06-02-2026, 09:26 PM
El sol de las cuatro de la tarde colgaba a mis espaldas mientras caminaba desde el faro blanco de Mystoria hacia la llanura en la que me había citado Karl, Llanura del Desanhelo había sido formalmente bautizada. Cada paso sobre la tierra calcinada resonaba con la fuerza que años de entrenamiento me habían otorgado, de incontables lecciones, de cada vez que Karl me había derribado solo para enseñarme a levantarme más fuerte. Mi sombra se proyectaba larga y definida adelante de mí, apuntando directamente hacia donde sabía que ella estaría esperando. Mi haki de observación se había expandido desde el momento en que me desperté esta mañana, como era mi costumbre, abarcando 150 metros en todas direcciones como un pulso constante que cartografiaba el mundo a mi alrededor. En la llanura, ahí estaba. Esa presencia inconfundible, poderosa, familiar. El aura de Karl brillaba en mi percepción como siempre lo había hecho: intensa, desafiante, imposible de ignorar. Después de tantos años juntos, conocía esa presencia tan bien como la mía propia. La llanura se extendía ante mí en toda su vastedad, quinientos metros de terreno abierto sin una sola roca, sin un árbol, sin nada que interrumpiera la visión clara del campo de batalla que Karl había elegido. El terreno era perfectamente plano, la tierra oscura y compacta bajo mis pies descalzos. Y directamente frente a mí, a unos treinta metros de distancia, la charca de agua poco profunda reflejaba el cielo azul de la tarde como un espejo natural. Y detrás de la charca, en el centro exacto de aquella arena natural, estaba ella: Karlglass. Cuatro metros y medio de semioni pura, con esa figura musculosa e imponente que había visto derribar enemigos como si fueran muñecos de trapo. Su cabello largo moreno con ese lado rapado característico ondeaba ligeramente con el viento que atravesaba la llanura. Sus ojos de un naranja tan limpio como el ambar me observaban con esa mezcla de diversión y desafío que conocía tan bien. Al saludarme su voz retumbó por toda la llanura, clara y llena de esa energía que siempre la caracterizaba. No pude evitar que una pequeña sonrisa tocara mis labios mientras continuaba caminando hasta detenerme a exactamente treinta metros de su posición. La charca de agua quedaba entre nosotros. Mi uniforme blanco completo de Comodoro ondeaba suavemente con la brisa, la capa con sus bordes dorados colgando de mis hombros. Los guantes de combate cubrían mis manos, ajustados y listos.
Sentía la ansiedad bullir en mi estómago como agua hirviendo. No era miedo, por supuesto, era algo más complejo. Anticipación. Nerviosismo mezclado con emoción, la anticipación de finalmente poder medirme contra ella con todo lo que había aprendido. ¿Estaría a la altura? ¿Habría absorbido sus lecciones lo suficientemente bien? Después de años juntos, después de incontables sesiones donde me había enseñado los secretos del haki, las sutilezas del combate – “Hasta que no sea oficial, sigo siendo Comodoro, Karl. Ya conoces como es el protocolo.” – respondí con tono ligero #dejando que el humor suavizara la tensión del momento. La sonrisa en mis labios se amplió ligeramente, mostrando mis dientes afilados de gyojin. El viento del oeste atravesó el espacio entre nosotros, haciendo ondear mi capa blanca – “Espero estar a la altura de las expectativas de mi maestra, ¡Gowowo wowo wowo!” – reí por todo lo alto, finalmente traicionado por el nerviosismo y la emoción de iniciar el combate, de demostrar que estaba a la altura de la opinión exagerada que Karl ponía sobre mis hombros. Finalmente, después de todo este tiempo, seguía considerando a Karl una fuerza de la naturaleza. Cuatro metros y medio de puro poder y determinación. Flexioné los dedos dentro de mis guantes, sintiendo cómo mis músculos se preparaban instintivamente. La charca de agua frente a mí esperaba, paciente. El terreno abierto sin obstáculos se extendía en todas direcciones. El sol brillaba a mis espaldas, proyectando mi sombra hacia adelante como una flecha apuntando directamente a Karl. No había más nadie en kilómetros a la redonda. Solo nosotros dos, maestra y alumno, comodoro y vicealmirante, semioni y gyojin, a punto de medir años de entrenamiento en el lenguaje más honesto que existía: el intercambio de golpes cuerpo a cuerpo.
Sentía la ansiedad bullir en mi estómago como agua hirviendo. No era miedo, por supuesto, era algo más complejo. Anticipación. Nerviosismo mezclado con emoción, la anticipación de finalmente poder medirme contra ella con todo lo que había aprendido. ¿Estaría a la altura? ¿Habría absorbido sus lecciones lo suficientemente bien? Después de años juntos, después de incontables sesiones donde me había enseñado los secretos del haki, las sutilezas del combate – “Hasta que no sea oficial, sigo siendo Comodoro, Karl. Ya conoces como es el protocolo.” – respondí con tono ligero #dejando que el humor suavizara la tensión del momento. La sonrisa en mis labios se amplió ligeramente, mostrando mis dientes afilados de gyojin. El viento del oeste atravesó el espacio entre nosotros, haciendo ondear mi capa blanca – “Espero estar a la altura de las expectativas de mi maestra, ¡Gowowo wowo wowo!” – reí por todo lo alto, finalmente traicionado por el nerviosismo y la emoción de iniciar el combate, de demostrar que estaba a la altura de la opinión exagerada que Karl ponía sobre mis hombros. Finalmente, después de todo este tiempo, seguía considerando a Karl una fuerza de la naturaleza. Cuatro metros y medio de puro poder y determinación. Flexioné los dedos dentro de mis guantes, sintiendo cómo mis músculos se preparaban instintivamente. La charca de agua frente a mí esperaba, paciente. El terreno abierto sin obstáculos se extendía en todas direcciones. El sol brillaba a mis espaldas, proyectando mi sombra hacia adelante como una flecha apuntando directamente a Karl. No había más nadie en kilómetros a la redonda. Solo nosotros dos, maestra y alumno, comodoro y vicealmirante, semioni y gyojin, a punto de medir años de entrenamiento en el lenguaje más honesto que existía: el intercambio de golpes cuerpo a cuerpo.
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