05-02-2026, 12:52 AM
(Última modificación: 06-02-2026, 05:43 PM por Onizuka Jin.)
Un cansancio indescifrable... O no tan indescifrable realmente. Ni siquiera se había quitado la ropa del día anterior, no. De hecho ni siquiera había regresado a donde se suponía que le tocaba dormir. Sus pasos lo habían llevado lejos incluso de la propia civilización, donde sabía que si tenía ojos, los percibiría. La abstinencia por la falta de tabaco lo estaba destruyendo por dentro y, además, eso sumado al rostro que vio en Tezca, el estrés que había ido acumulando, los pensamientos negativos que lo atacaban. Aún con el sueño no podía ni dormir, lo único que le venía en la mente era el momento en que todo terminó. ¿Terminó? Así era... ahora Tezca lo odiaba, con razones, por supuesto, lo sabía bien pero... Sus ojos estaban fijos a la ciudad, en aquel horario nocturno. Había evitado ese encuentro a propósito, realmente lo había hecho y ahora que su jefe conocía también la debilidad de Tezca, sus manos estaban total y completamente atadas. ¿Cómo ayudarlo? ¿Cómo hacer que siquiera se alejara de él? Solo sintió un dolor profundo, una punzada que lo estaba atormentando.
Sus ojos observaban a la nada más absoluta, perdido, absorto. Solo podía mirar la ciudad, iluminada por la nocturnidad, sentir el frío calarle los huesos por la temperatura nocturna y por encontrarse en lo alto de un monte, al borde casi de un precipicio. No podía hacer más que observar a la nada, durante horas, horas... Su expresión era casi la de un abandono, como si un dueño hubiera abandonado a su mascota. ¿Quién iba a decir que alguien como él iba a sentirse tan despreciable? No supo el tiempo que transcurrió hasta que el sol del amanecer aparecía en el cielo, haciendo desaparecer las estrellas. Horas, tan largas horas que también se sintieron cortas.
Sus manos temblaban, no quería contestar. No creía que fuera Tezca, lo dudaba muy seriamente pero, por otro lado, si ignoraba esa llamada, quizás el rubio pudiera estar en peligro. Quería desvanecerse, desaparecer de allí, olvidarlo todo y empezar desde cero.
Sacó el caracol de su bolsillo, observándolo con cansancio, respondiendo sin muchas ganas.
No le apetecía en absoluto escuchar esa voz, era estresante, agotador, solo sentía más punzadas de dolor destruyéndolo por dentro. —Solo estuve algo ocupado últimamente.
—¿Acostándote con Norova? — No pudo responder a eso. Elevó su diestra, la cual a consecuencia de su abstinencia y el estrés temblaba, frotando sus ojos. —Sabes que no, maldito viejo. ¿Qué quieres?
—No olvides la cita de hoy. Y sabes bien que si Norova no aparece, cuáles serán las instrucciones. — Los labios de Jin se apretaron. Sí, claro... allí estaba. —Sí... Lo sé. — Apenas murmuró en un hilo de voz, poniéndose en pie. Estaba cansado, le había dado para esa misma noche, pero tenía que encontrar a Tezca lo antes posible. No quería ver de nuevo esa expresión que lo destruía y, sin embargo, no le quedaba otra alternativa. Todo era... frustrante. Se levantó, limpiando el polvo de su ropa y, con toda su fuerza de voluntad, descendió monte abajo.
Estaba ahora en el hostal, llamando a una puerta que nadie respondía. —Tezca, por favor... — Apenas murmuraba, deseando que su voz apareciera, pero no había siquiera un solo sonido en el interior. Se comenzaba a desesperar, al menos hasta que una mujer, que se encargaba de la limpieza de las habitaciones, lo vio.
—¿Busca al señor que se hospeda allí? Anoche no regresó, no hay nadie.
Los ojos de Jin se llenaron de preocupación. ¿Acaso Raigo le había hecho algo? Comenzó a entrar en pánico. Empujó a la pobre mujer, quien se estampó contra una de las puertas y cayó al suelo, y comenzó a correr. No. Tezca no. Ahora no. Todavía no. No podía respirar, ni siquiera cuando salía de allí a toda prisa, tratando de encontrar respuestas. ¿Dónde debía buscar? ¿Qué debía hacer? ¿Dónde podía comenzar a partir? La casa... esa casa... quizás hubiera vuelto a esa casa... Su respiración casi parecía cortarse en el aire. Corrió de nuevo, hasta aquel hogar que parecía haber mencionado el propio... —¡TEZCA! — Entró de forma apresurada, pero de nuevo, todo estaba vacío, silencioso... —Por dios... No... Por favor. — Sus manos temblaban, el estrés acumulándose, sentía que todo se estaba desmoronando. Elevó sus manos a ambos lados de su cabeza. Las manos le temblaban con violencia, la frustración lo llenaba incluso más y una sensación que había perdido hacía años; terror.
No podía pensar con claridad, tampoco podía preguntarle a Raigo, no podía hacer nada más que...
Descendió sus manos, marcar le era casi imposible por cómo le temblaban las manos, hasta que uno de los hombres le respondió. —Jef-...
—¿Dónde está Tezca Norova?
—¿Eh? Pues... se fue al puerto anoche. — Había olvidado que sus hombres le seguían vigilando y nunca, jamás pensó que se sentiría agradecido por ello. —Anoche no regresó a su-... — Colgó de nuevo, no dejó terminar la frase. Solo fue dirección al puerto, el único que había y conocía. Solo quería verificar que estaba bien. Salió corriendo, a toda prisa y, para cuando llegó, estaba casi sin aire en sus pulmones. Pero no lo vio, no al principio al menos... Lo que sí hizo fue sentir el olor a alcohol. Y allí estaba, al fin, lo había encontrado.
El peso del alivio le hizo notar qué tan desesperado estaba, cómo la falta de aire en sus pulmones le estaba dañando más de lo que creía. Caminó, con las fuerzas que le quedaban, hasta encontrarse con el hombre. No supo que decir, de nuevo, se quedó en blanco. El silencio solo era interrumpido por el sonido de su respiración agitada.
Sus ojos observaban a la nada más absoluta, perdido, absorto. Solo podía mirar la ciudad, iluminada por la nocturnidad, sentir el frío calarle los huesos por la temperatura nocturna y por encontrarse en lo alto de un monte, al borde casi de un precipicio. No podía hacer más que observar a la nada, durante horas, horas... Su expresión era casi la de un abandono, como si un dueño hubiera abandonado a su mascota. ¿Quién iba a decir que alguien como él iba a sentirse tan despreciable? No supo el tiempo que transcurrió hasta que el sol del amanecer aparecía en el cielo, haciendo desaparecer las estrellas. Horas, tan largas horas que también se sintieron cortas.
Pere-Pere-Pere.
Sus manos temblaban, no quería contestar. No creía que fuera Tezca, lo dudaba muy seriamente pero, por otro lado, si ignoraba esa llamada, quizás el rubio pudiera estar en peligro. Quería desvanecerse, desaparecer de allí, olvidarlo todo y empezar desde cero.
Pere-Pere-Pere.
Sacó el caracol de su bolsillo, observándolo con cansancio, respondiendo sin muchas ganas.

—Veo que esta vez sí has respondido.
No le apetecía en absoluto escuchar esa voz, era estresante, agotador, solo sentía más punzadas de dolor destruyéndolo por dentro. —Solo estuve algo ocupado últimamente.
—¿Acostándote con Norova? — No pudo responder a eso. Elevó su diestra, la cual a consecuencia de su abstinencia y el estrés temblaba, frotando sus ojos. —Sabes que no, maldito viejo. ¿Qué quieres?
—No olvides la cita de hoy. Y sabes bien que si Norova no aparece, cuáles serán las instrucciones. — Los labios de Jin se apretaron. Sí, claro... allí estaba. —Sí... Lo sé. — Apenas murmuró en un hilo de voz, poniéndose en pie. Estaba cansado, le había dado para esa misma noche, pero tenía que encontrar a Tezca lo antes posible. No quería ver de nuevo esa expresión que lo destruía y, sin embargo, no le quedaba otra alternativa. Todo era... frustrante. Se levantó, limpiando el polvo de su ropa y, con toda su fuerza de voluntad, descendió monte abajo.
[***]
Estaba ahora en el hostal, llamando a una puerta que nadie respondía. —Tezca, por favor... — Apenas murmuraba, deseando que su voz apareciera, pero no había siquiera un solo sonido en el interior. Se comenzaba a desesperar, al menos hasta que una mujer, que se encargaba de la limpieza de las habitaciones, lo vio.
—¿Busca al señor que se hospeda allí? Anoche no regresó, no hay nadie.
Los ojos de Jin se llenaron de preocupación. ¿Acaso Raigo le había hecho algo? Comenzó a entrar en pánico. Empujó a la pobre mujer, quien se estampó contra una de las puertas y cayó al suelo, y comenzó a correr. No. Tezca no. Ahora no. Todavía no. No podía respirar, ni siquiera cuando salía de allí a toda prisa, tratando de encontrar respuestas. ¿Dónde debía buscar? ¿Qué debía hacer? ¿Dónde podía comenzar a partir? La casa... esa casa... quizás hubiera vuelto a esa casa... Su respiración casi parecía cortarse en el aire. Corrió de nuevo, hasta aquel hogar que parecía haber mencionado el propio... —¡TEZCA! — Entró de forma apresurada, pero de nuevo, todo estaba vacío, silencioso... —Por dios... No... Por favor. — Sus manos temblaban, el estrés acumulándose, sentía que todo se estaba desmoronando. Elevó sus manos a ambos lados de su cabeza. Las manos le temblaban con violencia, la frustración lo llenaba incluso más y una sensación que había perdido hacía años; terror.

—Por favor Tezca, solo... Aparece de donde sea que estés...
No podía pensar con claridad, tampoco podía preguntarle a Raigo, no podía hacer nada más que...
Sus hombres
Descendió sus manos, marcar le era casi imposible por cómo le temblaban las manos, hasta que uno de los hombres le respondió. —Jef-...
—¿Dónde está Tezca Norova?
—¿Eh? Pues... se fue al puerto anoche. — Había olvidado que sus hombres le seguían vigilando y nunca, jamás pensó que se sentiría agradecido por ello. —Anoche no regresó a su-... — Colgó de nuevo, no dejó terminar la frase. Solo fue dirección al puerto, el único que había y conocía. Solo quería verificar que estaba bien. Salió corriendo, a toda prisa y, para cuando llegó, estaba casi sin aire en sus pulmones. Pero no lo vio, no al principio al menos... Lo que sí hizo fue sentir el olor a alcohol. Y allí estaba, al fin, lo había encontrado.
Vivo.
El peso del alivio le hizo notar qué tan desesperado estaba, cómo la falta de aire en sus pulmones le estaba dañando más de lo que creía. Caminó, con las fuerzas que le quedaban, hasta encontrarse con el hombre. No supo que decir, de nuevo, se quedó en blanco. El silencio solo era interrumpido por el sonido de su respiración agitada.

—Tezca...
No supo cómo seguir la frase, más que llamarlo por su nombre. Apestaba a alcohol, estaba... No sabía ni cómo describirlo. Tampoco sabía cómo iniciar la conversación sin que la situación se viera más incómoda. Sus ojos estaban llenos de cansancio, su ropa ni siquiera se había cambiado, el cansancio lo atacaba, pero no podía dejar de verlo.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
