08-02-2026, 07:20 AM
Narrador / María Merlot
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¡Ahora si! Buenos días Piraña.
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¡Ahora si! Buenos días Piraña.
La voz de Juan Sebastián se escucho en la habitación, despertarlo había sido difícil, siempre lo era, diferente a ella que desde temprano estaba llena de energía desbordante; y más aun si se trataba de un día marcado en el calendario dónde comerían manzanas, dulce de caña de azúcar y pasearía por el pueblo costero con el Cangrejo Gigante, que la había acogido en su hogar y simplemente la acepto como su familia revoltosa; aunque para ella no pasaba desapercibido que siempre llevaba el atomizador con él. Por supuesto, no lo culpaba, a veces podía ser un poco muy… hiperactiva ¿Pero que joven no lo era?
María sonreía con alegría cuando él le decía “Piraña”, dejando al descubierto la encía vacía dónde por ser una mordelona perdió su diente. Ella sin duda aprendería a tener la piel más dura, por eso comía muchos vegetales y tomaba el sol, uno de esos jueves tranquilos termino insolada cuando sin supervisión de Juan, se quedo todo el día bajo el astro rey. ¡Un camarón cocido! ¡Eso parecía! Y no le molesto porque así se veía más como el gyojin, la única familia que conocía.
Los días que paso en el barco del capitán borracho y luego en el barco de esclavistas, se fueron difuminando de su mente, como una pesadilla que venia de cuando en cuando a atormentarla por las noches, pero ahora no estaba sola, tenía al cangrejo, quien la cuidaba y la protegía de los malvados traficantes de personas, y si al caso vamos, de cualquiera que intentará hacerle daño. La celeste se sentía segura, se sentía en casa, se sentía feliz y podía soñar con un futuro brillante en compañía del rojo. Tal vez, ella también entraría a la marina, seguiría a Juan a dónde fuera, quizás conocería a algún guapo marine, un pelirrojo porque ese se convirtió en su color favorito por culpa del cangrejo, y por supuesto, tenia que tener un gran y noble corazón. De solo pensarlo sonreía, el mañana no podía ser más maravilloso, y su vida no podía ser mas feliz.
¡Divertido! Muy divertido ser llevada por el enorme cangrejo en su hombro, así que cuando la alzo y la puso en ese lugar solo pudo reír con el regodeo característico de un infante inocente, que no temía por nada, que no sabia de la maldad en el mundo. Con Juan todo era más entretenido, no solo la cargaba, sino que se movía como un barco entre las olas del mar, haciendo el trayecto tan corto como lleno de gozo. ¿Se podía ser más feliz en el mundo? No, ella no podía imaginarse ser más dichosa como lo era ahora. Ella iba con las manos alzadas, y de cuando en cuando se dejaba caer para quedar como sardinita pescada (colgando), sabia que él no la dejaría caer, él nunca permitiría que nada ni nadie la dañara. Él era su escudo contra el mundo, un escudo que nunca se rompería… ¿Verdad?
María sonreía con alegría cuando él le decía “Piraña”, dejando al descubierto la encía vacía dónde por ser una mordelona perdió su diente. Ella sin duda aprendería a tener la piel más dura, por eso comía muchos vegetales y tomaba el sol, uno de esos jueves tranquilos termino insolada cuando sin supervisión de Juan, se quedo todo el día bajo el astro rey. ¡Un camarón cocido! ¡Eso parecía! Y no le molesto porque así se veía más como el gyojin, la única familia que conocía.
Los días que paso en el barco del capitán borracho y luego en el barco de esclavistas, se fueron difuminando de su mente, como una pesadilla que venia de cuando en cuando a atormentarla por las noches, pero ahora no estaba sola, tenía al cangrejo, quien la cuidaba y la protegía de los malvados traficantes de personas, y si al caso vamos, de cualquiera que intentará hacerle daño. La celeste se sentía segura, se sentía en casa, se sentía feliz y podía soñar con un futuro brillante en compañía del rojo. Tal vez, ella también entraría a la marina, seguiría a Juan a dónde fuera, quizás conocería a algún guapo marine, un pelirrojo porque ese se convirtió en su color favorito por culpa del cangrejo, y por supuesto, tenia que tener un gran y noble corazón. De solo pensarlo sonreía, el mañana no podía ser más maravilloso, y su vida no podía ser mas feliz.
¡Divertido! Muy divertido ser llevada por el enorme cangrejo en su hombro, así que cuando la alzo y la puso en ese lugar solo pudo reír con el regodeo característico de un infante inocente, que no temía por nada, que no sabia de la maldad en el mundo. Con Juan todo era más entretenido, no solo la cargaba, sino que se movía como un barco entre las olas del mar, haciendo el trayecto tan corto como lleno de gozo. ¿Se podía ser más feliz en el mundo? No, ella no podía imaginarse ser más dichosa como lo era ahora. Ella iba con las manos alzadas, y de cuando en cuando se dejaba caer para quedar como sardinita pescada (colgando), sabia que él no la dejaría caer, él nunca permitiría que nada ni nadie la dañara. Él era su escudo contra el mundo, un escudo que nunca se rompería… ¿Verdad?
¿Divisas algo?
— Hmmmm — la joven dejo de reírse, subiendo una de las tiras de su braga que se había caído por el bochinche en el hombro de Juan. Usando sus manos como binoculares intento divisar a Zheng. Escaneo el lugar, estaba igual que siempre — Veo agua, mucha agua. La señora Martha tiene un vestido azul que nunca había visto. Y hay una nueva grieta en la casa del señor André. Y el señor Pep y el señor Antonio están discutiendo como siempre. Creo que esta vez tiene que ver con un erizo de mar, el Señor Pep lo tiene en la mano y apunta al Señor Antonio con él. ¿Un erizo es un arma blanca, Levi? ¿Deberíamos llamar a la marina o a un médico? O quizá buscar a un pez lobo para que se zampe al erizo, aunque eso no sería muy vegano de su parte… — hablo sobre lo que veía, pero ninguno era Zheng.
Al viejo marino lo encontró primero la mirada de Juan, quien los llevo hasta este. Como siempre el buen hombre los recibió con cariño y entusiasmo lanzado las manzanas prometidas que la chica agarro al vuelo, pero cayéndose hacia atrás, por suerte Juan la tenia bien sujeta por su pierna. Luego con un impulso volvió a su posición normal: sentada. Saco una manzana y la mordió, intentando que no hiciera daño en su encía, luego del trauma del primer día, ella aprendió su lección. María le pidió a Juan bajar, quedando en el suelo al tiempo que cargaba su botín con la zurda mientras con la diestra devoraba la fruta y escuchaba encantada la historia de Zheng. Sus ojos brillaban mientras la película pasaba por su mente y pequeños “Oooh”, “Woooow” y “Aaaah” dejaban sus labios en cada tramo del relato sobre la importancia de las manzanas.
Luego de varias horas siguieron su camino. María abrazo al anciano, y le prometió regresar para mas manzanas y cuentos marinos.
Al viejo marino lo encontró primero la mirada de Juan, quien los llevo hasta este. Como siempre el buen hombre los recibió con cariño y entusiasmo lanzado las manzanas prometidas que la chica agarro al vuelo, pero cayéndose hacia atrás, por suerte Juan la tenia bien sujeta por su pierna. Luego con un impulso volvió a su posición normal: sentada. Saco una manzana y la mordió, intentando que no hiciera daño en su encía, luego del trauma del primer día, ella aprendió su lección. María le pidió a Juan bajar, quedando en el suelo al tiempo que cargaba su botín con la zurda mientras con la diestra devoraba la fruta y escuchaba encantada la historia de Zheng. Sus ojos brillaban mientras la película pasaba por su mente y pequeños “Oooh”, “Woooow” y “Aaaah” dejaban sus labios en cada tramo del relato sobre la importancia de las manzanas.
Luego de varias horas siguieron su camino. María abrazo al anciano, y le prometió regresar para mas manzanas y cuentos marinos.
Oye ¿Cómo están esas manzanas? Pásame una
— ¡Dulces, jugosas, deliciosas! — respondió mientras sacaba una manzana de la bolsa y se la extendía a Juan. Luego se detuvo un momento, lo vio, vio la bolsa, volvió a verlo, y algo hizo clic en su cabeza, así que cuando él estuvo apunto de agarrar la pequeña fruta ella quito la mano — No — dijo muy seria mientras sus ojos ámbar reflejaban que su cerebro procesaba algo de forma muy seria — No, no, no — repitió negando con la cabeza y haciendo que su corto cabello bailara de un lado a otro, luego sus labios extendieron una amplia sonrisa, que mostraba su encía vacía — Una no. Tu eres más grande, Levi, necesitas más de una… ¡Necesitas diez! — llego a esa conclusión, porque era la cantidad que quedaba en la bolsa así que le tiro el botín y ella se quedo con la manzana que antes le había ofrecido — … si no comes mucho, no podrás continuar teniendo tu piel de pómez, y también recuerda tomar mucho sol pero sin abusar — repitió sus palabras con tono maternal, o eso pensó ella, y continuo el camino dándole un gran mordisco a su última manzana.
Así llegaron a donde la Señora Yena, ayudándola con las cañas de azúcar, aunque María de cuando en cuando, masticaba algún sobrante pensando que nadie la veía. Al final del día tenían como nuevo botín el famoso dulce que cocinaba la anciana. Y de esa manera termino otro día en la vida tranquila y apacible de ambos gyojines.
Los días se convirtieron en semanas, y María comprendió, con su cabeza y corazón, que ese era su lugar en el mundo. Al lado de su padre cangrejo, encontró paz, amor y un hogar que olía a mar, sol y arena. Él de una forma que ella no podía recordar (estaba amnésica), la protegía del mundo de forma silencioso, pero también con la firmeza de una roca, y los destellos del atomizador encausaba su energía e ímpetu desbordante. Cada noche cuando él la acostaba en su camita y la acompañaba hasta dormirse, la joven semi sirena balbuceaba lo mucho que lo quería.
Así llegaron a donde la Señora Yena, ayudándola con las cañas de azúcar, aunque María de cuando en cuando, masticaba algún sobrante pensando que nadie la veía. Al final del día tenían como nuevo botín el famoso dulce que cocinaba la anciana. Y de esa manera termino otro día en la vida tranquila y apacible de ambos gyojines.
Los días se convirtieron en semanas, y María comprendió, con su cabeza y corazón, que ese era su lugar en el mundo. Al lado de su padre cangrejo, encontró paz, amor y un hogar que olía a mar, sol y arena. Él de una forma que ella no podía recordar (estaba amnésica), la protegía del mundo de forma silencioso, pero también con la firmeza de una roca, y los destellos del atomizador encausaba su energía e ímpetu desbordante. Cada noche cuando él la acostaba en su camita y la acompañaba hasta dormirse, la joven semi sirena balbuceaba lo mucho que lo quería.
Papá Levi, gracias por salvarme…
No me dejes sola…
Hueles a sal… hueles a hogar, papá Levi…
Prometo portarme bien…
No te vayas, por favor…
No me dejes sola…
Hueles a sal… hueles a hogar, papá Levi…
Prometo portarme bien…
No te vayas, por favor…
Dos semanas después….
Un martes, con el sol saliendo por el horizonte y el cielo totalmente despejado el destino empezó a tejar un futuro diferente al que se imaginó: nada volvería a ser igual. María se levantó con su energía eléctrica de siempre, pero no fue a la habitación de Juan, fue a la cocina a preparar todo. ¿Para qué? Ese día Zheng los llevaría de paseo por alta mar, más allá de las islas. Así que ella debía tener los bocadillos que prepararon la noche anterior listos (empaquetados) para cuando su papá se levantará, aunque sino lo hacia en 20 minutos, tendría que usar el atomizador en él.
Ella aun estaba en pijamas, cuando el cangrejo se levantó. Y como siempre la ayudo a vestirse “siguiendo su visión de la moda”. Una camisa fucsia, un pantalón verde militar que el gyojin remendo en días pasados, unas botas coloridas que hacían juego con su sombrero de unicornios; si, todo un experto en combinaciones, y a ella también le gustó el resultado. María llevaba una cava en sus manos, dónde iba la comida, en su espalda un pequeño morral con su toalla y otra mudo de otra por si acaso decidían nadar. Lo vio cerrar la puerta, miro la casa a la cual llamaba hogar, y sonrió… — Papá Levi, cuando regresemos ¿podemos comer panqueques? — le pidió recordando como sabían de bien con la miel falsa de caña de azúcar, los panqueques que él le preparaban no llevaban huevos ni leche todo muy vegano — Sabes… deberíamos sembrar un árbol de manzanas ahí… — señalo un pedazo de tierra dónde, ciertamente, crecería perfecto un árbol de manzanas — … y también podríamos colocar un columpio, cuando sea un árbol tan grande como tú, claro… — su sonrisa se extendió hasta sus ojos que brillaron con expectativas hacia el futuro, uno muy resplandeciente en su imaginación.
Minutos después llegaron al puerto, Zheng los esperaba con su pequeña tripulación y su barco llenos de sueños; unos que pronto se romperían en miles de pedazos. Así zarparon hacia altamar. María iba de un lado a otro, maravillada por el paseo. Nadaron, vieron aguas cristalinas, delfines, y otras criaturas del mar pero lo que más le emocionaba, era lo que pasaría cuando cayera la noche; Zheng los había invitado para ver el mar fluorescente, por un fenómeno producido por unas criaturas especiales.
Ella aun estaba en pijamas, cuando el cangrejo se levantó. Y como siempre la ayudo a vestirse “siguiendo su visión de la moda”. Una camisa fucsia, un pantalón verde militar que el gyojin remendo en días pasados, unas botas coloridas que hacían juego con su sombrero de unicornios; si, todo un experto en combinaciones, y a ella también le gustó el resultado. María llevaba una cava en sus manos, dónde iba la comida, en su espalda un pequeño morral con su toalla y otra mudo de otra por si acaso decidían nadar. Lo vio cerrar la puerta, miro la casa a la cual llamaba hogar, y sonrió… — Papá Levi, cuando regresemos ¿podemos comer panqueques? — le pidió recordando como sabían de bien con la miel falsa de caña de azúcar, los panqueques que él le preparaban no llevaban huevos ni leche todo muy vegano — Sabes… deberíamos sembrar un árbol de manzanas ahí… — señalo un pedazo de tierra dónde, ciertamente, crecería perfecto un árbol de manzanas — … y también podríamos colocar un columpio, cuando sea un árbol tan grande como tú, claro… — su sonrisa se extendió hasta sus ojos que brillaron con expectativas hacia el futuro, uno muy resplandeciente en su imaginación.
Minutos después llegaron al puerto, Zheng los esperaba con su pequeña tripulación y su barco llenos de sueños; unos que pronto se romperían en miles de pedazos. Así zarparon hacia altamar. María iba de un lado a otro, maravillada por el paseo. Nadaron, vieron aguas cristalinas, delfines, y otras criaturas del mar pero lo que más le emocionaba, era lo que pasaría cuando cayera la noche; Zheng los había invitado para ver el mar fluorescente, por un fenómeno producido por unas criaturas especiales.
10:17 p.m.
Pequeñas luces destellaban sobre la superficie, el espectáculo era hermoso. Todos en el barco estaban asombrado, aunque nadie más que la pequeña, quien no podía ser más dichosa. Se acerco a Juan Sebastián, y abrazo su pierna — Gracias Levi, por ser mi papá y no abandonarme...— le susurro acariciando su mejilla contra su pierna, él era muchisimo mas alto. Luego de ese momento alguien dijo que vio algo del otro lado, a lo que ella emocionada fue corriendo hacia allá, pero eran más de esos gusanos fluorescentes ¿no? María se quedó ahí observándolos largo rato, tanto que creyó ver unos ojos mirandola, pero se los froto y ya no estaban ahí. Cuando se aburrió dejo de estar apoyada en la borda, y dio dos pasos para ir hacia Juan, que estaba no tan cercano al viejo Zheng. Tal vez ya era hora de volver… entonces sucedió...
EL CAOS...
LA VIDA...
LA ESPIRAL HACIA SU PROPIA DESGRACIA.
LA VIDA...
LA ESPIRAL HACIA SU PROPIA DESGRACIA.
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