05-02-2026, 05:21 AM
La nieve tiene un sonido extraño.
Se mete en tu cabeza y chirría, molesta al oído, sobre todo si tus pies se hunden en ella con facilidad, como pasaba ahora. Crujiente y molesto, crujiente y molesto, esas palabras llenaron por completo la mente del cocinero, mientras ideaba una manera de conseguir algo que parecía imposible.
El sonido se detuvo, ambos tiradores pararon su charla y sus movimientos, el comienzo de su duelo estaba al caer, lo único que podía oírse era el viento entrando a la cueva y llenándolo todo de nieve, cada vez más y más. Cerró sus ojos, ocultando de sí mismo toda información que no fuera importante, inhalo y guardó el aire en sus pulmones, incluso el sonido de su propia respiración iba a molestarlo en aquello que esperaba conseguir. También cambió la mano que agarraba el arma, pues iba a necesitar toda la precisión en sus movimientos posible, incluso si luego el propio dolor le hacía soltar la katana de nuevo.
Unos segundos de silencio, eso bastaría, no debía moverse él. Sus ojos se abrieron y observaron la nieve que comenzaba a cubrir sus pies, imaginó a su objetivo moviéndose debajo, se preguntó cuantos centímetros de nieve lo separaban del suelo firme de la cueva, la velocidad de su oponente, su velocidad de reacción.
Hubo un aviso, luego de un par de segundos que se sintieron eternos, la recompensa de su espera. Ese sonido característico se hizo presente en un mísero instante, al mismo tiempo que la nieve que estaba viendo era invadida por más de esta misma que llegaba desde atrás. Su brazo izquierdo se movió hacia atrás, impulsado por su propio instinto, haciendo que su cuerpo le tuviera que seguir el ritmo para darse la vuelta. Ahí lo vio, la bestia en la que el capitán se había convertido, su brazo continuó su movimiento sin detenerse, provocando que la parte sin filo de la katana chocara con uno de los brazos extendidos del luchador, moviéndolo lo suficiente para cambiar un poco su dirección y que todo el movimiento ajeno se vea afectado. - Te tengo -.
En cuanto su espada terminó ese movimiento, su filo quedó apuntando a Eros, una posición desde la cual el pelinegro simplemente colocó toda su fuerza en dar un ataque más. La hoja se abalanzó con rapidez contra el cuerpo del hombre-topo, atravesándolo justo por debajo de sus costillas izquierdas. - Te devuelvo un poco de antes -. Sonrió, por fin habiendo podido ser de utilidad en el combate.
Se mete en tu cabeza y chirría, molesta al oído, sobre todo si tus pies se hunden en ella con facilidad, como pasaba ahora. Crujiente y molesto, crujiente y molesto, esas palabras llenaron por completo la mente del cocinero, mientras ideaba una manera de conseguir algo que parecía imposible.
El sonido se detuvo, ambos tiradores pararon su charla y sus movimientos, el comienzo de su duelo estaba al caer, lo único que podía oírse era el viento entrando a la cueva y llenándolo todo de nieve, cada vez más y más. Cerró sus ojos, ocultando de sí mismo toda información que no fuera importante, inhalo y guardó el aire en sus pulmones, incluso el sonido de su propia respiración iba a molestarlo en aquello que esperaba conseguir. También cambió la mano que agarraba el arma, pues iba a necesitar toda la precisión en sus movimientos posible, incluso si luego el propio dolor le hacía soltar la katana de nuevo.
Unos segundos de silencio, eso bastaría, no debía moverse él. Sus ojos se abrieron y observaron la nieve que comenzaba a cubrir sus pies, imaginó a su objetivo moviéndose debajo, se preguntó cuantos centímetros de nieve lo separaban del suelo firme de la cueva, la velocidad de su oponente, su velocidad de reacción.
Hubo un aviso, luego de un par de segundos que se sintieron eternos, la recompensa de su espera. Ese sonido característico se hizo presente en un mísero instante, al mismo tiempo que la nieve que estaba viendo era invadida por más de esta misma que llegaba desde atrás. Su brazo izquierdo se movió hacia atrás, impulsado por su propio instinto, haciendo que su cuerpo le tuviera que seguir el ritmo para darse la vuelta. Ahí lo vio, la bestia en la que el capitán se había convertido, su brazo continuó su movimiento sin detenerse, provocando que la parte sin filo de la katana chocara con uno de los brazos extendidos del luchador, moviéndolo lo suficiente para cambiar un poco su dirección y que todo el movimiento ajeno se vea afectado. - Te tengo -.
En cuanto su espada terminó ese movimiento, su filo quedó apuntando a Eros, una posición desde la cual el pelinegro simplemente colocó toda su fuerza en dar un ataque más. La hoja se abalanzó con rapidez contra el cuerpo del hombre-topo, atravesándolo justo por debajo de sus costillas izquierdas. - Te devuelvo un poco de antes -. Sonrió, por fin habiendo podido ser de utilidad en el combate.
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