07-02-2026, 09:05 AM
Greg enmudeció con la respuesta de la Marine.
Podía ver perfectamente la contención en los hombros tensos del borracho, la mandíbula apretada que le marcaba las venas del cuello y esa tonalidad semi púrpura con el que la cólera le teñía el semblante rollizo. Se había girado hacia nosotros y su mirada no me acusaba a mí, sino a su mujer. Conocía esa promesa de muerte silente. Había visto cientos de veces como mi padre se la dirigía a mi madre hasta que ella no volvió a abrir los ojos.
Por inercia, me coloqué delante de Sandy. Mi cuerpo se interpuso en la trayectoria de la mirada de Greg y este estuvo a punto de saltar de nuevo sobre mí. En el último instante, vaciló. Mira qué bien, por lo menos le quedaba la cordura suficiente para no agravar más la situación.
—Mi nombre es Dimitri St. George.
Hasta ese momento, con la breve reverencia por saludo, no me había fijado en lo joven que era aquella Marine. Debíamos rondar la misma edad. Pese a ello, todo en su forma de actuar denotaba tener la situación bajo control y un interés genuino por desvelar la verdad tras los hechos. Era de agradecer. No estaba habituado a la fuerza de la ley, pero temía que le hubiera bastado con acabar con el escándalo llevándose de aquí a quién fuera.
—Trabajo aquí para ayudar a un amigo con el negocio. —Bueno, en realidad era Stanford quien me ayudaba a mí dándome cobijo, pero él había aceptado esa historia mía en la que yo era un niño repipi que anhelaba valerse por sí mismo y fingíamos que era yo quien le echaba una mano—. Durante mi servicio he atendido la mesa de esta pareja y no he podido evitar reparar en ciertos detalles.
Miré a Sandy de soslayo. Sabía que las mujeres en su situación detestaban ser evidenciadas. Exponerla no era una situación que me resultara agradable, aunque lo que realmente me aterraba era que decidiera regresar a casa con Greg.
«Por favor, no lo hagas —supliqué—. Por favor, di algo».
Ella seguía con la vista fija en el suelo.
Suspiré.
—Al finalizar el servicio vi cómo la arrastraba hasta aquí y me sentí intranquilo por el ambiente que había leído entre ellos durante la comida.
No dije nada, al menos en ese momento, sobre los gritos que se alcanzaron a escuchar desde el interior del bar. Tampoco ahondé todavía en la brutal paliza que había encontrado al irrumpir la escena.
—La situación que encontré no fue de mi agrado y quise intervenir.
—¡Ese hijo de puta…!
—Cállate de una vez. —Me pincé de nuevo el tabique nasal. Esta vez fui yo quién clavó una mirada furibunda sobre él—. Por si se lo pregunta, no. No soy el amante de esta mujer. No los había visto en mi vida hasta hoy. Ahora mismo, como podrá comprobar, no se encuentra bien. —Fijé la mirada en los inmensos iris cerúleos de la Marine, mi voz se dulcificó en una petición silente—. . Creo que le vendría bien la cercanía de otra mujer para sentirse más segura…
«No va a hablar delante de Greg y si intento hacer que entre en razón, va a terminar pareciendo lo que no es entre nosotros».
Podía ver perfectamente la contención en los hombros tensos del borracho, la mandíbula apretada que le marcaba las venas del cuello y esa tonalidad semi púrpura con el que la cólera le teñía el semblante rollizo. Se había girado hacia nosotros y su mirada no me acusaba a mí, sino a su mujer. Conocía esa promesa de muerte silente. Había visto cientos de veces como mi padre se la dirigía a mi madre hasta que ella no volvió a abrir los ojos.
Por inercia, me coloqué delante de Sandy. Mi cuerpo se interpuso en la trayectoria de la mirada de Greg y este estuvo a punto de saltar de nuevo sobre mí. En el último instante, vaciló. Mira qué bien, por lo menos le quedaba la cordura suficiente para no agravar más la situación.
—Mi nombre es Dimitri St. George.
Hasta ese momento, con la breve reverencia por saludo, no me había fijado en lo joven que era aquella Marine. Debíamos rondar la misma edad. Pese a ello, todo en su forma de actuar denotaba tener la situación bajo control y un interés genuino por desvelar la verdad tras los hechos. Era de agradecer. No estaba habituado a la fuerza de la ley, pero temía que le hubiera bastado con acabar con el escándalo llevándose de aquí a quién fuera.
—Trabajo aquí para ayudar a un amigo con el negocio. —Bueno, en realidad era Stanford quien me ayudaba a mí dándome cobijo, pero él había aceptado esa historia mía en la que yo era un niño repipi que anhelaba valerse por sí mismo y fingíamos que era yo quien le echaba una mano—. Durante mi servicio he atendido la mesa de esta pareja y no he podido evitar reparar en ciertos detalles.
Miré a Sandy de soslayo. Sabía que las mujeres en su situación detestaban ser evidenciadas. Exponerla no era una situación que me resultara agradable, aunque lo que realmente me aterraba era que decidiera regresar a casa con Greg.
«Por favor, no lo hagas —supliqué—. Por favor, di algo».
Ella seguía con la vista fija en el suelo.
Suspiré.
—Al finalizar el servicio vi cómo la arrastraba hasta aquí y me sentí intranquilo por el ambiente que había leído entre ellos durante la comida.
No dije nada, al menos en ese momento, sobre los gritos que se alcanzaron a escuchar desde el interior del bar. Tampoco ahondé todavía en la brutal paliza que había encontrado al irrumpir la escena.
—La situación que encontré no fue de mi agrado y quise intervenir.
—¡Ese hijo de puta…!
—Cállate de una vez. —Me pincé de nuevo el tabique nasal. Esta vez fui yo quién clavó una mirada furibunda sobre él—. Por si se lo pregunta, no. No soy el amante de esta mujer. No los había visto en mi vida hasta hoy. Ahora mismo, como podrá comprobar, no se encuentra bien. —Fijé la mirada en los inmensos iris cerúleos de la Marine, mi voz se dulcificó en una petición silente—. . Creo que le vendría bien la cercanía de otra mujer para sentirse más segura…
«No va a hablar delante de Greg y si intento hacer que entre en razón, va a terminar pareciendo lo que no es entre nosotros».
