Tocar fondo | Pasado | Miyori
#5
Quería estar solo.

Abrazaba la soledad como solo puede hacerlo quien realmente la desea. O quien realmente cree que la merece. Quien ya no conoce otra cosa más que su cobijo. La soledad era fría, silenciosa y flagelante. Desgarraba desde dentro de forma lenta y progresiva, con la paciencia de quien se sabe dueño y señor de lo que depara el mañana. Una tortura primigenia, tan elegante como efectiva. ¿Quién merece ese castigo? ¿Qué pecado lo amerita? Enji lo sabía, y nadie más podía saberlo. Un crimen imperdonable. Incluso su reflejo en la mirada de los otros parecía darle la espalda, avergonzado. Cobarde.

¿Cuánto podía odiarse uno sin odiar el mundo?

Luchó para quitarse de encima la capa, húmeda y andrajosa. Cuando lo logró, observó la prenda un instante, sostenida de sus pliegues con ambas manos. Estaba vieja y gastada, sí. También era su único abrigo cuando el frío —no sin esfuerzo—, lograba calarle los huesos. Sopesó ese detalle por un instante y después la arrojó al mar. ¿Cuánto podía abrigar una capa rota?

—Límpiate los ojos, niña —dijo, sorprendido de que la muchacha hubiera regresado. ¿Es que no tenía una pizca de sentido común? ¿O acaso la lástima le ganaba?

En cualquier caso, Enji suspiró.

—Deberías hacerle caso a tu hermano y largarte. El mar no es lugar para buenas personas —advirtió, y se quedó observando cómo la muchacha de vestido blanco se disponía a recoger los trozos faltantes de tu destruido mechero. Pieza por pieza. Lo que, visto en otra persona, se le antojó tan estúpido. Tan inútil. El mechero estaba perdido y recoger las piezas era solo una tortura más. Así que cuando ella le ofreció la mano en ayuda, Enji le dió un manotazo con el dorso de la mano y se levantó por su cuenta.

No tenía ningún sentido.

—Deja de perder el tiempo —dijo, y tomó su propio consejo. Arrojó las piezas que había logrado juntar y se olvidó de ellas—. Solo estás molestando.

—¡Cuidado!

Enji lo sintió en los pies antes de verlo. Un peso importando acababa de golpear en los tablones de madera, rebotar y volver a caer, transmitiendo su vibración al suelo. Cada vez más cerca. Un enorme barril se había escapado de las manos resbalosas de dos marineros y rodaba en su dirección. El aviso, sin embargo, era exagerado, puesto que por su peso y envergadura el barril se movía lento. Lo suficiente como para que Enji diera un paso atrás y lo dejase pasar, seguidos de dos desesperados idiotas que maldecían su suerte.

Un tercer desesperado idiota, un poco menos idiota, los insultó desde el barco por arriesgar el botín de la última caza. Enji dejó de prestar atención en ese momento y suspiró.

—Pero te voy a aceptar ese mechero —dijo, resignado. Necesitaba fumar. El bichito de la abstinencia lo estaba devorando por dentro y el último de sus cigarros, aunque maltrecho, todavía estaba vivo, descansando entre los dedos índice y corazón de su mano derecha.
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Tocar fondo | Pasado | Miyori - por Enji - 07-02-2026, 05:58 AM
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