mas jamás se llegó a formar la duda en su agitada mente. Y es que, tan pronto como sus neuronas conectaron para procesarlo, otro pensamiento se atravesó: ¿Quién era esa gente?
La cáscara vacía resbaló de sus dedos, cayendo sobre la tierra con un golpe sordo. Uno, dos, tres, cuatro... Bai empezó a contar de forma automática, pero pronto desistió al comprender que la soledad del claro se había esfumado. Estaban rodeadas. Y, curiosamente, a pesar de verlos armados, no halló rastro de pánico en su interior; la adrenalina de la fruta parecía haber anestesiado su instinto de miedo, sustituyéndolo por una lucidez falsa, fría y combativa.
Entonces, al verse rodeada por una multitud que superaba con creces a sus ganas de actuar, su mano derecha actuó por puro atavismo, cerrándose con fuerza sobre la espada mientras la izquierda tomaba la vaina. Después, sin dejar de mirar al enemigo lupino, amenazó a los hombres mostrando varios centímetros del filo de su arma.
—Lan… —su voz sonó extrañamente ajena a ella—. Ahora mismo no tengo paciencia para diplomacias... ¿Son una amenaza?
Tras ello, hizo una pausa para tragar saliva, sintiendo que quizás ese el momento que tanto había esperado para sacar toda la rabia tras la muerte de Dong.
—Dile a esa… a esa gente… que se mantenga a una distancia prudencial, por favor — le pidió intentando domar al dolor que sentía y que se entremezclaba con esa falta de miedo y prudencia momentánea.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
