07-02-2026, 05:58 AM
Verano 3, año 16. Puerto de Baquella.
El peso de la tarde caía poco a poco en hombros de un astro diferente, menos brillante, pero más lúcido. Tras la caída del sol, la luna tomaba el relevo. ¿O lo usurpaba? En cualquier caso, la prefería. Ella traía la noche y la noche traía el fresco, el frío, el alivio. Pero en una isla tropical como Baterilla ese alivio se quedaba corto.
«Son asesinos»
Los tablones de madera rechinaban a su espalda, dónde bullía el mercado y se concentraba el calor de la comunidad. Incluso en el extremo del muelle más largo se hacía sentir, acompañado del eco de las conversaciones, los regateos y los gritos de marineros curtidos disparando órdenes y maldiciones de lo más variopintas. La luz de las antorchas proyectaba su sombra en el mar, sentado en el punto más lejano a esa calidez tan reconfortante para algunos, pero tan cruel para él. Él, que tenía el sol tatuado en la piel y sufría de sus caprichos incluso en la oscuridad. Él, harapiento y barbudo, con la mirada perdida en el vasto azul, allí donde el horizonte besaba las olas y las estrellas sondeaban el sereno. El día se había acabado y ninguno apareció.
Ni un solo barco con el símbolo del Gobierno Mundial en su vela.
Enji suspiró, dió un último trago a su botella de ron y la arrojó al agua.
—Tch, puta mierda. Otra vez. —musitó mientras se levantaba dando trompicones—. Otra vez…
Estaba cansado.
Una vez incorporado, se giró y empezó a caminar hacia el puerto. Tenía el paso tembloroso, lento y desconfiado de un abuelo. Su cuerpo se mecía de lado a lado, escaso de equilibrio después de que media docena de botellas se vaciaran en su estómago. Levantó la mirada y vio las luces del puerto, las antorchas junto a los carteles, y se mareó. Cayó de rodillas y vomitó el alcohol que seguía dando vueltas en su garganta.
—Agh… mierda…
Apoyó las manos en los tablones mientras la bilis se escurría entre ellos. El ardor era terrible, pero no peor que la picazón. Esa que sentía en todo el cuerpo y no lo dejaba dormir.
Como pudo, se levantó.
—¡Es un gran botín, chicos! Muevan rápido los barriles.
—¡Hyajajaja! ¡Somos ricos! ¿Qué será lo primero que hagas con tu parte, bro?
—Comprarme una ensalada. ¡Apresurense!
Se había acostumbrado al bullicio. Lo atravesaba, completamente ajeno y desentendido de una realidad que lo rodeaba, más no tenía nada que hacer con él. Nada en Baterilla le importaba un pomo, con excepción de una única cosa. Un grupo particular de personas que patrullaban la isla.
Algunas miradas perseguían su figura. Recelosos del extranjero, los comerciantes arrugaban la nariz cuando lo veían pasar ataviado en sus remiendos de tela oscura y pegajosa. El cabello negro, largo y enmarañado, junto a su barba andrajosa, terminaban de enmarcar la viva imagen de la decadencia. Todo lo contrario a lo que una zona comercial como lo era el puerto de Baquella quería transmitir. Enji era malo para el negocio. Espantaba a los clientes con su cara de borracho abandonado, su peste a alcohol y cigarros, y la incómoda sensación de que en cualquier momento podía estallar y matar a alguien por mirarle mal.
—¿Qué?
Un pobre hombre caminaba sin prestar atención y por accidente se cruzó en su camino. Al ser increpado, abrió grandes los ojos y después agacho la mirada. De pronto se vio más pequeño de lo que era. Enji solo se quedó parado unos segundos y después siguió caminando, permitiendo que el sujeto respire.
Unos metros más adelante, mientras pasaba por delante de un pequeño local de mariscos, sacó un cigarro húmedo y maltrecho de su bolsillo y trató de darle fuego con su mechero. Las chispas saltaban, iluminaban su mirada sangrante por un segundo y después morían sin que la llama lograse encender.
—No me jodas, venga —dijo, con el cigarro en la boca y un mechero muerto en la mano. Lo agitó un poco y volvió a intentar, pero nada. Se había quedado sin resina—. ¡Carajo!
Frustrado, arrojó el mechero contra el suelo.
«Son asesinos»
Los tablones de madera rechinaban a su espalda, dónde bullía el mercado y se concentraba el calor de la comunidad. Incluso en el extremo del muelle más largo se hacía sentir, acompañado del eco de las conversaciones, los regateos y los gritos de marineros curtidos disparando órdenes y maldiciones de lo más variopintas. La luz de las antorchas proyectaba su sombra en el mar, sentado en el punto más lejano a esa calidez tan reconfortante para algunos, pero tan cruel para él. Él, que tenía el sol tatuado en la piel y sufría de sus caprichos incluso en la oscuridad. Él, harapiento y barbudo, con la mirada perdida en el vasto azul, allí donde el horizonte besaba las olas y las estrellas sondeaban el sereno. El día se había acabado y ninguno apareció.
Ni un solo barco con el símbolo del Gobierno Mundial en su vela.
Enji suspiró, dió un último trago a su botella de ron y la arrojó al agua.
—Tch, puta mierda. Otra vez. —musitó mientras se levantaba dando trompicones—. Otra vez…
Estaba cansado.
Una vez incorporado, se giró y empezó a caminar hacia el puerto. Tenía el paso tembloroso, lento y desconfiado de un abuelo. Su cuerpo se mecía de lado a lado, escaso de equilibrio después de que media docena de botellas se vaciaran en su estómago. Levantó la mirada y vio las luces del puerto, las antorchas junto a los carteles, y se mareó. Cayó de rodillas y vomitó el alcohol que seguía dando vueltas en su garganta.
—Agh… mierda…
Apoyó las manos en los tablones mientras la bilis se escurría entre ellos. El ardor era terrible, pero no peor que la picazón. Esa que sentía en todo el cuerpo y no lo dejaba dormir.
Como pudo, se levantó.
—¡Es un gran botín, chicos! Muevan rápido los barriles.
—¡Hyajajaja! ¡Somos ricos! ¿Qué será lo primero que hagas con tu parte, bro?
—Comprarme una ensalada. ¡Apresurense!
Se había acostumbrado al bullicio. Lo atravesaba, completamente ajeno y desentendido de una realidad que lo rodeaba, más no tenía nada que hacer con él. Nada en Baterilla le importaba un pomo, con excepción de una única cosa. Un grupo particular de personas que patrullaban la isla.
Algunas miradas perseguían su figura. Recelosos del extranjero, los comerciantes arrugaban la nariz cuando lo veían pasar ataviado en sus remiendos de tela oscura y pegajosa. El cabello negro, largo y enmarañado, junto a su barba andrajosa, terminaban de enmarcar la viva imagen de la decadencia. Todo lo contrario a lo que una zona comercial como lo era el puerto de Baquella quería transmitir. Enji era malo para el negocio. Espantaba a los clientes con su cara de borracho abandonado, su peste a alcohol y cigarros, y la incómoda sensación de que en cualquier momento podía estallar y matar a alguien por mirarle mal.
—¿Qué?
Un pobre hombre caminaba sin prestar atención y por accidente se cruzó en su camino. Al ser increpado, abrió grandes los ojos y después agacho la mirada. De pronto se vio más pequeño de lo que era. Enji solo se quedó parado unos segundos y después siguió caminando, permitiendo que el sujeto respire.
Unos metros más adelante, mientras pasaba por delante de un pequeño local de mariscos, sacó un cigarro húmedo y maltrecho de su bolsillo y trató de darle fuego con su mechero. Las chispas saltaban, iluminaban su mirada sangrante por un segundo y después morían sin que la llama lograse encender.
—No me jodas, venga —dijo, con el cigarro en la boca y un mechero muerto en la mano. Lo agitó un poco y volvió a intentar, pero nada. Se había quedado sin resina—. ¡Carajo!
Frustrado, arrojó el mechero contra el suelo.
