08-02-2026, 07:36 AM
9:30 p.m.
La madera del barco cruje bajo los descalzos pies a los que aún no se acostumbra.
Hay silencio, solo las respiraciones —algunas agitadas, otras tan controladas que parece que desearían dejar de respirar —se escuchan cuando él pasa. Nadie se atreve a desafiarlo, después de todo, con el paso de los días, han aprendido que estar en su contra conlleva un castigo peor que la muerte.
Los humanos agachan la cabeza, saben que no deben mirarlo a los ojos; muerden sus lenguas para no emitir sonidos e intentan no moverse para que las cadenas pesadas que los mantienen apresados no tintineen. A él le molesta cuando hay ruido innecesario.
—Hay uno menos —dice con una voz que aparenta ser tranquila, pero que arrastra un deje de molestia imposible de ignorar. —Una menos, mejor dicho…Una que era bastante hermosa a pesar de su asquerosa raza—. Desde el pasillo estrecho del barco un alto hombre de tez morena y orejas que parecían más aletas que otra cosa, miró desde arriba, con desdén, el cuerpo de una mujer que yacía inmóvil sobre el piso de madera de la celda. No fingía dormir, la observó por tiempo suficiente para saber que estaba muerta.
—¿Quién trajo a alguien tan débil al barco? Me parece, señores —Le habló a un par de gyojins que lo habían seguido hasta las celdas —que me expresé con suma claridad cuando manifesté mi deseo de que solo subieran a bordo a humanos capaces de soportar el viaje. Saludables, fuertes. ¿De qué nos sirve alguien morirá antes de llegar al “Nenúfar”? —Su mano pasó sobre sus cabellos perfectamente trenzados en dreadlocks, más por manía que por desesperación.
—Y tu —. Le habló a un gyojin esmirriado, mucho más bajo que él y de ojos saltones quien, curiosamente, llevaba puesta una bata blanca como de médico —, ella lleva más que un par de minutos así. Eras el encargado de custodiar hoy la mercancía ¿Cómo no te diste cuenta antes, doctor? —Su mano escamosa, con dedos unidos por membranas, se posó sobre la cabeza del otro hombre pez, haciendo notar su diferencia de fuerza, pues presionó lo suficiente como para que el otro se quejara. —Aún no eres parte de la tripulación, pero te confiamos a estas personas porque dijiste que harías lo que fuera con tal de alejarte de esa isla en donde te tenían como si fueras un fenómeno de circo y…así nos pagas… ¿Por qué ni siquiera nos avisaste de su estado?
Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre la cabeza ajena. Nunca esperó que respondiera, sus preguntas eran retóricas, él no toleraría faltas de respeto y mucho menos negligencias de parte de quienes debían servirle con esmero.
Los quejidos aumentaron y el débil gyojin intentó defenderse, alzó sus propias manos para apartar las del moreno, pero por la posición de la mano ajena sobre su cara, el aire le empezaba a hacer falta mientras que sentía las uñas, más como garras, abriéndose paso con lentitud tortuosa sobre la piel escamosa de su cara, entonces, un sonido acuoso, como el de una sandía partiéndose, hizo eco en el pasillo para que luego un sonido más parecido al de un pedazo de madera que estalla lo reemplazara casi de inmediato. El cráneo se partió en dos y de aquella cabeza partida, como si de una fuente se tratara, empezó a brotar una roja sangre que, a la luz de las lámparas amarillentas, parecía más oscura y espesa de lo que lo sería bajo luz blanca.
Quejidos, no, lamentos…sí, lamentos que intentaron ahogar las personas de la celda se escucharon después del gratuito espectáculo, pero él los ignoró. Tenía suficiente con un producto menos, no le hacía falta perder más por un ataque de ira.
—Índigo —. Llamó a un gyojin de piel azulada y hermoso y fino rostro, quien, desde el final del pasillo, miraba la escena con una sonrisa pícara en sus labios pálidos. —Lleva al intento de gyojin arriba y arrójalo al mar, también a la mujer. No quiero pesos muertos en este barco —. El hombre, alto también, aunque más bajo que quien le dio la orden, asintió y, con su único brazo disponible alzó al recién fallecido para echárselo al hombro, luego vendría por la mujer.
—Capitán, antes de que me retire. No vale la pena amargarse porque la perdimos ¿Sabe? —. Alzó el hombro que le correspondería al brazo inexistente. —El mar siempre provee y hoy hace una buena noche…las cartas me dijeron que habría encuentros inesperados. Siempre cumplen y aún no se da el encuentro, pero la noche aún no acaba —. El tal Índigo sonrió de nuevo antes de retirarse para cumplir con su tarea, dejando al capitán meditando las palabras de su supersticioso marinero.
***
10: 07 p.m.
—¡Mierda, Capitán! —Una voz rasposa resonó en la cubierta del barco antes de que apareciera una criatura de piel verdosa y aspecto como el de un camarón humanoide, en una de sus manos llevaba una botella de ron de la que bebió un trago antes de seguir hablando. El hombre pez, un camarón mantis, parecía emocionado. —¡Este puto supersticioso tenía razón con lo que se la ha pasado diciendo! —Porque Índigo se encargó de decirle a todos lo que “las cartas habían dicho”. —¡El mar provee! He visto un barco pequeño cerca de aquí. Más allá, donde se ven los gusanos bioluminiscentes, a bordo va una chica interesante…puede ser valiosa ¡Puede reemplazar a la muerta!
El capitán se levantó de su lugar y miró hacia el sitio que el otro le señalaba. Achinó sus ojos y entonces alcanzó a ver el lado del mar que brillaba y, sobre este, un barco como el que había dicho su navegante, Pistol Paco, aunque no alcanzaba a ver a nadie a bordo, no con claridad, como para asegurar que lo que decía el otro gyojin fuera cierto, pero, confiaba en él, porque a pesar de su fealdad, su navegante tenía unos ojos excepcionales, como ningún otro. Sí el decía que vio a una chica por la que valdría la pena asaltar un simple barco pesquero, entonces valía la pena. —Vamos hacia allá entonces. Guíanos, Paco —. Giró su rostro entonces para ver a Índigo, quien, nuevamente, tiraba las cartas sobre el suelo del barco. —Deja eso y acompáñanos también. Que el resto cuide mientras tanto —. Ordenó a los que se quedarían a bordo.
***
10:17
“El mar provee”
Las siluetas se movieron bajo el agua con la elegancia de quienes son uno con el elemento. Ninguno se molestó en ser discreto, por eso no fue sorpresa para ellos cuando escucharon los cuchicheos en la cubierta del barco, las voces de aquellos que aclamaban haber visto algo en el agua y que fueron minimizados por los más viejos.
—No es nada —. Escucharon decir y eso les arrancó una sonrisa a los tres, aún cuando cada uno tenía un humor distinto, aún cuando no se habían puesto de acuerdo para reír.
¿Cómo habían llegado a los márgenes del barco?
Nadando.
Ni las olas ni el frío eran impedimento para que, dos gyojines y un tritón, vencieran la distancia que separaba su barco, “El Azucena del Mar”, del viejo barco pesquero. Nadie a bordo podía esperar lo que se les avecinaba.
Pobres humanos.
Fue el navegante, Pistol Paco, quien divisó a la presa antes que nadie, el primero en acercarse. Su cola de tonos verdes y naranjas chocó con la madera de uno de los costados y el barco pesquero se remeció con más ímpetu. Uno de los marineros tuvo que sujetarse para no caer por la borda y; sin embargo, volvieron a ignorar las señales, prefirieron creer que el remesón era producto del oleaje traicionero, pero pronto los ojos de los tripulantes serían abiertos para mostrar que la verdad era peor de lo que pensaban.
Entonces pasó, desde babor, uno de los hombres de Zheng vio como el agua se rompió y de ella salió un monstruo de cuatro metros.
¿Un monstruo?
Sí, no era solo su apariencia impactante, desde su robusto cuerpo de escamas verdes y naranjas, con púas sobresaliendo de sus brazos y vértebras, hasta su sonrisa con dientes afilados y los blancos ojos saltones que resaltaban desde sus cuencas, todo él era un espectáculo con el que no quieres toparte en altamar.
—¡A ver, hijos de puta! No les haremos mucho daño si nos entregan a esa niña que viaja con ustedes —. Una sentencia severa, pero innecesaria, pues su propio capitán se había adelantado a los hechos.
Por supuesto, el capitán Pedro Francesco Ruíz De León Madrigal no sería un ente inerte, no esperaría bajo el agua a que sus subordinados hicieran todo el trabajo, pues, desde que llegó, planeó su entrada.
Sus ojos pálidos, celestes como el hielo pálido de las islas de invierno, observaron en estribor a la niña asomada por la borda. Sus irises se confundieron con el brillo azulado de las criaturas que revoloteaban a su alrededor. Ella no lo había visto, él lo sabía.
Por eso aprovechó cuando su navegante hizo un escándalo, llamando la atención de todos hacia babor con sus modos groseros, su presencia enorme y su voz resonante, porque así él pudo también aparecer desde estribor. Su cuerpo se elevó desde el agua como el de un delfín saltando y, su cola de escamas negras se dejó entrever por unos segundos antes de que sus brazos se apoyaran en la borda para impulsarse al interior del barco. Justo detrás de la niña de pelos celestes.
Fueron solo unos segundos que tomó para que su cola empezara a dividirse y fueran piernas lo que lo hicieran sostenerse sobre la ahora mojada madera del barco. Una túnica larga lo cubría, aunque de todos modos se venían parte de sus piernas y sus pies, mostrando escamas negruzcas y brillantes, como muestra de su naturaleza, aunque, si se fijaban directo en su rostro y en sus manos esto sería más evidente: manos palmeadas y cubiertas con escamas, orejas que parecían más bien aletas y ojos tan brillantes como los de un depredador.
—Kassandra —. Fue lo primero que pronunció cuando notó que la niña se volteaba para verlo. —Tu luces como alguien que tendría ese nombre ¿No te parece bonito, pequeña? —Su sonrisa se ensanchó al mismo tiempo que una de sus manos se estiró para alcanzar el brazo de la niña. —Tu te ves como una humana, pero… ¿Por qué hueles como una de los nuestros? —Sus dedos se cerraron alrededor del brazo derecho de la pequeña, mientras él se agachaba para intentar reducir sus tres metros en tierra a la altura de la muchachita, aunque, su “tierna” reunión se vio interrumpida por alguien más, un chico humano que se acercó a él corriendo con un remo de madera en ambas manos. Pedro volvió a sonreír, por supuesto, Paco no podría atraer la atención de todos.
—Alguien de una especie tan débil no debería intentar eso —. Fue lo único que tuvo que pronunciar Pedro antes de que el agua volviera a romperse y de esta saliera el gyojin de piel celeste y bellos rasgos que, hasta ahora, había preferido permanecer sumergido.
—¡Hyakumaigawara seiken! —. No era necesario que pronunciara el nombre de su ataque, pero aquello divertía a Índigo, quien dio un puñetazo al chico del remo que no solo terminó atravesando su pecho, salpicando con sangre el suelo, a su capitán y, por consiguiente, el sombrero de la niña, si no que mandó a volar el cuerpo hasta el otro lado del pequeño barco, haciendo que tropezara directo con la borda y, por la debilidad, cayera directo sobre las aguas del mar, que ahora teñía sus luces fluorescentes con rojo. —Lo siento, pero no podía dejar que alguien atacara a mi capitán…Ahora… ¿Podemos ir…?
Índigo dejó su frase a medias cuando lo vio. Era una criatura horrible, tanto que mirarlo le provocaba un dolor inexplicable en los ojos ¡Pobre ser! Debió ser maldecido al nacer con tanta fealdad, pero, aún así, pudo reconocerlo como uno de los suyos y, claro, eso hizo que Pedro alzara su mirada, aunque en ningún momento soltó el brazo de la niña, para encontrarse con aquella criatura rojiza que estaba en el barco. Pistol Paco no les había hablado de él.
—¡AH, IDIOTAS! ¿Tienen a uno de los nuestros como esclavo, no es así? —No hubo razonamiento de parte de Paco cuando se dio cuenta de lo que para él fue obvio: otro caso de abuso gyojin.
Una de sus manos se alzó y gracias a su cuerpo mojado por el agua del océano, una simple gota de agua se deslizó entre sus dedos y salió disparada en dirección al humano más cercano. Parecía algo indefenso, una simple gota, pero lo cierto es que gracias a las habilidades obtenidas del karate gyojin, esta ahora tenía la potencia de una bala, algo que demostró cuando esta atravesó la cabeza del tripulante que tenía como objetivo.
—¡Gyojin idiota! Libérate del yugo humano y ven con nosotros —Habló de nuevo Paco mientras que índigo se deslizaba hacia donde estaba un señor de apariencia mayor, alguien a quien escuchó que el hombre que acababa de morir llamó “Capitán Zheng” solo unos segundos antes de que su compañero se deshiciera de él.
—¿Así que eres el capitán? —El único brazo disponible de Índigo se cernió sobre el cuello del hombre y lo estrelló contra la pared de la caseta de la timonera interior del barco pesquero. —¿Te divierte tener a uno de los nuestros como parte de tu grupo? Déjame adivinar, me dirás que lo tratas bien, que no lo discriminas… ¿Sabes cuántas veces hemos escuchado esto? —Índigo sonrío y se volteó apenas para mirar a su capitán, como pidiendo permiso para actuar.
—Hagan lo que quieran con los humanos. Entre menos de esa especie maldita haya en el mar, mucho mejor —. Con esas palabras de parte de Pedro, el otro gyojin sonrió a sus anchas, mostrando sus filosos dientes antes de apretar más su mano en el cuello del viejo.
—Ya lo escuchaste, humano. El mar es nuestro ¿Sabe?
Léeme, por favor

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