05-02-2026, 06:28 PM
El estruendo de la puerta al golpear contra la pared de piedra blanca silencia instantáneamente el caos que reinaba dentro de El Ancla Rota. El aire en el interior es denso, cargado de humo de pipa y el olor amargo del alcohol derramado. Tras la barra, el tabernero, un hombre enjuto con el rostro pálido, sostiene un paño tembloroso mientras tres hombres de aspecto rudo le exigen que "contribuya al bienestar del muelle".
La entrada de Juan Sebastián, con el sol de Baterilla recortando su imponente silueta de gyojin y el uniforme de Marine reluciendo, cambia el foco de la tensión. Con gran sorpresa, varios hombres distribuidos por las mesas comienzan a levantarse, y el murmullo que recorre la sala es una mezcla de sorpresa y hostilidad contenida.
—Vaya, vaya... parece que el servicio de limpieza ha llegado antes de lo esperado —gruñe un hombre sentado en una mesa central. Es un tipo macizo, con los nudillos vendados y una casaca descolorida que aún conserva los galones de una marina mercante de la que probablemente fue expulsado.
A su alrededor, otros cuantos individuos se levantan con lentitud, dejando sus jarras sobre las mesas de madera astillada. No son simples borrachos, tan solo aparentaban serlo, pero con la llegada de Juan Sebastián se mueven con la coordinación de quienes están acostumbrados a pelearse. En una esquina, un hombre visiblemente más anciano cierra un pequeño cofre de madera y un libro de cuentas, donde parece que estaban registrando los "pagos" y se levanta para salir por una puerta lateral.
El líder del grupo, el de los nudillos vendados, escupe un trozo de tabaco al suelo y se encara con el gyojin, ignorando —o fingiendo ignorar— las extremidades de Juan.
![[Imagen: 5y0YzjC.jpeg]](https://i.imgur.com/5y0YzjC.jpeg)
—Escucha, marisquito. Este es un pueblo pequeño y nosotros somos muchos. Si eres inteligente, darás media vuelta y dirás que aquí no pasaba nada. Este "impuesto" es para asegurar que ningún barco se hunda misteriosamente en el puerto. Es puro negocio, ya me entiendes.
Mientras habla, varios de sus subordinados empiezan a flanquear a Juan Sebastián por la izquierda. Uno de ellos desenfunda una porra de plomo, mientras el otro rompe una botella de ron contra el borde de una mesa, creando un filo irregular y peligroso.
![[Imagen: L12PH3n.jpeg]](https://i.imgur.com/L12PH3n.jpeg)
El tabernero aprovecha la distracción para agacharse tras la barra, dejando a Juan como el único obstáculo entre estos matones y el control total del puerto sur. El ambiente es una olla a presión. Los civiles que quedan en la taberna observan desde los rincones, esperando ver si la justicia de la Marina es tan sólida como el caparazón del oficial que acaba de irrumpir en su guarida.
La entrada de Juan Sebastián, con el sol de Baterilla recortando su imponente silueta de gyojin y el uniforme de Marine reluciendo, cambia el foco de la tensión. Con gran sorpresa, varios hombres distribuidos por las mesas comienzan a levantarse, y el murmullo que recorre la sala es una mezcla de sorpresa y hostilidad contenida.
—Vaya, vaya... parece que el servicio de limpieza ha llegado antes de lo esperado —gruñe un hombre sentado en una mesa central. Es un tipo macizo, con los nudillos vendados y una casaca descolorida que aún conserva los galones de una marina mercante de la que probablemente fue expulsado.
A su alrededor, otros cuantos individuos se levantan con lentitud, dejando sus jarras sobre las mesas de madera astillada. No son simples borrachos, tan solo aparentaban serlo, pero con la llegada de Juan Sebastián se mueven con la coordinación de quienes están acostumbrados a pelearse. En una esquina, un hombre visiblemente más anciano cierra un pequeño cofre de madera y un libro de cuentas, donde parece que estaban registrando los "pagos" y se levanta para salir por una puerta lateral.
El líder del grupo, el de los nudillos vendados, escupe un trozo de tabaco al suelo y se encara con el gyojin, ignorando —o fingiendo ignorar— las extremidades de Juan.
![[Imagen: 5y0YzjC.jpeg]](https://i.imgur.com/5y0YzjC.jpeg)
—Escucha, marisquito. Este es un pueblo pequeño y nosotros somos muchos. Si eres inteligente, darás media vuelta y dirás que aquí no pasaba nada. Este "impuesto" es para asegurar que ningún barco se hunda misteriosamente en el puerto. Es puro negocio, ya me entiendes.
Mientras habla, varios de sus subordinados empiezan a flanquear a Juan Sebastián por la izquierda. Uno de ellos desenfunda una porra de plomo, mientras el otro rompe una botella de ron contra el borde de una mesa, creando un filo irregular y peligroso.
![[Imagen: L12PH3n.jpeg]](https://i.imgur.com/L12PH3n.jpeg)
El tabernero aprovecha la distracción para agacharse tras la barra, dejando a Juan como el único obstáculo entre estos matones y el control total del puerto sur. El ambiente es una olla a presión. Los civiles que quedan en la taberna observan desde los rincones, esperando ver si la justicia de la Marina es tan sólida como el caparazón del oficial que acaba de irrumpir en su guarida.
La caja de Pandora
