06-02-2026, 01:56 AM
El hombre estaba frente a mí, podía verlo con claridad; parecía sorprendido, eso era obvio. Incluso más allá de mi cansancio, yo mismo estaba igual de sorprendido por haber dicho aquello en voz alta, sobre todo cuando no cambiaba absolutamente nada nuestra pésima situación. Su voz temblaba y solo podía mirarlo, expectante. ¿Me repetiría? Por supuesto que no. ¿Es que acaso no sabe que Tezca Norova no repite lo que ha dicho? La molestia me subió a la garganta, lista para convertirse en reproche, en ironía afilada, en una defensa más… pero no alcancé a pronunciarla.
Sentí sus labios sobre los míos.
Fue un beso dulce, distinto a cualquier cosa que hubiera imaginado en medio de aquel desastre: más cuidadoso, casi temeroso, como si estuviera pidiendo permiso aun después de haberlo hecho. El mundo pareció encogerse alrededor, la tensión en mis hombros vaciló y mi respiración se descompasó, traicionándome. No fue un beso urgente ni desesperado; fue uno que decía te escuché, te creo, estoy aquí, y eso lo volvió peligrosamente honesto.
Mis pensamientos, siempre tan rápidos, se quedaron en blanco por un instante. Sentí el calor ajeno contrastar con el frío que me había acompañado todo el día, y esa cercanía me obligó a aceptar algo incómodo: no estaba preparado para que alguien me tratara con tanta suavidad. Cuando finalmente me aparté apenas, sin romper del todo la distancia, lo miré a los ojos. Regresando a descansar sobre el sofá pues los estragos de una mala noche de sueño se notaban mucho más cuando el cuerpo finalmente podía relajarse.

—Usaré tu cama…Debe ser más cómoda que este sofá ¿me entiendes? Voy a necesitar mucha energía. —
Murmuré, arrugando la nariz en un gesto casi infantil, como si así pudiera restarle peso a lo que sentía. Me incorporé con lentitud, el cansancio aún tirando de mis músculos, y me levanté de la cama para hincarme a su altura. El movimiento fue torpe, poco digno, pero honesto. Entonces, sin darle tiempo a reaccionar, lo abracé.
Me oculté en su hombro, apoyando la frente contra su clavícula, respirando su aroma de cerca, dejándome envolver por su calor. Mis brazos lo rodearon con una firmeza que traicionaba lo mucho que necesitaba ese contacto. Cerré los ojos, permitiéndome disfrutar de su cercanía sin pensar demasiado en las consecuencias, sin analizar, sin calcular. Solo estar ahí.
No iba a decirle nada más. El orgullo no me lo permitía, y tal vez tampoco la costumbre de desnudarme con palabras. Aun así, el silencio habló por mí: en la forma en que me aferré un segundo más de lo necesario, en el leve temblor de mi respiración, en la manera en que no me aparté. Si quería entenderme, tendría que hacerlo así, leyendo entre gestos y pausas, porque Tezca Norova jamás admitiría en voz alta cuánto significaba ese abrazo.

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