La mujer desnuda, arrodillada en el suelo, emocionalmente colápsala, causaba en mí un revoltijo imposible de ordenar, como si varias versiones pequeñitas de mí misma me hablaran al mismo tiempo: unas pidiéndome cuidado, otras distancia, otras que huya, y entre todas ellas una voz muy baja, avergonzada, que me pedía quedarme, quedarme de verdad, no como monja ni como salvadora ni como víctima, sino como yo misma. Porque al encontrarme con sus ojos tan desvergonzados, comprendí que son fáciles de engañar.
Podía convertirme en una imagen cómoda para ella, una ilusión de bondad, de refugio, de redención, pero no lo soy, nunca lo he sido, porque también estoy rota, demasiado, solo que he aprendido a esconderlo mejor, a disfrazar mi dependencia del “amor” del que tanto habla la pelipasto, mi necesidad de otros como vocación. Pensé que quizá ella vería en mí algo que no existía y esa idea me pesó, por eso la abofeteé.
Bajé al suelo inmediatamente después de eso porque no soporté verla sola con la mejilla roja, y besé su rostro caliente como un gesto más instintivo, con cierto cariño que podría entregarle a alguien que no conocía, pero no me gustaba ver a nadie destruido, a no ser que fuese… por mi culpa. En ese momento ni pensé en los límites, como la mujer que tengo al frente. Cuando mordí no pensé en dolor, pensé absurdamente que así la marcaría y evitaría se sintiera triste, sabiendo que el contacto podía despertar en ella, que ya estaba al borde, la misma intensidad que conocí al principio, pero quizá un poco más.
El tirón de mi cabello fue una respuesta que tenía creído que iba a suceder. Luego se levantó y su mano se cerró en mi cuello, empujándome hasta que mi espalda chocó contra la pared y el tiempo se detuvo por unos segundos por la presión constante de su mano, por la falta de aire y porque tenía la certeza de que ella podía romperme en pedazos si quería. Y no me defendí, porque no quería. Aunque la mina era una tipa fuerte, musculosa y me podía levantar hasta ahogarme, era también una persona con debilidades.
La observé de cerca con su desorden, hasta que me dejó respirar otra vez. De verdad era una maldita, y de su boca salían palabras que no comprendía. Ella hablaba algo de bruja, ¿pero qué es eso?, ¿era malo?, ¿acaso debería importarme? Me pregunté mientras la escuché repetir de nuevo la palabra bruja junto con su amenaza de morderme.
Cuando mi ropa se abrió a merced de la mujer, ante ella tenía de nuevo mi cuerpo desnudo y otras preguntas venían. Pero las preguntas perdían peso cuando… Inició tocándome el cuerpo desnudo, pero no perdí mi orgullo, de hecho, me parecía interesante que una mujer sintiera tanta atracción por mi cuerpo, o al menos por el cuerpo de otra mujer y su manera violenta, agresiva, tal como un animal, me hacía tener sentimientos encontrados.
De repente mi pechos se humedecieron por la boca de la mujer quien se los comía y solté un pequeño gemido junto con un tiritón por mis extremidades. Disfrutaba en silencio, con las mejillas sonrojadas, cada lamida suya, solo pude seguirla con la mirada mareada cada vez que mi piel sentía la humedad de su lengua y el agarre de sus manos. Me calentaba demasiado que me comiera con, así… como para mojarme completamente.
—Ay… ay… ¿Qué dices que te he hecho? ¿No se supone que eres mía?— intenté sacar la voz junto con otros gemidos. Como pude le dije en medio de mi vulnerabilidad y las preguntas salieron de mí con un tono rasposo, cansado, bajo. Mi respiración se agitaba, pero me hacía doler la garganta, peleando contra algo que le molestaba de mí. Aun así, no me mordió. Sus manos bajaron a recorrer mi cuerpo, haciendo que mi piel se pusiera como de gallina y que mis piernas se apretaran cuando cada parte de mí se tensaba y se dilataba. La mujer seguía usando su lengua para lamer mi cuerpo, me daba cosquillas, unas cosquillas lindas.
En medio del acto uno de sus dedos comenzó a jugar con mis labios hasta que lo introdujo en mi boca. Con mi lengua se los lamí y se los besé, hasta que la mujer volvió a estar erguida y me volteó como quiso, colocando mi cuerpo y cara contra la pared. Lo peor fue cuando su cuerpo, su pelvis, lo presionó contra mi culo, porque allí ya era algo que nunca antes había sentido, una electricidad allí abajo y también conexión con la otra. —Me haces cosquillas jisjisjis— me estremecía una y otra vez.
Mi mano comenzó a ser guiada hasta su monte de Venus. Mis dedos acariciaron la zona, suave, tierna, blanda. Si bajaba más podía encontrarme con… ¿ella estaría igual de mojada que yo?, ¿podía tocarla también de esa manera? Espera… Sentí que mi corazón palpitaba por el choque de sensaciones, con ella frente a mí, muy cerca, y en vez de sentir miedo, sentía que iba a caer rendida, arrodillada como la pelipasto, dejando que me diera de su néctar. Pero nunca antes lo había hecho y solo tenía claridad de algo.
—¿Darme amor?— Pregunté anonadada, pero… pero… La voz seguía siendo áspera, casi rota, teniendo la cara contra la pared y tragué saliva mientras estaba con el cuerpo de la otra muy, pero muy cerca de mi culo… ¿Cómo es que se atrevía a hacer esto? Como pude intenté darme vuelta, para quedar frente a ella, lo logré, aprovechando de que la otra ya no me tenía agarrada. Fui directo a sus manos y las entrelacé con mis dedos, para que dejara de moverse, para que se detuviera y me empezara a escuchar lo que yo deseaba, porque no solo se trataba de lo que la pelipasto quería —Espera… No soy una monja y nunca he hecho esto…— Decía mirándole sus ojitos locos llenos de rabia de no sé donde la saca.
No quería huir, ni quería o ni tenía ni unas ganas de pelear con la tontuela más hermosa que he conocido… ésta que me tenía con la cabeza perdida. Estábamos las dos con nuestros cuerpos desnudos en una casa ajena y me acerqué a ella con intensión de calmarnos, conociendo que mi paciencia era pequeña, cerré nuestra distancia, topando mi frente con la suya. Me tomé unos segundos o minutos tal vez, para disfrutar del tacto, de su aroma, y pensé que había algo que no podía negar. No podía negar que perdía el control, sin embargo, no podía dejar que la otra lo supiera, tenía que retomarlo y hacer algo —Si quieres hacerlo, si vas a amarme, ti-tienes que casarte conmigo, porque amar es para siempre— ¿Era tan así? —Si aceptas sé una manera de hacerlo ahora. Aquí mismo. Para eso necesito que te sientes en la cama… conmigo.— le murmuré cerca de sus labios, algo que podría detenerla y no querer seguir.
Aun con las manos tomadas, di unos pasos adelante para empujarla, llevarla, sin dominación, a que caminara hacia atrás. La moví hasta que sus pies toparon con la cama e usé mi cuerpo para presionarla a sentarse, a que dejara caer su cuerpo en la cama y así me subí mis piernas en la cama, quedando sobre sus muslos, esas piernas grandes y moldeadas por los mismos dioses, me estaban matando por dentro, provocando que al verla abajo mío mi corazón empezara a bombear a la velocidad de la luz, tanto que dolía. Oh como odiaba lo que sentía, como odiaba el amor que ella hablaba y pedía ¿por qué? Si tantos no nos podemos amar, ¿como amaríamos a los demás? Las preguntas me volvían vulnerable y ella también lo hacía. Tan débil que me sentía que por primera vez mi cuerpo, mis manos, mis piernas, todo de mí estaba tiritando como lo haría una cachorrita.
Sentía que mi alma se salía y volvía de mi cuerpo con algo de conciencia. —¿Qué es lo que me has hecho tú? ¿Por qué ahora tengo muchas ganas de darte amor?— Le pregunté con palabras que nunca antes había pronunciado surgían de mis labios temblorosos reconociendo que lo que podría suceder o lo que ya estaba sucediendo podría ser lo que más me ha causado miedo, porque si llegase a encariñarme más de ella, sé que no soportaría no verla otra vez. —Prometerme que no me dejarás— porque mi forma de amar era horrible o eso es lo que pienso o creo de mi, por otro lado, también le temía a la muerte y sentía que me estaba buscando o buscando a las personas de mi alrededor y no quería sentirme arrepentida de no hacer algo que si deseaba. Mi respiración ya era irregular por el agarre, pero mi garganta comenzó a cerrarse sola por dentro, mi mirada perdía el foco, mis ojos celestes se humedecían y pesaban, se llenaron de agua que después caía en mis mejillas y también por encima de la otra.
Podía convertirme en una imagen cómoda para ella, una ilusión de bondad, de refugio, de redención, pero no lo soy, nunca lo he sido, porque también estoy rota, demasiado, solo que he aprendido a esconderlo mejor, a disfrazar mi dependencia del “amor” del que tanto habla la pelipasto, mi necesidad de otros como vocación. Pensé que quizá ella vería en mí algo que no existía y esa idea me pesó, por eso la abofeteé.
Bajé al suelo inmediatamente después de eso porque no soporté verla sola con la mejilla roja, y besé su rostro caliente como un gesto más instintivo, con cierto cariño que podría entregarle a alguien que no conocía, pero no me gustaba ver a nadie destruido, a no ser que fuese… por mi culpa. En ese momento ni pensé en los límites, como la mujer que tengo al frente. Cuando mordí no pensé en dolor, pensé absurdamente que así la marcaría y evitaría se sintiera triste, sabiendo que el contacto podía despertar en ella, que ya estaba al borde, la misma intensidad que conocí al principio, pero quizá un poco más.
El tirón de mi cabello fue una respuesta que tenía creído que iba a suceder. Luego se levantó y su mano se cerró en mi cuello, empujándome hasta que mi espalda chocó contra la pared y el tiempo se detuvo por unos segundos por la presión constante de su mano, por la falta de aire y porque tenía la certeza de que ella podía romperme en pedazos si quería. Y no me defendí, porque no quería. Aunque la mina era una tipa fuerte, musculosa y me podía levantar hasta ahogarme, era también una persona con debilidades.
La observé de cerca con su desorden, hasta que me dejó respirar otra vez. De verdad era una maldita, y de su boca salían palabras que no comprendía. Ella hablaba algo de bruja, ¿pero qué es eso?, ¿era malo?, ¿acaso debería importarme? Me pregunté mientras la escuché repetir de nuevo la palabra bruja junto con su amenaza de morderme.
Cuando mi ropa se abrió a merced de la mujer, ante ella tenía de nuevo mi cuerpo desnudo y otras preguntas venían. Pero las preguntas perdían peso cuando… Inició tocándome el cuerpo desnudo, pero no perdí mi orgullo, de hecho, me parecía interesante que una mujer sintiera tanta atracción por mi cuerpo, o al menos por el cuerpo de otra mujer y su manera violenta, agresiva, tal como un animal, me hacía tener sentimientos encontrados.
De repente mi pechos se humedecieron por la boca de la mujer quien se los comía y solté un pequeño gemido junto con un tiritón por mis extremidades. Disfrutaba en silencio, con las mejillas sonrojadas, cada lamida suya, solo pude seguirla con la mirada mareada cada vez que mi piel sentía la humedad de su lengua y el agarre de sus manos. Me calentaba demasiado que me comiera con, así… como para mojarme completamente.
—Ay… ay… ¿Qué dices que te he hecho? ¿No se supone que eres mía?— intenté sacar la voz junto con otros gemidos. Como pude le dije en medio de mi vulnerabilidad y las preguntas salieron de mí con un tono rasposo, cansado, bajo. Mi respiración se agitaba, pero me hacía doler la garganta, peleando contra algo que le molestaba de mí. Aun así, no me mordió. Sus manos bajaron a recorrer mi cuerpo, haciendo que mi piel se pusiera como de gallina y que mis piernas se apretaran cuando cada parte de mí se tensaba y se dilataba. La mujer seguía usando su lengua para lamer mi cuerpo, me daba cosquillas, unas cosquillas lindas.
En medio del acto uno de sus dedos comenzó a jugar con mis labios hasta que lo introdujo en mi boca. Con mi lengua se los lamí y se los besé, hasta que la mujer volvió a estar erguida y me volteó como quiso, colocando mi cuerpo y cara contra la pared. Lo peor fue cuando su cuerpo, su pelvis, lo presionó contra mi culo, porque allí ya era algo que nunca antes había sentido, una electricidad allí abajo y también conexión con la otra. —Me haces cosquillas jisjisjis— me estremecía una y otra vez.
Mi mano comenzó a ser guiada hasta su monte de Venus. Mis dedos acariciaron la zona, suave, tierna, blanda. Si bajaba más podía encontrarme con… ¿ella estaría igual de mojada que yo?, ¿podía tocarla también de esa manera? Espera… Sentí que mi corazón palpitaba por el choque de sensaciones, con ella frente a mí, muy cerca, y en vez de sentir miedo, sentía que iba a caer rendida, arrodillada como la pelipasto, dejando que me diera de su néctar. Pero nunca antes lo había hecho y solo tenía claridad de algo.
—¿Darme amor?— Pregunté anonadada, pero… pero… La voz seguía siendo áspera, casi rota, teniendo la cara contra la pared y tragué saliva mientras estaba con el cuerpo de la otra muy, pero muy cerca de mi culo… ¿Cómo es que se atrevía a hacer esto? Como pude intenté darme vuelta, para quedar frente a ella, lo logré, aprovechando de que la otra ya no me tenía agarrada. Fui directo a sus manos y las entrelacé con mis dedos, para que dejara de moverse, para que se detuviera y me empezara a escuchar lo que yo deseaba, porque no solo se trataba de lo que la pelipasto quería —Espera… No soy una monja y nunca he hecho esto…— Decía mirándole sus ojitos locos llenos de rabia de no sé donde la saca.
No quería huir, ni quería o ni tenía ni unas ganas de pelear con la tontuela más hermosa que he conocido… ésta que me tenía con la cabeza perdida. Estábamos las dos con nuestros cuerpos desnudos en una casa ajena y me acerqué a ella con intensión de calmarnos, conociendo que mi paciencia era pequeña, cerré nuestra distancia, topando mi frente con la suya. Me tomé unos segundos o minutos tal vez, para disfrutar del tacto, de su aroma, y pensé que había algo que no podía negar. No podía negar que perdía el control, sin embargo, no podía dejar que la otra lo supiera, tenía que retomarlo y hacer algo —Si quieres hacerlo, si vas a amarme, ti-tienes que casarte conmigo, porque amar es para siempre— ¿Era tan así? —Si aceptas sé una manera de hacerlo ahora. Aquí mismo. Para eso necesito que te sientes en la cama… conmigo.— le murmuré cerca de sus labios, algo que podría detenerla y no querer seguir.
Aun con las manos tomadas, di unos pasos adelante para empujarla, llevarla, sin dominación, a que caminara hacia atrás. La moví hasta que sus pies toparon con la cama e usé mi cuerpo para presionarla a sentarse, a que dejara caer su cuerpo en la cama y así me subí mis piernas en la cama, quedando sobre sus muslos, esas piernas grandes y moldeadas por los mismos dioses, me estaban matando por dentro, provocando que al verla abajo mío mi corazón empezara a bombear a la velocidad de la luz, tanto que dolía. Oh como odiaba lo que sentía, como odiaba el amor que ella hablaba y pedía ¿por qué? Si tantos no nos podemos amar, ¿como amaríamos a los demás? Las preguntas me volvían vulnerable y ella también lo hacía. Tan débil que me sentía que por primera vez mi cuerpo, mis manos, mis piernas, todo de mí estaba tiritando como lo haría una cachorrita.
Sentía que mi alma se salía y volvía de mi cuerpo con algo de conciencia. —¿Qué es lo que me has hecho tú? ¿Por qué ahora tengo muchas ganas de darte amor?— Le pregunté con palabras que nunca antes había pronunciado surgían de mis labios temblorosos reconociendo que lo que podría suceder o lo que ya estaba sucediendo podría ser lo que más me ha causado miedo, porque si llegase a encariñarme más de ella, sé que no soportaría no verla otra vez. —Prometerme que no me dejarás— porque mi forma de amar era horrible o eso es lo que pienso o creo de mi, por otro lado, también le temía a la muerte y sentía que me estaba buscando o buscando a las personas de mi alrededor y no quería sentirme arrepentida de no hacer algo que si deseaba. Mi respiración ya era irregular por el agarre, pero mi garganta comenzó a cerrarse sola por dentro, mi mirada perdía el foco, mis ojos celestes se humedecían y pesaban, se llenaron de agua que después caía en mis mejillas y también por encima de la otra.
