09-02-2026, 12:24 AM
—Parece que su mujer no tiene nada que decir contra usted…
Se me cayó el mundo a los pies. Ni el puñetazo en la cara ni el del estómago me dolieron tanto como esas palabras. Supuse que era otra causa perdida. Mi frustración fue, a su vez, una victoria para aquel hombre. Vi en él, durante un muy breve instante, el asomo de una sonrisa airosa. Si se desvaneció pronto fue por la sentencia de la Marine que aseguraba que pasaría una noche en el calabozo.
—¡Esto es absurdo! —bufó, agitando las manos al aire—. ¡Yo no he hecho nada! ¡No hay razones para algo así!
Me mordí la cara interna del labio. De ese modo, ahogué las ganas de recordarle que el moratón que me iba a quedar —así como los de su mujer— no indicaban lo mismo. La impotencia me llenó las entrañas. Casi deseaba que el hombre armara un nuevo escándalo, pero al final claudicó. Consciente de su situación, alzó sendas manos al aire. Era evidente que se tambaleaba al moverse.
—Está bien, está bien, está bien… —Y arrastraba las palabras—. Si hay que ir se va.
Por si la situación fuera poca cosa, el aura de las migrañas se había extendido hasta tal punto que apenas me quedaba visión periférica y todo el entorno estaba rodeado de puntitos titilantes. Por eso me limité a asentir. Quizás en la comisaría tendría una última oportunidad de hacer entrar en razón a Sandy. De lo contrario, supongo que al día siguiente regresaría a casa con su marido y más tarde o más temprano, tendría el mismo final que muchas en su condición.
—Por supuesto —respondí.
Tuve claro que al llegar declararía la situación exacta que había presenciado. Desconocía si serviría de algo. Sandy se limitó a agachar la cabeza y asentir.
Se me cayó el mundo a los pies. Ni el puñetazo en la cara ni el del estómago me dolieron tanto como esas palabras. Supuse que era otra causa perdida. Mi frustración fue, a su vez, una victoria para aquel hombre. Vi en él, durante un muy breve instante, el asomo de una sonrisa airosa. Si se desvaneció pronto fue por la sentencia de la Marine que aseguraba que pasaría una noche en el calabozo.
—¡Esto es absurdo! —bufó, agitando las manos al aire—. ¡Yo no he hecho nada! ¡No hay razones para algo así!
Me mordí la cara interna del labio. De ese modo, ahogué las ganas de recordarle que el moratón que me iba a quedar —así como los de su mujer— no indicaban lo mismo. La impotencia me llenó las entrañas. Casi deseaba que el hombre armara un nuevo escándalo, pero al final claudicó. Consciente de su situación, alzó sendas manos al aire. Era evidente que se tambaleaba al moverse.
—Está bien, está bien, está bien… —Y arrastraba las palabras—. Si hay que ir se va.
Por si la situación fuera poca cosa, el aura de las migrañas se había extendido hasta tal punto que apenas me quedaba visión periférica y todo el entorno estaba rodeado de puntitos titilantes. Por eso me limité a asentir. Quizás en la comisaría tendría una última oportunidad de hacer entrar en razón a Sandy. De lo contrario, supongo que al día siguiente regresaría a casa con su marido y más tarde o más temprano, tendría el mismo final que muchas en su condición.
—Por supuesto —respondí.
Tuve claro que al llegar declararía la situación exacta que había presenciado. Desconocía si serviría de algo. Sandy se limitó a agachar la cabeza y asentir.
