08-02-2026, 11:27 PM
Al menos, el tipo sabía controlarse delante de la autoridad. Bien. Pero si su ira se descargaba sobre su mujer igual que lo hacía su mirada, ya poca duda cabría respecto al caso. Sin embargo, la insistente protección del rubio hacia una supuesta desconocida no permitía cerrar del todo la puerta. Después de todo, no tenía por qué haber contradicciones entre lo evidente que yo percibía en el marido y la acusación de este hacia el camarero.
Por ello, los protocolos están para cumplirse, y así debe ser.
Registré los nuevos datos en mi memoria: el nombre del camarero y un muy escueto resumen de su servicio. Los “ciertos detalles” que observó se los quedó para sí. Indagaría sobre ello más adelante. En cualquier caso, no cabía duda sobre cómo los encontró.
—Si hay o no infidelidad, eso me corresponde a mí averiguarlo —sentencié con la misma calma que respondí al marido con anterioridad—. En cuanto a mi manera de pedir testimonios, le aseguro que sé hacer mi trabajo y no necesito sugerencias al respecto.
Tanto si era cierto como si no que no había tal amorío, esperaba que la posibilidad abierta calmara los humos del marido y que, con ello, hubiera un final pacífico. Tampoco me gustó que el chico se entrometiera más de la cuenta en la forma en la que hago mi trabajo. Incluso si su intención era buena (que podía ser eso o simplemente tratar de ganarse mi confianza y/o encubrir su relación con la mujer), no podía permitir que hubiese ninguna confusión tanto sobre quién tenía el control como de la inexistente relación que había entre nosotros.
Entonces, mi mirada se fijó en la mujer.
—Normalmente tomaría todos los testimonios en igualdad de condiciones, pero claramente usted está demasiado afectada por la situación, y el testimonio de un testigo nervioso es del todo inútil. En estos casos, el protocolo dicta que la lleve a un lugar en el que pueda estar más tranquila. Sígame, por favor. —Antes de dar un paso, mis pupilas se dirigen a ambos varones—. Apenas nos distanciaremos unos metros y los estaré observando en todo momento. No se muevan de aquí. Si alguno trata de marcharse o causa algún tipo de daño al otro, lo arrestaré de inmediato.
Dicho aquello, comencé a andar asegurándome de que la mujer caminaba a mi lado. Me dirigí al siguiente cruce de la calle, a unos veinte metros, y le indiqué con un gesto que se colocase frente a mí. Desde allí, el ángulo no permitiría que ninguno de los dos hombres la viera, ni viceversa. Sin embargo, al estar yo justo en el cruce, los tenía a todos perfectamente a la vista.
—Ya puedes hablar con completa libertad —dije en un tono sólo audible para ella al tiempo que me cruzaba de brazos y mis dedos cubrían parte de mi boca en un gesto que cualquiera interpretaría como pensativo—. Dime tu nombre completo y el de tu marido. ¿Qué ha ocurrido exactamente con cada uno y cuánto tiempo lleva ocurriendo?
La mujer siguió encogida sobre sí misma, abrazándose y mirando el suelo con inquietud.
—Sandy y Greg Wilson… —susurró muy bajito.
Dudaba y no parecía que en principio vaya a decir nada más. Sin embargo, el gesto de envolverse en sus brazos hizo que la manga le retrocediera unos pocos centímetros: lo suficiente para poder ver una marca la diestra. Mientras pensaba, analicé su rostro y detecté una parte más oscura en el lado izquierdo de su mandíbula, por la zona de atrás. Seguramente, por no poder ver bien esa zona en el espejo cuando se intentó maquillar.
—Ese tono es perfecto —traté de tranquilizarla—. Tengo un muy buen oído. ¿Me dirás la relación que tienes con ambos? Te aseguro que ninguno lo sabrá. Puedo decir que sencillamente te negaste a declarar o cualquier otra cosa que te haga sentir más segura.
Ella dudó un poquito más, se mordisqueó el labio inferior y finalmente pareció tomar aliento para hablar.
—Mi... marido a veces bebe un poco más de la cuenta... Cuando bebe, imagina cosas que no son... —Hizo una pausa, frotándose los brazos—. Al otro muchacho es cierto que no lo conozco... Escuchó los gritos de mi marido y salió a comprobar lo que ocurría.
Parecía estar apunto de echarse a llorar y es ese mismo llanto el que le quebró la voz y la hizo enmudecer. Con eso, ya tenía información más que suficiente.
—No se preocupe, la ayudaré —le di mi palabra—. Por ahora, es suficiente. Respire y, cuando esté más tranquila, volveremos allí. Dejaré claro que no ha dicho nada en contra de su marido.
Tardara lo que tardase, no me movería de allí hasta que se hubiera recompuesto un poco. Una vez lo hiciera, la haría acompañarme de vuelta con los otros dos hombres.
—Parece que su mujer no tiene nada que decir contra usted —afirmé estando ya a unos pocos pasos de aquel par antes de detenerme—. Parece que su estado se debe únicamente al susto de la discusión. Normalmente dejaría el asunto aquí y permitiría que todo el mundo se fuera a su casa. Sin embargo… —y entonces mi mirada se dirigió directamente hacia Greg—, no puedo pasar por alto que haya causado un altercado en mitad de la vía pública, llegando incluso a agredir a otro civil. Tendrá que acompañarme a comisaría y pasar esta noche en el cuartel. Puede hacerlo por las buenas o por las malas, pero por su propia reputación, le recomiendo hacerlo por las buenas. Baquella no es un pueblo tan grande, y nadie tiene por qué sospechar nada de su situación si camina hasta comisaría por su propio pie. Ustedes dos —añadí, mirando al otro par— tendrán que acompañarnos también para que pueda dejar por escrito su declaración. —Entonces, una última mirada hacia el marido—. ¿Y bien? ¿Cómo prefiere hacerlo?
Por ello, los protocolos están para cumplirse, y así debe ser.
Registré los nuevos datos en mi memoria: el nombre del camarero y un muy escueto resumen de su servicio. Los “ciertos detalles” que observó se los quedó para sí. Indagaría sobre ello más adelante. En cualquier caso, no cabía duda sobre cómo los encontró.
—Si hay o no infidelidad, eso me corresponde a mí averiguarlo —sentencié con la misma calma que respondí al marido con anterioridad—. En cuanto a mi manera de pedir testimonios, le aseguro que sé hacer mi trabajo y no necesito sugerencias al respecto.
Tanto si era cierto como si no que no había tal amorío, esperaba que la posibilidad abierta calmara los humos del marido y que, con ello, hubiera un final pacífico. Tampoco me gustó que el chico se entrometiera más de la cuenta en la forma en la que hago mi trabajo. Incluso si su intención era buena (que podía ser eso o simplemente tratar de ganarse mi confianza y/o encubrir su relación con la mujer), no podía permitir que hubiese ninguna confusión tanto sobre quién tenía el control como de la inexistente relación que había entre nosotros.
Entonces, mi mirada se fijó en la mujer.
—Normalmente tomaría todos los testimonios en igualdad de condiciones, pero claramente usted está demasiado afectada por la situación, y el testimonio de un testigo nervioso es del todo inútil. En estos casos, el protocolo dicta que la lleve a un lugar en el que pueda estar más tranquila. Sígame, por favor. —Antes de dar un paso, mis pupilas se dirigen a ambos varones—. Apenas nos distanciaremos unos metros y los estaré observando en todo momento. No se muevan de aquí. Si alguno trata de marcharse o causa algún tipo de daño al otro, lo arrestaré de inmediato.
Dicho aquello, comencé a andar asegurándome de que la mujer caminaba a mi lado. Me dirigí al siguiente cruce de la calle, a unos veinte metros, y le indiqué con un gesto que se colocase frente a mí. Desde allí, el ángulo no permitiría que ninguno de los dos hombres la viera, ni viceversa. Sin embargo, al estar yo justo en el cruce, los tenía a todos perfectamente a la vista.
—Ya puedes hablar con completa libertad —dije en un tono sólo audible para ella al tiempo que me cruzaba de brazos y mis dedos cubrían parte de mi boca en un gesto que cualquiera interpretaría como pensativo—. Dime tu nombre completo y el de tu marido. ¿Qué ha ocurrido exactamente con cada uno y cuánto tiempo lleva ocurriendo?
La mujer siguió encogida sobre sí misma, abrazándose y mirando el suelo con inquietud.
—Sandy y Greg Wilson… —susurró muy bajito.
Dudaba y no parecía que en principio vaya a decir nada más. Sin embargo, el gesto de envolverse en sus brazos hizo que la manga le retrocediera unos pocos centímetros: lo suficiente para poder ver una marca la diestra. Mientras pensaba, analicé su rostro y detecté una parte más oscura en el lado izquierdo de su mandíbula, por la zona de atrás. Seguramente, por no poder ver bien esa zona en el espejo cuando se intentó maquillar.
—Ese tono es perfecto —traté de tranquilizarla—. Tengo un muy buen oído. ¿Me dirás la relación que tienes con ambos? Te aseguro que ninguno lo sabrá. Puedo decir que sencillamente te negaste a declarar o cualquier otra cosa que te haga sentir más segura.
Ella dudó un poquito más, se mordisqueó el labio inferior y finalmente pareció tomar aliento para hablar.
—Mi... marido a veces bebe un poco más de la cuenta... Cuando bebe, imagina cosas que no son... —Hizo una pausa, frotándose los brazos—. Al otro muchacho es cierto que no lo conozco... Escuchó los gritos de mi marido y salió a comprobar lo que ocurría.
Parecía estar apunto de echarse a llorar y es ese mismo llanto el que le quebró la voz y la hizo enmudecer. Con eso, ya tenía información más que suficiente.
—No se preocupe, la ayudaré —le di mi palabra—. Por ahora, es suficiente. Respire y, cuando esté más tranquila, volveremos allí. Dejaré claro que no ha dicho nada en contra de su marido.
Tardara lo que tardase, no me movería de allí hasta que se hubiera recompuesto un poco. Una vez lo hiciera, la haría acompañarme de vuelta con los otros dos hombres.
—Parece que su mujer no tiene nada que decir contra usted —afirmé estando ya a unos pocos pasos de aquel par antes de detenerme—. Parece que su estado se debe únicamente al susto de la discusión. Normalmente dejaría el asunto aquí y permitiría que todo el mundo se fuera a su casa. Sin embargo… —y entonces mi mirada se dirigió directamente hacia Greg—, no puedo pasar por alto que haya causado un altercado en mitad de la vía pública, llegando incluso a agredir a otro civil. Tendrá que acompañarme a comisaría y pasar esta noche en el cuartel. Puede hacerlo por las buenas o por las malas, pero por su propia reputación, le recomiendo hacerlo por las buenas. Baquella no es un pueblo tan grande, y nadie tiene por qué sospechar nada de su situación si camina hasta comisaría por su propio pie. Ustedes dos —añadí, mirando al otro par— tendrán que acompañarnos también para que pueda dejar por escrito su declaración. —Entonces, una última mirada hacia el marido—. ¿Y bien? ¿Cómo prefiere hacerlo?
