08-02-2026, 12:15 AM
Baterilla apareció ante Moja como un recuerdo detenido en el tiempo, una isla pequeña y cálida que parecía existir al margen de las grandes rutas marítimas, como si el mundo hubiera decidido pasar de largo y dejarla en paz. El barco había fondeado allí dos días atrás, lo justo para reabastecer agua, comida y reparar algunos detalles menores antes de continuar el viaje hacia su nuevo destino, la Isla del Karate. Desde entonces, Moja había recorrido Baquella sin prisa, observando el ir y venir de los pescadores, las fachadas blancas castigadas por la sal y los tejados anaranjados que brillaban bajo el sol tropical como brasas apagadas. No llevaba uniforme; aquel día vestía ropa sencilla, oscura, cómoda, sin insignias ni símbolos que lo señalaran como marine. Era una decisión consciente. En Baterilla quería ser solo un viajero más.
El gran faro dominaba la isla desde el acantilado, visible prácticamente desde cualquier punto del pueblo, erguido como un guardián silencioso que observaba el mar con paciencia infinita. Moja se había detenido más de una vez a contemplarlo, no por su tamaño ni por su arquitectura, sino por lo que representaba: una promesa constante de regreso para quienes salían cada mañana a enfrentarse al océano. Le recordaba, de una forma que no sabía explicar, a sí mismo, a esa idea de mantenerse firme incluso cuando todo alrededor parecía incierto. Más allá del pueblo, hacia el interior de la isla, se alzaba la silueta imponente del volcán inactivo, rodeado de palmeras, tan alto y silencioso que imponía respeto. Moja no se había acercado a él; no sentía la necesidad. Algunas cosas bastaba con saber que estaban ahí.
Ese mediodía, con el sol cayendo de lleno sobre Baquella y el aire cargado de humedad, Moja sintió el cansancio acumulado de los últimos días. Había pasado la mañana ayudando a cargar barriles en el barco y revisando provisiones, y su estómago comenzó a recordarle, de forma insistente, que aún no había comido nada. Caminó por una de las calles principales del pueblo, estrecha y animada, hasta detenerse frente a un pequeño restaurante costero. No tenía nombre llamativo ni cartel elaborado, solo una pizarra desgastada con el menú del día escrito a mano y el olor irresistible de pescado a la plancha escapando por las ventanas abiertas.
Al entrar, el ambiente lo envolvió de inmediato. El local era sencillo, con mesas de madera gastadas, sillas desparejadas y paredes blancas decoradas con redes viejas, boyas y fotografías amarillentas de barcos que ya no surcaban el mar. El murmullo de conversaciones llenaba el espacio, acompañado por risas y el tintinear de vasos. Moja eligió una mesa apartada, cerca de la pared, donde podía observar sin ser observado, una costumbre que nunca lo abandonaba del todo.
Fue entonces cuando reparó en el grupo de marines. Ocupaban una mesa larga en el centro del restaurante, claramente ajenos a cualquier intento de discreción. No llevaban uniforme completo, algunos solo camisas abiertas con insignias visibles, otros gorras apoyadas sobre la mesa, pero era evidente quiénes eran. Reían a carcajadas, chocaban jarras de cerveza y cantaban una melodía desentonada mientras uno de ellos, más joven, se encogía de hombros con una sonrisa avergonzada. Alguien colocó un pequeño pastel improvisado sobre la mesa, con una vela torcida clavada en el centro, y el coro de voces se alzó con un “feliz cumpleaños” torpe pero sincero.
Moja los observó en silencio. No sintió rechazo, ni tampoco cercanía inmediata. Solo una especie de distancia tranquila. Aquellos marines celebraban, relajados, riendo sin pensar demasiado en el mañana, y por un instante Moja se permitió reconocer que hacía mucho tiempo que no vivía algo así. Él estaba allí, vestido de civil, sin rango visible, sin deber inmediato que cumplir, y aun así no lograba desprenderse del todo de esa sensación de estar siempre en guardia.
El gran faro dominaba la isla desde el acantilado, visible prácticamente desde cualquier punto del pueblo, erguido como un guardián silencioso que observaba el mar con paciencia infinita. Moja se había detenido más de una vez a contemplarlo, no por su tamaño ni por su arquitectura, sino por lo que representaba: una promesa constante de regreso para quienes salían cada mañana a enfrentarse al océano. Le recordaba, de una forma que no sabía explicar, a sí mismo, a esa idea de mantenerse firme incluso cuando todo alrededor parecía incierto. Más allá del pueblo, hacia el interior de la isla, se alzaba la silueta imponente del volcán inactivo, rodeado de palmeras, tan alto y silencioso que imponía respeto. Moja no se había acercado a él; no sentía la necesidad. Algunas cosas bastaba con saber que estaban ahí.
Ese mediodía, con el sol cayendo de lleno sobre Baquella y el aire cargado de humedad, Moja sintió el cansancio acumulado de los últimos días. Había pasado la mañana ayudando a cargar barriles en el barco y revisando provisiones, y su estómago comenzó a recordarle, de forma insistente, que aún no había comido nada. Caminó por una de las calles principales del pueblo, estrecha y animada, hasta detenerse frente a un pequeño restaurante costero. No tenía nombre llamativo ni cartel elaborado, solo una pizarra desgastada con el menú del día escrito a mano y el olor irresistible de pescado a la plancha escapando por las ventanas abiertas.
Al entrar, el ambiente lo envolvió de inmediato. El local era sencillo, con mesas de madera gastadas, sillas desparejadas y paredes blancas decoradas con redes viejas, boyas y fotografías amarillentas de barcos que ya no surcaban el mar. El murmullo de conversaciones llenaba el espacio, acompañado por risas y el tintinear de vasos. Moja eligió una mesa apartada, cerca de la pared, donde podía observar sin ser observado, una costumbre que nunca lo abandonaba del todo.
Fue entonces cuando reparó en el grupo de marines. Ocupaban una mesa larga en el centro del restaurante, claramente ajenos a cualquier intento de discreción. No llevaban uniforme completo, algunos solo camisas abiertas con insignias visibles, otros gorras apoyadas sobre la mesa, pero era evidente quiénes eran. Reían a carcajadas, chocaban jarras de cerveza y cantaban una melodía desentonada mientras uno de ellos, más joven, se encogía de hombros con una sonrisa avergonzada. Alguien colocó un pequeño pastel improvisado sobre la mesa, con una vela torcida clavada en el centro, y el coro de voces se alzó con un “feliz cumpleaños” torpe pero sincero.
Moja los observó en silencio. No sintió rechazo, ni tampoco cercanía inmediata. Solo una especie de distancia tranquila. Aquellos marines celebraban, relajados, riendo sin pensar demasiado en el mañana, y por un instante Moja se permitió reconocer que hacía mucho tiempo que no vivía algo así. Él estaba allí, vestido de civil, sin rango visible, sin deber inmediato que cumplir, y aun así no lograba desprenderse del todo de esa sensación de estar siempre en guardia.
Vestimenta de Moja
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)

![[Imagen: CZMQR2y.png]](https://i.imgur.com/CZMQR2y.png)